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viernes, 17 de julio de 2009

Oda a los anónimos reparadores de bicicletas

En Asia, las bicicletas siguen siendo los vehículos de preferencia de la mayoría de personas, incluso aún más que las motocicletas o los carruajes tirados por búfalos (!). Por ello, y como caídos del cielo, hay cientos de amigables personajes que por una fracción de un dólar se encargan de reparar una llanta pinchada, arreglar un rin desbalanceado, reparar los frenos, o hacerle mantenimiento básico a tu bicicleta. Y es todo muy zen, porque todos ellos tienen en común que son tipos relajados, algunos silenciosos, algunos gregarios, pero siempre con esa tranquilidad y frescura que uno ve raras veces en las ciudades. Y aunque muchas veces no tienen las herramientas adecuadas, éstos tipos francamente logran hacer milagros. Gracias a todos ellos.

Pero a veces, uno necesita algo más específico, un repuesto en particular, una parte escasa, una pieza importada de calidad. Para eso, hay que buscar tiendas un poco mejores que tengan más surtido. Y en mi viaje de 8,000 kilómetros, han habido varias ciudades de Asia en las que he buscado mucho y encontrado las que, a mi parecer, son las mejores tiendas de bicicletas. Acá hay una lista que no es exhaustiva en absoluto porque la saco de memoria, pero que busco reconocer a quienes merecen ser reconocidos.


CHINA

Las ciudades capitales de provincia, son el paraiso para los ciclistas. Bicicletas de muy buenas marcas, partes de recambio de alta calidad y accesorios increíbles, todo a precio de remate. Mi primera bicicleta china la compré por unos 15 dólares... eso lo dice todo.

En Chengdu
Acá compré mi bici en una de las tantas tiendas de GIANT esparcidas por toda la ciudad. No vas a tener problema con encontrar una.

En Kunming
Ubicada al sur de china, es una ciudad que recuerda el calor del sureste de Asia. Es un buen lugar para hacerle servicio a la bici antes de cruzar las fronteras con Laos, Vietnam, o empezar una aventura Tibetana. Allí también están las ubicuas tiendas de GIANT, pero para piezas especiales o accesorios, el premio se lo lleva:

Sr. Xiong Jun Wu, de Fat Tyre Fun Mountain Bike Club (cerca a Yunnan University)
No. 51, Unit 5 of Beimen Road, Kunming, China
Mail: bear_bike@hotmail.com

Aunque su inglés era tan básico como mi chino, nos logramos comunicar y fuera de las piezas de excelente precio y calidad que le compré, me llevé una bolsa llena de regalos. Hay que pedir descuento.


VIETNAM

Vietnam, Vietnam. Sus calles están llenas de bicicletas, pero sus ciudades carecen increíblemente de buenas tiendas. La mejor opción es en Hanoi, en la calle de las bicicletas que queda al sur del lago central. Por allí hay muchas tiendas de bicicletas en las cuales se consiguen algunas cosas y se puede probar suerte. Tal vez tengan mejor suerte que yo!


CAMBOYA

Si preguntas por una tienda de bicicletas, lo más seguro es que los locales te señalen la vía que da al venerable anciano del pueblo que tiene dotes del arte zen de la reparación de bicicletas. De cualquier manera, en Phnom Penh se encuentran algunas cosas para bicicleta en el mercado central y en el mercado ruso. Pero ojo, es lo más barato de entre lo barato. Perdí dos seguros para la bici en menos de dos días, así que considerate advertido.


LAOS

En Vientiane conocí una chica que me dice que hay una tienda al norte de Talat Sadet (?) que importa bicicletas de buena calidad desde China. Las que encontré unicamente vendían bicicletas para niños y de esas enormes y monstruosas bicicletas de la segunda guerra mundial. En todo caso, si algo serio le pasa a la bici en Laos, lo mejor es esperar y llevarla a Tailandia donde se le puede dar el cariño que necesita.


TAILANDIA

Ah, Tailandia. En cualquier ciudad mediana o grande encontrarás tiendas que reparan bicicletas de todo tipo, y que venden las famosas Trek, Merida, Giant y hasta Canondale. En Bangkok hay un surtido de tiendas que traen bicicletas muy buenas y le hacen servicio completo a las bicis que lo necesitan. Para mi, el premio se lo lleva:

Sr. Fausto Ezequiel (?), en The Bike Zone
2nd Floor, Amarin Plaza
Bangkok, Thailand

Fausto, es un hermano de Venezuela que da todo a buenos precios, y lo mejor de todo, es honesto y siempre tiene un buen consejo para darte. Aparte, su céntrica ubicación y de fácil acceso en el Skytrain la hacen imbatible.

También están las conocidas Probike, al norte del parque Lumpini y Canondale, por allá en Sukkhumvit. En Chinatown también encontrás una calle de bicicletas con una decena de tiendas de bicis para todos los gustos (y presupuestos).


INDIA

India es el paraiso para aquellos que aman los vehículos vintage, en especial las bicicletas que pesan una tonelada y que tienen estilo de la segunda guerra mundial. Si, por el contrario, buscas una buena bicicleta de touring o todo-terreno, con cambios y de un buen marco, estás en problemas. Hasta los mejores mecánicos de las tiendas de bicis alucinan cuando ven el sistema de la cicla que llevas, y eso nunca, pero nunca es un buen signo.

De cualquier manera, si necesitas urgentemente alguna reparación que se les sale de las manos a los mecánicos de carretera, puedes preguntar por:

Sr. Ramesh Arora, en The Hero Zone (Zamindar Cycle House)
60A & B, Cycle Market, Phase 1, Jhandewalan, New Delhi, India

El hombre es muy, muy honesto, te da las cosas a precio de local, y si hay alguna pieza que no tiene en inventario, te lleva a donde la puedes conseguir. Aparte, su tienda es una de las que más movimiento tiene en el sector y tiene de los poquísimos mecánicos certificados que pueden hacerle servicio a bicicletas con cambios.

Como decía, éste post no puede interesar a muchos, y aparte dista mucho de ser un directorio exhaustivo, pero podría ser bastante útil por si necesitas urgentemente reparar el cassette de piñones estando en la mitad de la nada en Asia, sin saber por donde empezar.


Summary: Bicycles shops all around Asia: China, Vietnam, Laos, Cambodia, Thailand and India.

sábado, 6 de diciembre de 2008

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Del lado sur del Mekong, de vuelta al reino de Tailandia, las cosas no habían cambiado mucho. Luego de un cruce de frontera conocido y bastante tranquilo, llegué derecho al monasterio.

Todo seguía como antes, salvo que el gekko que había decidido adoptarme como mascota, prefirió abandonarme por buscarse una mejor vida. Claro, ya nadie lo alimentaba con terroncitos de azucar y mosquitos cazados. Las cosas en mi cabañita estaban tal como las había dejado. Un par de telarañas de más, pero nada que una buena limpieza no pudiera arreglar.

El día me recibió con uno de esos atardeceres para postales. Los mismos pájaros bullosos en el bosque, las mismas gallinas buscando todo el día comida, los mismos gatos perezosos que se asolean, los mismos perros que se te tiran encima para saludarte cuando pasás. Unos cuantos monjes de más, y otros cuantos de menos. Como diría RH, la rotación de personal en el monasterio es alta, pero siempre están los que son.

La gente estaba contenta de verme, porque algunos supusieron que cuando me había ido era para siempre. Pero el destino tiene una manera particular de atar los cabos sueltos.

Una de las personas que mañana a mañana se levantan antes que el sol salga para hacer ofrendas de comida a los monjes, resultó siendo pensionada de la oficina de inmigración de la ciudad. Entonces, se ofreció lo más de amablemente a colaborar con todo el tema de la visa de larga estadía que era la idea original. El tipo entonces movió sus palancas, y con una carta pesadísimamente oficial, la maquinaria empezó a girar, y espero que eventualmente produzca la famosa visa esta. Y si no, bueno, el mundo sigue y el camino nunca acaba.

Es curioso salirse del camino que la vida parecía que había trazado para uno. Ese camino por el que el estilo de vida o sociedad te lleva de la manito. Que estudiás primaria, luego secundaria, y hacés unas buenas pruebas del estado. Ésto, para seguir estudiando en una buena universidad, y eventualmente graduarse para conseguirse un buen trabajo en el que se pueda uno quedar toda la vida, y eventualmente mantener a la familia que es lo que se espera de uno.

El mundo es tan, pero tan inmensamente más grande que lo que mi cerradez de mente me dejaba ver. Tan lleno de posibilidades y gente buena. Una de las cosas cuando uno viaja sin destino es que el mundo se te abre como un jardín, lleno de frutas desconocidas para vos coger. Y el jardín es inmenso, infinitamente inmenso.

Dicen que el maestro aparece cuando el alumno está listo. Que lo que haya que pasar, pasará. Y bueno, por hoy sigo acá, aprendiendo, viviendo, tratándome de aferrar al momento presente, a espantar a los fantasmas del pasado, a ahuyentar a los aprendices de ilusionista de las fantasías del futuro.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Vientiane y el proyecto CouchSurfing

Y que es CouchSurfing, y que tiene que ver con mi estadía en Vientiane? Pues bién, CouchSurfing es una comunidad global, una muy buena idea creada por viajeros y para viajeros de todo el mundo. El concepto de CouchSurfing es muy simple, es crear una comunidad de personas en todos los países y ciudades del mundo que tengan un sofá (couch) o cama libre y puedan servir de anfitriones para aquellos viajeros que están visitando su ciudad.

CouchSurfing no solamente es una manera de conseguir una cama sin pagar en las ciudades que uno visita, sino más bién una comunidad en la que se facilita el intercambio cultural de personas de diferentes orígenes y nacionalidades, que de otra manera no pudiera haber sido posible. Es poder vivir un lugar visto bajo los ojos de un local, el anfitrión, y no solamente desde la perspectiva turista o libro de viajes. Es compartir experiencias, borrar fronteras.
La idea suena muy bonita, pero, ¿si uno es anfitrión, como asegurar que los invitados no son asesinos en serie o psicópatas? Y la pregunta va también por el otro lado: ¿como saber si el anfitrión al que voy a ir no me asesinará mientras esté dormido?

El sistema de CouchSurfing tiene diferentes niveles de verificación. Experiencias positivas incrementan éste nivel, así que los usuarios con niveles más altos, tienen el respaldo de la comunidad. Es un sistema que se basa fuertemente en la retroalimentación y comentarios de los usuarios, así que al buscar anfitriones, éste es un factor importante a tener en cuenta. Un nivel adicional (y opcional) de protección es validar el propio estatus utilizando una tarjeta de crédito. Al utilizar una tarjeta de crédito que esté bajo el nombre de uno, se asegura que el usuario existe en el mundo real, que tiene cuentas de banco, y que no tiene datos ficticios. Así que un usuario que haya sido validado con tarjeta de crédito, y que tenga buenos comentarios y nivel de verificación, tiene muy altas probabilidades de ser un buen anfitrión o invitado.

Y toda esta carreta, con el fín de contarles ésta interesante manera de viajar y conocer gente, porque cuando inicié el viaje, no tenía ni idea que existía. La primera vez que oí de ella fué con unos compañeros de viaje en Nara, Japón donde me quedé en la casa de una chica Japonesa y terminamos haciendo una Okonomiyaki Party. Pero un par de años después, utilicé el sistema desde cero y en Vientiane perdí propiamente mi virginidad CouchSurfing. Y tengo que confesar que fué una muy buena primera vez!

En Tailandia había enviado una petición de CS como por no dejar a un inglés que vivía en Vientiane. Y a los días el hombre me respondió y se puso a la orden como anfitrión, algo increíble porque mi perfil no estaba ni validado ni autenticado de ninguna forma. El caso es que luego de dos días de dormir donde pude en Vientiane, vi su respuesta e inmediatamente lo llamé. Me dió las indicaciones de ir a su casa, y en menos de una hora estaba sentado almorzando en su casa, hablando con el y su novia como si fuéramos mejores amigos.

Para no alargar la historia, digamos que terminé quedándome casi una semana en su hogar, conociendo a la ciudad desde otros ojos, haciendo de todo un poco: comiendo cosas preparadas en casa, ir a jugar bolos estilo Laos, una fiesta latina llena de salsa y merengue y sabor a trópico, ver jugar al Liverpool en un pub inglés, estar en los ensayos de una banda de rock clásico... en fin, de todo. Pero lo mejor fue que todos en la casa me acogieron muy, muy amablemente, como si fuera un compañero de casa más. Solo hay gratitud para el viejo Jeff y los demás que viven en su casa.
E igual, saqué mi segunda visa de dos meses para Tailandia (que tiene un costo de 30 dólares), que fué el propósito principal de éste retorno a Laos. Así que con todo preparado, nuevamente a la ruta, a cruzar del otro lado del Mekong para volver a la tierra de las sonrisas, a la mística Siam, a la increíble Tailandia.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Festival de That Luang

El festival de That Luang como contaba antes es uno de los más importantes de Laos. Ocurre en el día de luna llena de Octubre y tiene duración de tres días, aunque la ciudad está de fiesta durante toda la semana. That Luang, es la stupa más grande e importante de Laos y es verdaderamente increíble porque está cubierta en su totalidad con una capa de oro. Es importante además porque dicen que en su interior está protegida una de las preciosas reliquias de Buda, lo que la convierte en un objeto de devoción particularmente único. Tanto, que está en el sello del país, en los billetes y monedas de todas las denominaciones, en el escudo de armas.

Numerosas personas acuden a Vientiane de todas partes de Laos, incluyendo monjes que incluso llegan desde otros países a unirse a la celebración. En la mañana, cientos, miles de monjes se congregan alrededor de That Luang y una cantidad más grande de devotos acude, vestidos con las prendas tradicionales del país, a hacer ofrendas a los monjes. Se hacen filas por todas partes, en las que la gente ofrece comida, vestidos, medicamentos, y hasta dinero a los monjes. Todos aguantan el sol caliente, y las eternas filas y muchedumbres porque creen fielmente en que ofrecer y dar en éste día tan auspicioso les generaría un karma positivo, ya sea en ésta o en otras vidas siguientes. El 95% de la población de Laos es fiel creyente en el Budismo, y una de las enseñanzas principales de ésta religión, es el desprendimiento de los bienes terrenales, la compasión, y la ley del karma, la versión oriental de la archireconocida ley física de la causa y efecto, de la acción y reacción.

En el festival, también se ven los contradictorios rituales de liberación de aves y peces, en los que los fieles compran aves y peces que están en cautiverio, solamente para liberarlos después como un acto de compasión hacia los animales. Y compasión también hacia los comerciantes que aprovechan esa oportunidad y se hacen su Agosto, porque una jaula llena de aves cuesta alrededor de 10 dólares, un precio bastante alto para una economía en crecimiento como es la de Laos.

Luego que la mañana pasa, y los monjes arrastran con dificultad los sacos enormes llenos de comida y otras ofrendas, los alrededores de That Luang son limpiados y arreglados para un evento deportivo, una particular variación de hockey sobre hierba, en la que dos equipos juegan dotados únicamente de unas varas largas de bambú. Un equipo representa la administración pública, y el otro representa la gente. Y obvio, se espera que siempre gane el pueblo, pero hoy en día la competencia es más por el espectáculo y cualquiera de los dos puede ganar si hace un jogo bonito.

Y como toda buena feria, una cantidad de puestos de comidas, de juegos de feria y de baratijas rodea también a That Luang, para la alegría de muchas personas a las que ésta festividad es el único evento que rompe la monotonía de sus trabajos de siete días por semana (si, muchos Laosianos trabajan continuamente TODA la semana). Grupos de amigos hablan ruidosamente, niños siguen a sus padres con las manos llenas de dulces y globos, las parejas de enamorados se esconden de las luces y de los curiosos en los rincones más alejados del parque. Son festividades, y la gente lleva una sonrisa contagiosa en los labios.

Cuando cae la noche, los puestos de comidas rápidas comienzan a trabajar de verdad, y detrás de los woks en los que saltean carnes y vegetales de todos los colores, los cocineros también andan risueños, atentos a preparar lo que los clientes quieran. El ambiente huele a dulce, a incienso, a gente y a pólvora. Los altoparlantes comienzan a disparar música pop y competir los unos con los otros. Y lo más curioso, es que una de esas canciones en Lao que se escuchaba, tenía todo el son y el sabor de salsa, de la misma que se escucha al otro lado del planeta, en mis tierras caribeñas.
Pero el festival religioso no termina acá. Cientos de monjes y laicos empiezan a poner y a encender miles de velas alrededor de la stupa de That Luang, dándole una luz y un aire místico, espectacular. Fieles con velas hacen filas para también ellos hacer su ofrenda y encender otra luz más, cerca del monumento.

Con la luz de las miles de velas encendidas, el resplandor de la superficie de oro de la stupa, y la luz plateada de la luna, se puede perder uno en esa imágen, ese momento. Quedarse boquiabierto y sin palabras, en esa postal de Laos que tan pocas veces es vista.

...y olvidarse también que tampoco para ésta noche tiene uno donde quedarse porque los hoteles siguieron llenos. Pero nuevamente tuve suerte, y en un restaurante del centro el dueño tuvo piedad de mí y me invitó a pasar la noche dentro, durmiendo sobre unas sillas que eran algo más cómodas que mi hamaca, que por ésta noche pasaría la noche también, dentro de mis alforjas.
Que bién se siente estar vivo, vivo y bajo un techo, en Laos, en la adormecida ciudad de Vientiane.

lunes, 24 de noviembre de 2008

De nuevo saltando el Mekong

Los meses en Tailandia pasaron rápidamente. Como me suele ocurrir en éste tipo de cosas, terminé pasando más tiempo del pensado en ese lugar. Como China, en el que me quería quedar uno o dos meses, y terminé pasando la mayor parte de un año.

Es que llega un momento en tu vida en el que aprendés a la fuerza a tomártela más lentamente. A dejar las prisas y los afanes, a que el mejor plan es no tener plan alguno. A aprender del presente y del momento en el que estás, no a escaparte en el futuro, en el pasado. A vivir lo que sea que te está pasando en el momento. Y eso está bien.

Pero desafortunadamente, las reglas de inmigración y las complicaciones burocráticas, hijos bobos de aquellos personajes que se inventaron fronteras y bordes y límites como conejos sacados del sombrero, a menudo lo obligan a uno a llenarse de papeles y trámites que son tan innecesarios como absurdos. En éste caso, estaba obligado a salir del país hacia Laos, unos 30 km al otro lado del Mekong y aplicar para otra visa y volver. Mi as bajo la manga era en una carta firmada del monasterio donde estaba quedándome, en el que me daban patrocinio para seguir estudiando meditación en Tailandia, para que así sacara la visa de estudiante, que me permitía quedarme más tiempo en Tailandia.

Y bueno, nuevamente el ritual de la empacada y las despedidas. Un poco de mantenimiento a Alma que estaba sumida en ese perezoso letargo que le dejó la inactividad en éstos últimos dos meses, y ya estábamos listos para el camino, en un día radiante, limpio, tranquilo. Y así empezamos a rodar ya bastante entrada la tarde, hacia Vientiane, Laos.

Los trámites en inmigración fueron un paseo por el parque. La visa para los Colombianos y muchísimos otros países, al igual que en Camboya, te la entregan al llegar pagando 30 dólares. Lo increíble es que el oficial de inmigración que atendía el puesto, cuando se dio cuenta que yo era de América del Sur me empezó a hablar con un español perfecto, con un leve acento caribeño, supongo porque siendo Laos un país comunista, tuvo profesores de español venidos de Cuba. Y bueno, también aprendió la actitud caribeña, porque se puso conversador a preguntarme sobre mi viaje, sobre la vida en el país, sobre como me parecía Laos, etc. Y no le importó mucho que hubiera una fila larga detrás de mi, me imagino que fue por el hecho de que no todos los días ve gente que habla español, y mucho menos de ese país olvidado que es del donde yo vengo. Al rato, me devolvió el pasaporte sellado y listo para el viaje, y me despachó deseándome la mejor de las suertes y una inolvidable estadía en su país. El tipo se ganó el puesto de ser el funcionario de inmigración más buena gente que me he topado en la vida.

Alma se empezó a devorar rápidamente los kilómetros que aún nos separaban de Vientiane, supongo porque estaba contenta de sentir el viento en la cara y de estirar los músculos con ganas. Conociéndola como es ella, estoy seguro que estaba alegre, animada, plena. Y en cuestión de una hora, cuando el sol estaba cayendo, estábamos llegando a las afueras de la capital. Pero algo estaba diferente. La somnolienta y tranquila Vientiane, estaba ésta noche llena de actividad. Tuk-tuks y sawngthaews (camiones de pasajeros) por todas partes cargados de gente y monjes, música y algarabía en las calles, La gente saludaba más que de costumbre, y esperando en un semáforo, un tipo en una moto al lado me explicó que era por el festival anual de That Luang, la festividad religiosa más importante de Vientiane y, junto con el nuevo año, la más celebrada de Laos.

Las calles estaban repletas, no había en realidad por donde pasar sin que no hubiera una masa de personas. Fuegos artificiales inundaban esporádicamente el cielo. La fiesta se sentía, se respiraba.

Y claro, no era sino darse una vuelta por el barrio donde se concentran la mayoría de hoteles baratos de la ciudad para darse cuenta de que había muchisima gente ahí también. Hotelito trás hotelito, todos tenían el cartel que uno no quiere ver cuando la noche está entrada y uno quiere una ducha y una cama: “Hotel Full”, “No Vacancy”, o “Come back tomorrow”. Todos, todos los hoteles y guesthouse de Vientiane al parecer estaban a reventar. Tanto, que las personas que estaban en habitaciones individuales, se les pedía que compartieran con otros viajeros sin lugar donde pasar la noche. Pero eso había sido durante el día, y ahora no había lugar ni donde poner un arroz parado.

Aunque dormir bajo las estrellas en las ciudades grandes no es una idea que me seduzca mucho que digamos, en ésta oportunidad me tocó, así que encontré un monasterio con arbolitos cómodos, colgué mi hamaca, amarré la bici, y me entregué a ese sueño tranquilo y pesado que llega después de un día de cruzar fronteras y comer kilómetros

domingo, 28 de septiembre de 2008

Van, van a Vang Vieng

Vang Vieng. El pueblo tranquilo encerrado en un escenario increíble, convertido en el sitio backpacker por excelencia. Y eso no es un cumplido. Bueno, vamos por partes. La subida a Vang Vieng fue por un camino empinado, a veces destapado, difícil. Hacía ya varios miles de kilómetros que no me tocaban carreteras por montañas y pues ya se nos estaba olvidando, a mi y a mis piernas, de como era el tema con eso. La distancia desde Vietnam era algo así como 150kms y optimista pensé que los hacía en un día. Pero noooo.... Me tocó quedarme en un albergue a mitad de camino, porque había muchos baches, subidas, bajadas y además con una lluvia matadora.

Finamlente llegué a Vang Vieng, hice el check-in en la guesthouse tranquila que me habían recomendado antes, al lado de una pista de aterrizaje olvidada. Y luego de dejar remojando la ropa terminalmente sucia que tenía pendiente, salí a recorrerme el famoso pueblo de Vang Vieng. Basicamente, es una única calle llena de restaurantes, bares y café internet, y no parecés ni en Laos ni hasta en Asia, porque todos los letreros de neón iluminados están escritos en inglés, casi nada en idioma local.

La mayoría de bares tienen varias pantallas de TV presentando permanentemente reencauchados episodios de Friends, Los Simpsons, Family Guy y otros. Y en vez de sillas, las mesas tienen una especie de cama con muuuchos cojines para que la gente que llega simplemente se acueste y se sienta como en casa. Pero se pasan, hay un lugar en la calle en el que te paras y puedes ver simultáneamente 5 episodios diferentes de Friends en 5 diferentes bares. Al principio tantas cosas occidentales te seducen por lo cómodo y fácil, pero al rato se vuelven muy, muy repetitivas y aburridas.

Como decía, Vang Vieng es un pueblito metido en montañas hermosas y alucinantes, al borde de un río limpio y tranquilo. Cerca en la bici se puede recorrer caminos destapados que lo llevan a uno a cavernas grandes y oscuras, y a piscinas naturales de agua fresca y cristalina. El recorrido completo por los alrededores son unos 40kms y se lleva un día completo, para ver la naturaleza con calma.

Y el último día, fue el día para hacer el famoso Tubing en Vang Vieng. Esa es una de las actividades más famosas en el SE Asia, contada una y otra vez por los viajeros en todas partes. Y la idea es tan simple como exitosa: Basicamente es rentar un flotador enorme hecho con el neumático de la llanta de un tractor, y con ésta, te llevan en un tuk tuk río arriba y te lanzas al río. Mientras bajas lentamente, por entre ese alucinante paisaje, van apareciendo bares y restaurantes a las orillas y si quieres, te lanzan una cuerda al río para que te quedes un rato ahí antes de seguir flotando despacito río abajo. En la mayoría de bares te ofrecen whiskey de arroz gratis para que te quedes ahí, y muchísimos tienen toboganes, canopy, trapecios y cuerdas desde plataformas altísimas para lanzarse al agua. Un plan para un día de estar en el agua. Coincidencialmente empezando conocí a una gente de Chile y Uruguay y en dos segundos armamos el combo Suramerica... Latin Power en Laos.

En el remate, cuando estás con un poco de frío y llegas nuevamente a la ciudad, hay unos bares en los que puedes parar que tienen música en vivo y una enorme fogata en la que todo el mundo se calienta y se seca, luego de todo un día de andar jugando como niños en el agua. La rumba se extiende más allá de la medianoche, hora del toque de queda de Laos, y terminás hablando con gente de todos los rincones del planeta...

Al otro día, me levanté como pude para tomar un bus que nos llevara a Alma y a mi a Vientiane, y de ahí salir directo a Tailandia. El bus lo tomé echando dedo en la carretera como a las 3.00pm, y coincidencialmente me encontré con la inglesita que había conocido días atrás en Tha Kaek, que venía ésta vez de Luang Prabang en el mismo bus. Fueron unas cuatro horas de recorrido que antes me había tomado a mi dos días de intenso esfuerzo... Y llegué a Vientiane de noche ya, y me tocó romper mi regla de no viajar nunca de noche por el solo hecho que era mi último día de visa, y salir a oscuras por la carretera que me llevaba a la frontera con Tailandia, a unos 30 kms de distancia abajo en el Mekong. Llegué como a las 9.00pm al puesto fronterizo, como siempre dejandolo todo a última hora.

Él cruce de frontera, sin problema, nada de preguntas excesivas ni requisas de las maletas. Del lado de Tailandia me tocó un oficial lo más de buena gente que se quedó preguntandome bastante rato sobre mi viaje, porque no había nadie a esa hora cruzando la frontera. Al rato me dejó ir finalmente, y me di cuenta a la brava (casi me lleva un carro por delante) que Tailandia tiene la mala costumbre, como los ingleses y japoneses, de manejar al lado equivocado de la vía...

Bienvenido, finalmente, a Tailandia.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Rumbo a Vientiane, capital de Laos

Salí de mañanita de Tha Kaek, todavía dudando si iba al pintoresco paso montañoso de Cau Treo, que tanto me había recomendado Dryan. Pero la verdad, una vez que pasé por ahí no me animé a subir, porque en mi visa me quedaban poquísimos días, apenas para una visita rápida a Vientiane y tal vez a Vang Vieng. En el camino a Vientiane, me quedé en dos caseríos anónimos cuyos nombres olvidé ya, y en la carretera se veían los residuos de la inundación que hasta hace apenas pocos días se había tragado sin avisar campos fértiles, caminos y familias enteras... De hecho la inflación por éstos lugares estaba jodida, y los precios eran el doble de lo que usualmente eran. Lástima, pobre gente, de un día para otro perderlo todo, absolutamente todo, por un capricho de la madre naturaleza.

Los días pasaron rápido y sin eventualidades, hasta llegar a Vientiane, la capital de Laos, que me recibió al fin con un muy buen clima y una foto del Ché en tamaño gigante. Valga la pena aclarar que en Laos por alguna extraña razón aman al Ché Guevara, y lo ponen en camisetas, posters, y calcomanías o stickers que adornan cuanta moto, tuk tuk o camión pase por ahí. Seguro el hombre por allá en su tumba anónima de suramerica se estaría riendo.

Vientiane es una capital muy tranquila, diría que es la que más me ha agradado de todo lo que llevo de Asia. Y no es porque abunden las cosas que hacer, no, al contrario, se pasa de tranquila. Pero justamente ahí está su encanto, en que es pequeña, manejable, la gente es muy amable y no se escucha en la calle absolutamente nada. La gente no abusa de los pitos del carro, lo cual es algo totalmente loable! En realidad parecería una ciudad pequeña provincial de cualquier otro país. Pero sí, la cantidad de embajadas que hay por todas partes te indican claramente que Vientiane es capital.

Todos las guesthouse baratas de la ciudad estaban totalmente llenas, así que compartí habitación con un japonés que a duras penas hablaba inglés y llevaba bastantes meses recorriendo así el mundo. Como? Ni idea, supongo por la misericordia del espiritu santo porque no se me ocurre otra... También me volví a encontrar con un guey de Israel que había conocido en Camboya y que lleva viajando por el mundo casi ocho años, el verdadero y moderno ejemplo del judío errante definitivamente.

En Vientiane las opciones para hacer turismo son bastante reducidas. Pasando por Patuxai, la versión Lao del Arco del Triunfo en Paris, se le llama en broma el aeropuerto vertical, por la sencilla razón que fue construída con el cemento y materiales que donó hace muchos años el gobierno de Estados Unidos con el fín de construir un moderno aeropuerto. Pero al parecer, el gobernante de turno prefirió convertirlo en un monumento a su grandeza... Éstas cosas no solo pasan en el país del sagrado corazón. Luego, estan todos los monasterios con paredes viejas viejísimas, que muestran los siglos de antigüedad que tienen.

Y aproveché éstos días también para revisar la extensión de la visa de Laos, pero pagar el precio de 3 dólares por día me pareció un poco exagerado, y me obligó a salir del país y cortar mi viaje por el norte. A lo sumo, alcanzaría a llegar a la famosa ciudad de Vang Vieng y dejar la capital atrás, la más calmada de todo el Sureste Asiático.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Tha Khaek

Antes de salir de Savan, llené las alforjas de khao ji pa te, o sandwichs de pan francés rellenos de paté, especialidad de Laos, que me recuerdan de una manera vaga a los banh mi thit gloriosos del sur de Vietnam. A unos 30 o 40kms después vi el seno más grande de mi vida, una diminuta ciudad orgullosamente llamada así. Más adelante, el cielo se empezó a oscurecer y detrás de mí empezaron a caer ruidosamente rayos, pero también un fuertísimo viento de cola empezó a soplar y me empujaba fuertísimo, dándome unos 10 o 15 km/h adicionales, lo que me ponía competitivo con las moticos y tractores que iban en la misma dirección. Aparte, el sentir que una tormenta te está lamiendo los talones te da motivación para empujar adelante y pedalear muchísimo más fuerte.

Pero luego de una hora de ese ritmo increíblemente rápido, eventualmente me agarró el agua y me tocó escampar en un pueblito X, en el 'concesionario' de venta de motocicletas KoLao, el nombre que Hyundai o Daewoo o alguna compañía Koreana tiene en Laos. Se ven por todas partes y son muy, pero muy baratas.

Y la tormenta nada que bajaba. Seguía lloviendo fuertísimo, sin intenciones al parecer de detenerse, y como la verdad no tenía intenciones de quedarme acampando en la mitad de la nada bajo una lluvia persistente, decidí seguir empujando hacia Tha Kaek, la siguiente ciudad de tamaño decente. No había más remedio que quitarse la camiseta, cubrir las alforjas NO resistentes al agua con bolsas de basura que hacen un improvisado impermeable y seguir bajo las fuertes pero refrescantes lluvias del monsón.

Ya entrada bién la noche llegué a Tha Kaek, hecho una sopa, mojado, cansado, pero satisfecho. De entrada me quedé en el Travel Lodge, una guesthouse lo más de acogedora que me recibió con una fogata en el medio y gente tocando guitarra y cantandole a la luna. Necesito pedir algo más? Me acordó vagamente de todas las noches en fincas, en las que a la luz del fuego nos mirabamos las caras y las almas. Y como no, de las noches de Luna Bohemia en la U, tan lejanas. El tiempo pasa, pasa.

En fin. Había un dormitorio como de 10 camas totalmente vacío, pero al rato llegó un canadiense que recién llegó y decidimos compartir una habitación que salía lo mismo que el dormitorio, pero muchísimo más segura, porque el dorm no tenía manera de ponerle seguro. Yo estaba virtualmente destrozado por el viaje y el esfuerzo de estar peleando con la tormenta, pero igual decidimos salir a dar una vuelta al centro a comer algo, a ver el Mekong y a la iluminada Tailandia del otro lado. El hombre comió su comida super western y yo mi comida super local, recién pescada y a menos de un dólar. Me imagino que en el comienzo del viaje ni me atrevería a comer algo así, pero a estas alturas del partido lo que no me mata me vuelve más fuerte (literalmente).

Y estando en esas, nos encontramos con la chica que es duena del hotel en el que nos estabamos quedando y nos invito a rumbear, estilo Laos. La idea es que primero uno se entona con unas cervecillas y cantando karaoke thai (ugh!) y luego cuando ya los motores ya estan prendidos, se cruza la calle y se monta uno en un barco enorme llamado "Smile Bar" que está sobre el Mekong a un tiro de piedra de Tailandia. Y ahi la rumba si se pone pesada, empiezan a llover del cielo las cervezas con hielo (doble ugh!) y los ríos imparables de Lao Lao.

Al otro día con un dolor de cabeza cortesía obviamente de la obra y gracia del espiritu santo (no, el alcohol de dudosa procedencia no tiene NADA que ver ahí), rentamos una moto para conocer las tierras cercanas, famosas por sus cavernas, cascadas, e increíbles formaciones de karst. Pero lo mejor fué la caverna de los Budas, una caverna que fué descubierta por casualidad hace apenas un par de a~os por un tipo que buscaba murcielagos para poner en el plato del almuerzo (si, en Laos se comen todo lo que se mueva). No encontró murciélagos, pero lo que encontró fue una hermosa caverna escondida en lo alto de una montana inaccesible llena de esculturas y figuras de Buda con mas de 1,500 a~os de antigüedad! Lo más alucinante es que el lugar lo dejaron tal como estaba antes, así que se respira en el ambiente de la caverna una sensación rara, sobrecogedora, como si el tiempo se hubiera quedado congelado y no muchas cosas hubieran pasado en ese sitio en el último milenio y medio. Y claro, el tipo que la descubrió se volvió una especie de celebridad en el JetSet local, por traer los dólares turistas a esa región olvidada, que tantos los necesita...

En el recorrido también pasamos por el Tha Falang, un balneario que usaban los franceses en su época de colonia lo más de bonito, también la cueva del elefante (llamada así porque alguna persona con un poco de alucinógenos en la sangre se imaginó que tenía algún parecido con un elefante), y otras cavernas a las que no pudimos entrar por el hecho que estaban inundadas cortesía de la temporada de lluvias. Las mismas lluvias que como siempre volvían las carreteras nada, las dejaban tan destrozadas como yo por esos momentos.

Por eso cuando llegué de vuelta al guesthouse la ducha, y la cama, fueron una bendición. Ni ganas me dieron de salir a la fogata, a pasar la noche con el canadiense, unos japoneses y una inglesilla que llegó esa misma noche.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Tribus y espíritus y búfalos y selvas

Pero bueno, a los alrededores de Savan hay muchísimas tribus de montañeros o minorías en la montaña, y conocí a un tipo que era guía en varias excursiones a pie, y la idea es que uno se metía en grupo a la selva y visitaba las aldeas de las minorías y se quedaba durmiendo allí, conociendo sus costumbres. Y pues me animé a hacerle al trek de unos dias, sobretodo por conocer esa parte de Laos que uno no conoce muy bién por cuestiones prácticas: la gente.

Para la caminata te recogen en un camión para sacarte de la ciudad y dejarte más cerca de la selva, del camino destapado que te llevará por aldeas y aldeas. En la primera aldea te muestra la vida de las minorías, como trabajan el campo, como los búfalos son sus mejores amigos. Pero también cuentan que el trabajo fuerte en Laos solamente es 3 o 4 meses al año, en la temporada de lluvias que es la adecuada para cultivar el arroz. El resto, bueno, no es muy activa que digamos. Los que se quieren mantener ocupados, se van a la pesca o a la caza en las selvas. Los que no... se quedan en los pueblos viendo la hierba crecer, o bebiendo alcohol, o buscando mujeres, mujeres y pelea... No particularmente un buen ejemplo para los hijos y las nuevas generaciones, muchos jóvenes están hartándose de la vida en el campo y se van a buscar suerte a las ciudades en las que terminaran trabajando en fábricas enormes e impersonales, o manejando tuctuc, o simplemente, tristemente, desempleados...

La jerarquía en éstas aldeas es liderada por el consejo de ancianos, algo así como el partido político dominante en la tribu. Son los que dan la aprobación de las fechas de cultivo, bendición en los matrimonios, y la última palabra en la resolución de conflictos. Aparte, como la mayoría de tribus en Laos, esta es de fuerte influencia animista, es decir, creen que las personas viven día a día con espíritus, y ellos tienen la capacidad de hablar y consultar con los espíritus también. Y como éstos espiritus son venerados y respetados, hay muchas cosas consideradas como tabú porque irrespetan a los espiritus y los hacen enloquecer de la rabia. Por ejemplo, los hombres solteros y las mujeres no pueden dormir en la misma habitación, por eso las mujeres duermen dentro de las chozas en una habitacioncita, y los hombres duermen en el suelo en el area destinada como comedor o sala de estar (o living, che!).

Bueno y como comentaba antes, acá también está el tema que si una pareja tiene sexo sin permiso de los venerables ancianos, los espiritus se enloquecen y la unica manera de apaciguarlos es mediante un sacrificio de un búfalo, o en su defecto, de una inocente vaquita. El mismo sacrificio para apaciguar a los señores espiritus se ejecuta si las personas dentro de la casa les da por ejecutar el temible acto de.... aplaudir. Si, aplaudir, juntar sonoramente las dos manos. Porque (usted lo ha adivinado), este aparentemente inocente acto es uno de los peores tabú dentro de las sociedades animistas de Laos.

Le tienen tanto respeto a sus amigos invisibles, que a la entrada de todas las casas le hacen una especie de templo en miniatura, y permanentemente le hacen ofrendas de dinero, agua y alimentos. Y cuando la prosperidad llega y la casa de las personas es remodelada o ampliada, también el mini-templo donde supuestamente viven los espíritus es consecuentemente remodelado...

Bueno y recordando los ataúdes que había visto debajo de las casas por el Bolaven Plateau... resulta que la gente vive el sabio concepto de la impermanencia de la vida desde muy chicos. De hecho, desde que son niños, cada persona construye su propio ataúd, ataúd que será usado cuando el momento llegue. Y eventualmente, cuando los difuntos son enterrados, sobre la tumba se dejan los objetos que la persona más quiso, botellas de alcohol, fotos de mujeres, herramientas de trabajo, o bicicletas... todo para recordar que todas las ilusiones y deseos que uno tiene en vida, finalmente se van al garete al morir. Polvo somos...

La comida en las aldeas es simple pero buena. La orden del día se la lleva el arroz glutinoso o sticky rice. Y con el, se mezclan vegetales, chiles picantes, y algún pedazo de gallina raquítica que fue sacrificada por el bién comunal. Por las noches, además de la comida se ofrece un licor similar al lao lao, pero destilado caseramente con ingredientes de dudosa procedencia... Este licor lo entierran en enormes tinajas, y cuando está listo lo sacan y lo ponen en el centro de la sala de estar. Le ponen un montón de pitillos (popotes, pajillas, etc.) e invitan a toda la comunidad a tomar y claro, celebrar, olvidar, recordar, lo que sea!!!

En las tardes, una de las actividades comunales mas importantes es el baño. Y no es que todo el mundo tome una ducha caliente, no, es algo más rústico. A eso de las 4, 5 de la tarde hombres, mujeres y niños van con sus sarongs al río y allí proceden a sacar los jabones y sacarse también el diablo de sus cuerpos. Mientras más mejor, en el baño comunal se habla, se bromea, se cuentan los chismes y últimas noticias. Y lo más importante, se refresca el cuerpo luego de unas largas jornadas de calor. Y todo va bién hasta que un búfalo le da por aliviar sus necesidades corporales río arriba...

Pero en fin, la experiencia fue linda, paisajes bonitos, gente increíble, situaciones en las que nunca, nunca me hubiera imaginado estar...

Laos, Laos...

viernes, 12 de septiembre de 2008

Savannakhet (Laos)

Y llegó la hora de decirle adios a Pakse.

Una de las cosas de viajar en bicicleta es que ésta no tiene espejo retrovisor. Al parecer es una tontería, pero adquiere significado porque te obliga a estar mirando al frente, en el presente, y no te deja mirar atrás, a los lugares que despides y no volverás a ver. Si alguna lágrima de nostalgia se te escapa, el viento de cara pronto te la hace desaparecer.

El orden del día era proseguir a Khong Sedong, a 60 kilómetros del lugar, por eso no tuve que madrugar y gocé de una mañana aperezada, lenta, esas mañanas llenas de despedida. En ese pueblito había una única Guesthouse que me dió la oportunidad de no dormir bajo dos árboles isno bajo un techo estable. A la mañana siguiente fue seguir unos 100kms hacia Paksong, y en su guesthouse había unos tipos de Laos y China cenando. Y desempolvando el chino que sabía, me les uní a la conversación (y por consiguiente a su banquete de cena), hasta que llenísimo y cansado me les despedí luego de una velada muy amañadora, porque el día siguiente también sería de camino, camino que eventualmente me llevaría a Savannakhet.

Por el camino, dos motociclistas gay lo más de buena gente pero muy jodidamente insistentes me estuvieron acompañando por bastantes kilómetros, hasta que desistieron de repetirme una y otra vez su argumento de 'para que pagar hotel si te puedes quedar en nuestra casa?'.

No hubo más eventualidades, lo mismo de todos los días de viaje... días hermosos, compartir el almuerzo con los pastores de cabras y búfalos, ser casi devorado por las hormigas...

Al final llegué a Savannakhet, entrada ya la tarde y muy cansado. Es una ciudad que se está cayendo a pedacitos, con una fuerte influencia francesa en las casas y edificaciones. A veces parece una ciudad fantasma, porque no se ve a nadie pasar, no se escuchan muchos ruidos. Yo estaba allí porque en Savan (como le dicen cariñosamente los locales) hay un consulado de Tailandia, y podía aprovechar para hacer mis vueltas y trámites migratorios mientras espero también a que más al norte las carreteras mejoren luego del devastador invierno y creciente de los ríos.

En la ciudad el pueblo también hay un bizarro museo arqueológico de dinosaurios, porque hace unos miles de años la región estaba bajo el mar y abundaba la fauna prehistórica. El curador del museo es el mismo paleontólogo que encontró algunos de los huesos fosilizados y estuvo presente en todas las excavaciones. El tipo es el paleontólogo más entusiasmado que conozco (bueno, de hecho es el único que conozco) y se motiva con vos y te muestra todas las exhibiciones, los fósiles, todo! De hecho, le quita el seguro a los mostrarios y te deja tocar los fósiles de MILLONES de años. Tengo que decir que la sensación de tocar y oler las mariposas y reptiles de millones de años es en realidad extraña, bizarra, como sacada de un sueño pesado, denso. Nunca, nunca supuse que iba a hacer eso, y sin embargo, en ésta tierra olvidada de todo y por todos, lo hice.

Aparte, Savan fue buena en el sentido que me desatrasé de cientos de mails en Internet y me llené hasta la saciedad de sandwichs de baguettes... mmmm... Por cierto, mientras andaba esperando a que me prepararan mi dosis personal de baguettes con paté, una señora thai, la dueña de un banco nuevo me invitó a comer con ella, solo por el hecho que muy caballerosamente le cedí la silla en la que estaba sentado esperando, a su hijita. Tan querida, hasta me invitaron a su casa del otro lado del Mekong, en tierra Thailandesa, pero desafortunadamente no tenía ni visa ni ganas de terminar mi viaje en Laos prematuramente... En todo caso me decía la señora que era difícil ver un turista decente en el SE de Asia, porque según ella, la mayoría de turistas no eran más que chimpancés sin pelo, andando borrachos, ensuciando, irrespetando la cultura, drogándose y fornicando todo el tiempo... Que triste que la imágen que tengan de los visitantes del mundo occidental sea esa, pero al mismo tiempo la entiendo, porque en muchos casos esa es la verdad.

Y como remate, de la comida, me llené más y más comiendo postres de Lao, llenos de coco y mango y frutas frescas... como me van a hacer falta cuando deje el país!

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Bolaven Plateau, Laos (2)

La primera parte la encuentras acá.

En donde íbamos? Ah si, en Tad Faek. En esa cascada en particular dicen que hay unos peces que tienen dientes afiladísimos y por alguna razón oscura muerden con una impresionante precisión el organo que diferencia los hombres de los mujeres, cortando de raíz futuras noches sin sueño, por lo que no me animé mucho a nadar... Me quedé en el mirador y de la nada apareció una señora culebra enorme, que no le importó mucho al parecer que estuviera ahí. Si yo hubiera nacido en Laos, muy seguramente la habría visto con ojos hambrientos, mirándola como la suculenta cena de la noche. Pero como no soy ni de Laos ni cazador, no me llamó mucho la atención quedarme hablando con ella, así que al rato salimos hacia Nam Tok Katamtok, una de las cascadas más grandes de Asia y la segunda, después de Tad Fane que visitaríamos eventualmente.

El tema es que nuevamente había llovido a cántaros y la carrtera estaba impasable aparentemente por un río que no tenía puente. Algo que superaba las capacidades de la querida 115cc China que nos transportaba a sus espaldas. Pero bueno, nada que hacer, así es el monsón. Entonces como plan B, nos tocó devolvernos a Sekong y de ahí a Paksong, la ciudad más importante de la región y la principal (o única?) productora de café. Encontramos un holandés que tenía un lugarcito que vendía café recogido y tostado en el mismo día que se tomaba. Nos invitó a pasar a tomarnos un tinto recién hecho y tengo que decir que compite con el café de mi amada Colombia! Suave, buen aroma, buen gusto... Ah! Me sentí en casa con ese café recién tostado. Para los que estén perdidos por Paksong y se quieran dar una vuelta por la región cafetera, o simplemente tomarse un buen café, hacer click acá para ir al sitio del holandés.

Luego de la parada técnica y llenar el tanque, seguimos a Tad Niang, unas cascadas gemelas, grandotas, ruidosísimas. Lo bueno es que puedes arrancar desde la parte de arriba y hacer un minitrek hasta la caída como tal, donde el que puede, vence el ruído y el miedo de irse de cara en el suelo, para llegar a la base y ensordecerse, y mojarse, y quedar boquiabierto por el poder de la naturaleza... lo de empaparse es literal, porque el viento te golpea con tanta furia, que tan solo pasados apenas unos instantes terminas como si te hubieras metido a nadar al río con ropa y todo.

Al rato, no quedaba otra entonces que usando el krama como toalla, quitarse toda la ropa y colgarla un rato al sol para que se seque. Luego de eso, nuevamente sobre la moto para comerme los pocos kilómetros que nos separaban de Tad Fane, una cascada escondida en la selva profunda, la más grande de Laos y casi del Sureste Asiático. Por caminos destrozados, y bajo una lluvia que previsiblemente reapareció, la moto sufría por llegar y si ella hablara, muy seguramente me estaría echando la madre y parecidas, recordandome que ella no había nacido para éstos trotes. Pero entre quejidos y gruñidos mecánicos, llegamos a un hotelito que quedaba al frente de esa inmensa caída, con su eterno rugir, metida en el centro de la más densa manigua, como sacada de la escenografía de Jurassik Park (la uno!). Ante semejante vista, más que cualquier palabra lo que uno hace es abrir los ojos y también, como un imbécil, abrir la boca sin decir nada.

Había leído en alguna parte que se podía bajar a la base de Tad Fane, haciendo una caminata de algunas horas entre la selva. Motivado entonces por la vista, arrancamos camino abajo con unos alemanes y holandesas que tenían el kit completo de Indiana Jones: sombrero de safari africano, botas para hiking alpino, pantalones a prueba de agua y misiles transcontinentales, camisetas camufladas, morrales ultralivianos con depósito de agua... en fin, basicamente creo que pagaron por el disfraz de aventurero lo equivalente a lo que pagaría yo por seis meses de viaje (y tal vez más!). En últimas, me miraban tan raro a mi como yo a ellos... porque supongo que sería blasfemia retar la selva en el estado que estaba yo: sandalias, pantalones sucios y una camiseta cualquiera, completamente empapada. Uno de ellos, el mismísimo Indiana Jones en calzoncillos tomó la delantera porque según comentaba repetidas veces, tenía experiencia en selvas y arrancamos entonces en una organizada fila india el camino resbaladizo, monte abajo. Y empieza cristo a padecer... Cada cinco pasos se detenían a mirar la brújula y su mapa (!!!????), momento apropiado para que alguna de las chicas se resbalara y fuera a limpiar el suelo con su trasero cubierto con Goretex. Los demás nerviosos miraban por todas partes y se echaban repelente de mosquitos. Luego seguimos hasta que uno de ellos se sintiera cansado, o se fuera a besar el piso, o el gran líder consultara con su gran sabiduría y le hiciera preguntas al espiritu de la selva.

Paso a paso, bajando, agarrándonos de lianas, troncos caídos, ramas, lo que fuera... a paso tortuosamente lento. Tenía que aguantarme el ritmo porque solo había un camino estrecho de bajada por el que solo cabía una persona. El grupo se iba estresando porque era la terrible selva, y estaban esperando a que llegara la terrible anaconda por ellos y se los llevara en sus terribles fauces. La verdad es que bueno, sí era selva, pero nada fuera de lo común, no había que sacar machete para abrir camino, ni tirarse en rappel sobre cuerdas para descender. Es la misma selva en la que jugaba de niño en el colegio, pero Lao-style. Pero claro, para ellos era LA selva, un sueño, acostumbrados ya a las sociedades esterilizadas y desinfectadas de occidente, donde las selvas y los bosques son sepultados por toneladas de concreto y acero inoxidable que se convierten a su vez en autopistas, multifamiliares y prisiones corporativas de decenas de pisos.

Para seguir con el tema y no desvariar más, el cuento va a que llegamos a un camino con matorrales y bastante empinado, un poco difícil de bajar. El tipo consultaba seriamente con su brújula (aunque la cascada se veía AHI, de frente!) hasta que hubo motín en el grupo de boy scouts improvisados: estaban cansados, el camino de adelante estaba imposible, y la verdad, según uno de ellos, no valía la pena por ver agua cayendo. Le dije a Indiana que si quería yo pasaba y miraba si era posible el camino, y en su inmensa sabiduría me lo permitió. Me dieron paso y el camino efectivamente seguía un poco más difícil, pero ahi estaba. Me devolví y le comenté al tipo que no había rollo, pero ya estaban súper paranoicos y decidieron volver. Yo preferí seguir adelante, porque ya estaba ahí, y bajando rapidito llegué eventualmente al mirador, donde se veía la furia de la naturaleza, el poder, la belleza, lo insignificante que es uno en comparación de la naturaleza, del planeta... Y si, ahí abajo con frío y casi perdido, sentí que todo, todo valió la pena, todo el viaje, todas las caídas, los altibajos, los percances, todo valió la pena por ver ésa, ésta agua cayendo.

De vuelta la subida estaba más difícil, porque estaba lloviendo más fuerte. Arriba, uno de los empleados me preguntó intresado en si había estado abajo, porque resulta que en temporada de lluvias solo se podía bajar con guía, por lo jodido del camino... A buena hora me contó!!!

Y bueno, nada... hora de volver a Pakse, a la civilización, luego de éstos días de contacto increíble con la naturaleza y su fuerza. Y para cerrar con broche de oro, al llegar me dí uno de esos lujos que no tenía desde hacía muchos meses... Pizza!!!!!!!!!!

domingo, 7 de septiembre de 2008

Bolaven Plateau, Laos (1)

La carretera hacia el plateau empieza bién, pronostica un buen tiempo. A unos 20kms de Pakse está Tad Paxuan, una cascada pintoresca, en forma de cuadro (o cubo), muy bién conservada. Curiosamente había una oficina móvil de la embajada de Tailandia dando visas el mismo día, pero como yo no tenía ni idea, no había sacado fotos ni nada para sacarla... Me hubiera ahorrado un par de días, pero bueno... Que se va a hacer!! En Tad Paxuan hay una aldea de esas animistas y la gente se puede quedar en un homestay ahí. Lo chistoso, es que hay letreros por todas partes que indican que tener sexo sin consentimiento de los ancianos que lideran la aldea, tiene como consecuencia una penalidad avaluada en un búfalo... porque la gente cree que los espíritus que habitan por ahí se molestan cuando extraños e invitados a la aldea se pasan de íntimos. Así que ojo, si van a Tad Paxuam, castidad porque o si no el búfalo se gana la lotería sin comprarla... En esa aldea cercana a la cascada y en el medio de la selva, los mosquitos del tamaño de una pelota de tennis te acribillan permanentemente, lo que hace que te tengás que cubrir de pies a cabeza con repelente de insectos... Que termina uno oliendo a planta química, pero al menos sirve de algo...

De ahí el camino sigue hacia Tad Lo, un pueblito incrustado en las montañas de unas 10 casas. Alrededor está lleno de rios y cascadas, enmarcadas en un paisaje hermoso. Esas noches dormimos en una choza al lado del río, sin luz, sin electricidad, solo escuchando el agua del río pasar y los sonidos alejados de las cascadas, enmudecidos a veces por el viento que sacudía suavecito las hojas. Por la mañanas, no son los gallos los que despiertan a la gente, sino las vacas que muerden las paredes de hojas secas de la choza... no es un material muy duradero al parecer, pero barato si es. Pero la despertada temprano estuvo bién, porque el tema era buscar una cascada en la cima de la montaña. Lo difícil era que llovía a cantaros y la carretera destapada estaba hecha un desastre. La moto no estaba muy contenta que digamos, peleaba contra el pantano, perdía el equilibrio y trataba de seguir adelante... pero eventualmente el arma china de destrucción masiva logró pasar la prueba en una sola pieza.

Y en realidad valió la pena, porque nos esperaba una cascada altísima con una piscina de aguas clarisimas en la cima, perfectas para bañarse uno. El paisaje, incambiable. A lo lejos se veían las aldeas que invadían la planicie. Había un campamento ahí en la cima, que sirve como refugio de la lluvia y del frío, sobre la cascada, viendo como un sol lucha por aparecer aún detrás de las nubes...

Al otro día, le llegaba la hora a Thateng, a 30 kilómetros de carretera destapada y jodidamente peligrosa en moto, subiendo hacia la meseta. Barro por todas partes, con rocas puntiagudas que amenazaban la seguridad de las llantas de dudosa calidad de la moto rentada. Pero al parecer que el panteón de dioses de Laos tuvo compasión conmigo y no pasó absolutamente nada. En el camino habían regadas aquí y allá aldeas, y lo interesante es que muchas casas tenían ataúdes debajo de las casas, ataúdes vacíos, que luego nos explicaron para que servían. En todo caso, la que si necesito ataúd fue una gallina escuálida e inepta que salió de la nada directamente hacia la moto que venía imparable... y claro, aunque traté de esquivarla nada que hacer, le di con el carenaje (que sufrió estragos) y la convertí precipitadamente en la cena de la noche. Lo siento aldeano y gallina... pero fue sin querer queriendo.

Eventualmente el camino mejora y nos lleva a Sekong donde pasamos la noche en un guesthouse que en realidad era un centro de educación para la malaria y el dinero que uno pagaba por la noche se iba con ese fin. Lo cual está bien. De ahi nos metimos a la selva una vez mas para visitar las cascadas de Tad Feak y de Tad Huai Khon, y se empieza a despertar el sentimiento de que estoy entrando en una sobredosis de cascadas... Pero a eso fue que habia venido, asi que cero estrés como de costumbre. El camino estuvo francamente peor que los días anteriores porque estaba destapado como de costumbre, pero era de poquísimo uso por lo que la carretera se la comían por partes los ríos desbordados, alimentados por las lluvias del monsón. Además que por una de esas bifurcaciones imperceptibles me perdí, pero afortunadamente un cazador completamente equipado con su rifle artesanal y unas aves colgándole de la espalda me indicó la ruta correcta... Y estuve de buenas, porque o si no quién sabe donde estaría...

sábado, 30 de agosto de 2008

Pakse

Llamada la capital de facto del ecoturismo en Laos, Pakse es una de los cuarteles generales de mochileros y turistas de todo tipo en Laos. Las calles principales de la ciudad están bombardeadas de hoteles, hostales con dormitorios, comida falang (incluyendo pizza!). Tiene hasta un super mercado! Mejor dicho, la comodidad había llegado temporalmente a mi vida! En últimas me quedé en el hotel más barato que quedaba en el cuarto piso sobre un restaurante indio (de la India, no de los pielrojas). El cuarto resultó más bién miserable, pero estaba bién barato y lo mejor era la comida del restaurante... currys, chapattis, masala, raitas... practicamente lo que me ahorre en alojamiento me lo gasté en restaurante, pero es que en realidad la comida india, bién hecha, es gloriosa.


En la ciudad de Pakse propiamente dicho, no hay mucho que ver o hacer: un par de templos, un edificio de estilo chino, tal vez algo de compras para reabastecer. La razón de estar en Pakse es por su cercanía al Bolaven Plateau, o a la meseta de Bolaven, gamosa por ser casa de increíbles montañas en la selva, que albergan cascadas bellísimas, incontables aldeas de minorías étnicas, ríos, el mejor café de Laos (!) y las peores carreteras del sur del país.

El recorrido a través de la meseta suma algo más de 500 kilómetros, algo así como 5 días bién llevados en bici. Pero como el tiempo no sobraba en la visa de Laos, decidimos rentar una moto, ponerme el casco y de nuevo volver a la carretera sobre dos ruedas por unos días, ésta vez, motorizado.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Champasak

A unos 140 kilómetros al norte de Don Det está ubicada Champasak, capital del norte del reino de Angkor. El viaje se hace por un camino bonito, con subidas y bajadas suaves, templos budistas sumamente ornamentados. Como siempre, sin carros, Laos es definitivamente un paraiso para montar en bicicleta. Aparte, aquellos poquísimos que pasan, no te pitan dementemente (tipo Vietnam) sino que te dan la vía tranquilamente y hasta te saludan! Y como contaba antes, te llueven botellas de agua fría!

Eventualmente llegué al pueblo que queda al otro lado del Mekong. Nuevamente hay que cruzarl, y teniendo en cuenta que solo hay dos puentes en todo Laos que lo cruzan en su totalidad, cuando no hay (como es la mayoría de los casos) hay que hacer uso de los botes o ferrys. Y el ferry en éste caso, no era más que dos canoas de madera amarrados con una cuerda, y encima un planchón de madera. No parecía muy seguro, pero como los locales montaban sus motocicletas encima, seguro que no le pasaría nada a mi Almita. Y efectivamente, nada pasó!

Champasak es un pueblo pequeñísimo, basicamente es una carretera que bordea el Mekong y a los lados algunas casas y edificaciones viejas. Es increible que hasta hace poco, Champasak fue casa de la realeza Lao... una calle polvorienta y el río Mekong era la vista del rey. Bueeeh. Pero la verdad tiene mucho caracter. Encontramos un hotel barato, por un par de dólares un bungalow con baño privado y todo. Cruzando la calle, estaba el Mekong, y un puesto de comidas con una señora sonriente y amablísima, no picada por la enfermedad del capitalismo salvaje, que te cobra lo mismo que le cobra a la gente de Laos. Y es la comida más barata que he comido en el SE de Asia! De hecho, por un dólar te hartas de khao niaw (sticky rice o arroz glutinoso) con frutas, carne, comida... en fin! De hecho, con ella estuvimos tomando el famoso lao lao o whiskey de arroz destilado artesanalmente en casa. Lo embotellan en botellas usadas de lo que encuentren, pero tienen preferencia por las botellas de cristal de ginebra inglesa, que le dan su elegancia al lao lao... una botella de esas basta para noquearte y dejarte con un dolor de cabeza que te mata la noche. Pero vale la pena! Así es tomar trago estilo Lao!

Pero la verdadera razón de estar acá en Champasak no era emborracharse con chirrinchi artesanal, ni ver más atardeceres en el Mekong. Como contaba anteriormente, era de ir a Wat Phu, ruinas de la antigua capital del norte de Angkor que quedaba a unos 10 kilómetros del pueblo. En realidad el sitio no es tan impactante como Angkor Wat, que tiene templos y ruinas e historia donde mires. Pero éste sitio era mil veces más real. Un amigo tocayo me contaba que viajó a Angkor Wat hace unos 30 años, antes del genocidio del Khmer Rouge. Y encontró ese lugar auténtico, con la amabilidad de la gente si dañar, con las ruinas conviviendo con la selva, con los monjes aún practicando en los templos. Lo que el me cuenta, es una descripción cercana de lo que es Wat Phu hoy en día, pero seguro en algunos años se convertirá en otra mecca turística, como mil otros sitios en Asia. La atmósfera en las ruinas tiene un aire más tranquilo, más especial. Puedes respirar y dejarte llevar, y no estar mirando el reloj y el mapa para seguir el siguiente sitio, porque lo van a cerrar de acuerdo con un bizarro itinerario (léase: la industria turística de Angkor Wat).

El templo está en la cima de una montaña, con jungla vasta por todas partes que un grupo de mujeres trabaja incansablemente por domar. Hay un pequeño monasterio en la cima, con monjes en servicio activo. También hay esculturas caídas, escondidas por todas partes. Piedras grabadas, y una pequeña caida de agua sagrada que cae de la montaña santa, y que según dicen los locales, tiene propiedades curativas (acaso no dicen todos lo mismo de su propio manantial de agua?). Pero también tiene serpientes, un par de ellas salieron a saludar cuando pasamos por ahí. Otra particularidad que se ve acá son piedras ceremoniales hechas para sacrificios humanos, con lugares para recoger la sangre en forma de lagartos gigantes... Una buena tarde en Wat Phu.

De hecho fue una buena idea detenerse en este lugar olvidado de los circuitos turísticos. Es un lugar especialmente tranquilo, en el que parece que el tiempo se detuvo y te dan ganas de quedarte un poco más. En la última noche, en el mismo hostal habían un grupo de mochileros franceses, y nos pusimos a hablar y a compartir frutas y café (ya sé, no es una muy buena combinacion!). Y ahí entre historia e historia, uno se da cuenta de todo lo que el tiempo lo cambia a uno, de como las prioridades cambian en la vida, de como los ritmos se desaceleran, cambios... Todo cambia.

sábado, 23 de agosto de 2008

Mil islas, mil kilometros

La llegada a la frontera fue gracias a una impecable carretera, un día perfecto, sin un solo carro. Solo el sonido de los pajaros y los insectos se escuchaba por ahi, en esa nueva carretera del norte de Camboya. Lo chistoso es que cuando iba por la carretera, escuché a lo lejos un sonido, tipo el megaconocido reggaeton. En la mitad de la nada. No puede ser, pensé, hasta acá no puede haber llegado el virus. Efectivamente, el ritmo era reggaeton... pum pumpum pum pum... Reggaeton cambodiano! Pero no. Cuando llegué a la casucha donde estaba la fiesta improvisada, me di cuenta que eran un grupo de gente tomando cerveza (eran como las 9am) y cantando un reggaeton desconocido. En español. Me dió pena ajena, pero se les da puntos por el esfuerzo. Creo que si yo cantara un reggaeton en khmer, sería mas desastroso. Pero bueno, Daddy Yankee, revuélcate en tu tumba!!! Digo... en tu Hummer, o en tu Penthouse, o donde estés!

A la llegada a la frontera, te espera un puesto fronterizo lo más de particular. Al principio pensé que era una casucha de esas que venden agua y bebidas, una choza al lado de la carretera. Pero luego me di cuenta que había un par de buses y una barrera improvisada. Efectivamente, era la frontera. Éste es un puesto fronterizo que no mucha gente usa, porque la carretera es nuevisima y aún la gente no la conoce. No sale en las guías de viaje. Por eso su aspecto exterior. Pero no es sino darle unos años para que se convierta en todo lo que un paso fronterizo tiene: supermercados, casinos, prostíbulos. Pero hoy en día va hacia allá, como pirañas hay tipos que conducen buses piratas pescando a turistas ingenuos para que desocupen los contenidos de sus billeteras pagando el viaje en el único bus que hay ahi. A precios 50 veces más caros que la realidad... ugh!

Hasta en la frontera te quieren coger. Los tipos de Camboya luego de estamparte la visa, te piden 5 dólares. Luego, si les regateas, le bajan a 1. Como ya había pasado tiempo en Camboya, el tema es no ponerse bravo sino ponerse a bromear como ellos, a decir, si si, para tomarte una cerveza ahora, no? Y así te van bajando. En últimas como vieron que no tenía nada en mi bolso (que nunca tiene nada!) me dejaron pasar y me pidieron que volviera alguna vez a Camboya. Por que no... por que no....

Del lado de Laos, la misma situación. Solo que el puesto fronterizo da mas risa que el de Camboya. Un par de tipos dormidos sobre el escritorio esperaban a que el día terminara... E igual, estos tipos esperando por dinero. Que cinco dolares. No. Que tres. No. Que uno!! Que no tengo! Se pusieron medio reacios y me dejaron esperando un tiempo, hasta que al final me dejaron pasar con un 'welcome to Laos!'. No es el hecho de un solo dolar que están pidiendo, es el hecho que ellos no deberían estar pidiendo ese dinero teniendo uno la visa ya sacada y pagada en el consulado de Laos. Esos dolares que la gente deja no pagan sino la corrupción en los puestos de frontera, y tarde o temprano, cuando ya tienen el poder, podrán cobrar lo que les de la gana...

Pero bueno, nuevamente a la bici, otro país nuevo (mi país número 30!), otra aventura que está aguardando en la carretera!

La primera apariencia de Laos es de total silencio. Como en esa carretera de Camboya, en Laos no pasan autos. Es increible, el paraiso del ciclista. Solo se escuchan los sonidos de la selva, al lado de la carretera. Eventualmente pasa un songthaew o camión de pasajeros, o un esporádico y elegante bus de turismo. Eso si, los niños son tan psicóticos como en Laos. Todos te gritan «sabaideeeeeee!» cuando pasas, que puede significar "hola" o "como estas" o "estoy bien" o "que estes bien". Ah, que lindo, alguien que se emociona por ver a un empolvado extranjero pedalear por el frente de sus casas! Si alguien pasara al frente de mi casa, creo que no saldría corriendo a gritarles "quihubo hermano!!", pero bueno, no soy ni niño ni Lao...

Una piedra en el camino, me dijo que mi destino, era rodar y rodar... rodar y rodar... rodar y rodar... Literalmente! Decía que hasta Vientiane (la capital), eran algo así como mil kilómetros. Basicamente es recorrer Camboya desde el sur hasta el centro-norte. La cosa se pone bién! Pero mil kilómetros en bici es mucho... la cabeza se me hizo por un momento un nudo, tantas cosas pueden pasar en mil kilómetros... Pero de momento, es llegar a mi próximo destino, Si Phan Don o Mil Islas. Un paraiso en el Mekong, a unas decenas de kilómetros más allá.

Luego de unos kilómetros de pasar la frontera una minivan me pasó y casi me mata cuando bajaron la velocidad, y unas chicas me lanzaron de su interior una granada de fragmentación que casi destroza mi rueda delantera. Bueno no era una granada de fragmentación en realidad. Era una inocua botella de agua, pero que a altas velocidades tiene poderes destructivos! De cualquier manera estaba fría, y a la distancia les agradecí, mientra el carro se internaba más y más en Laos.

Efectivamente, llegué al embarcadero de Don Det luego de una mini odisea a través de una escondida desviación la cual casi pierdo, unos kilómetros de carretera polvorienta y destapada, y una serie de negociaciones para que nos llevaran a la isla (a Alma y a mi) por un precio justo. Porque claro, habiendo llegado solo no tengo poder de negociación. Es pagar el precio que ellos tienen, o te jodes. Eventualmente, un aleman que vive con su esposa de Laos me dijo que solo pagara por una persona y no por toda la barca como ellos querían, y que el mismo me llevaría a la isla. Y así fue como paso a paso, montado de lancha en lancha (la del aleman era la última), Alma y yo nos mojamos los pies en el Mekong del lao de Lao. El Alemán tenía unos bungalows tambien en la parte sur de la isla, y tenían casi el mismo precio que los demás sitios. Pero me enganchó a su sitio cuando me invitó a una cerveza Lao extragrande y extrafría en la única panadería de la isla, cuando ya habíamos llegado.

Y así que estaba de nuevo sobre el Mekong. Literalmente sobre el Mekong, porque el bungalow, o choza de paja que rentaba el tipo, estaba en unos pilotes sobre el río. Don Det. Un pueblo sin electricidad, sin acueducto, sin carros, sin motos, sin teléfonos, sin comunicaciones... sin problemas! Oh yeah! Un lugar para echarte en tu hamaca, y desatrasarte de los libros que no te has podido leer. De descansar merecidamente de todo este tema de conocer templos históricos y maravillosos, de conocer gente increíble, de ver puestas de sol únicas... Es una vida dura! Pero Internet es carísimo, porque la única manera de tenerlo acá es con una antena satelital y un ruidoso generador diesel de energía. Pero ahi, en el medio de la isla, me di cuenta que en realidad Internet hace del mundo la aldea global. No hay agua potable, pero hay internet, y te puedes enterar de lo que pasa al otro lado del mundo... Ah la tecnología.

Si Phan Don es la parte del mundo donde el Mekong es más ancho, aún más que en el delta del Mekong en Vietnam (que por cierto fue absurdamente grande). Acá, de orilla a orilla en temporada de lluvias, son unos 20 kilómetros. Se me ocurrió comprobar la veracidad del tipo que me decía eso haciendo un breve recorrido a nado. Pero no, mejor decidí creerle... En Don Det el Mekong se come todos los días los caminos, por el hecho de estar en temporadas altas. Así que Alma le tocó probar lo que es nadar en el Mekong, de aguas turbulentas y calientitas. También, aparte de echarte todo el día en tu hamaca, puedes ver los rápidos del Mekong, en una isla famosa por tener la cascada y rápidos más grandes del Mekong. De hecho se llama la cascada de la muerte, en Laos, porque si caes ahí, nunca más volverás a ver una puesta de sol. Y efectivamente, bajando venía un desafortunado búfalo que seguramente dio un paso en falso y trataba de mover su enorme cuerpo en el río. Pero los búfalos no son conocidos globalmente por ser unos nadadores con estilo y gracia. Así que todo su masivo cuerpo cayó en los rápidos y no se volvió a ver más. Solo más allá, a un centenar de metros se volvió a ver el bufalo. Un bulto enorme, color café, pesado y tristemente inerte.

Don Det, también es famosa por tener una panadería. Pero no es una panadería cualquiera. Construida y atendida por un tipo de Nueva Zelanda, tiene los brownies, pasteles de banano y coco y chocolata, doughnuts más deliciosas que he probado en el viaje. Caras, pero valen la pena. Me hicieron todo un adicto... O tal vez es que a punta de pho y de especialidades callejeras khmer (como arañas y sopa de sangre) han hecho que mis estándares de degustación de comida hayan bajado al punto de ser casi inexistentes. Pero el tema es que uno de los mejores puntos de Don Det es su panadería malditamente adictiva.

Luego de un par de días de completo relax, era hora de volver a la civilización. Una última visita a la panadería, y allí un par de chicas alemanas y totalmente desconocidas me hacen una pregunta insólita. Me preguntan si tengo de casualidad un sombrero. Eh... si. Y me preguntan si lo tengo grande. El sombrero. Si, claro. Y luego me explican y todo se hace claro cuando me dicen que ellas fueron las que me tiraron la botella de agua helada desde la minivan en la carretera. Y bueno, la parada técnica meramente de tipo desayuno se convirtió en una charla sobre viaje, común denominador por éstos lugares. Pero quedé con dos cosas muy importantes. Una, es que me contaron ella que querían ir a Vientiane también, pero que por la catástrofe de lluvias (catástrofe de lluvias?!?!?!??! no otra vez!!!) la carretera estaba impasables. Así que no habían ni buses ni nada. Y el servicio de aviones, claro, había duplicado el precio. O sea, no tan buenas noticias. Nuevamente los desastres naturales que han azotado de vez en cuando el viaje vienen a la mente: la helada de China, la explosion de protestas en Tibet, el ciclón en Myanmar... Pues bién, no me queda mas tiempo que tomármela bién suave, con la esperanza tal vez que cuando llegue al área devastada ya haya mejorado la condición. Bueno y la otra es que vieron mi adicción y tuvieron compasión al invitarme a mi dosis personal de pasteles de chocolate... Oh dios, bendícelas!

La próxima parada será Champasak, hogar de la antigua capital del norte del reino de Angkor, donde aún quedan las ruinas de Wat Pho Champasak, uno de los templos más sagrados de los Khmer en su época dorada.

Nuevamente a saludar a mis viejos amigos, las increíbles ruinas khmer de la época de Angkor! Oh yeah!