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viernes, 19 de septiembre de 2008

Tha Khaek

Antes de salir de Savan, llené las alforjas de khao ji pa te, o sandwichs de pan francés rellenos de paté, especialidad de Laos, que me recuerdan de una manera vaga a los banh mi thit gloriosos del sur de Vietnam. A unos 30 o 40kms después vi el seno más grande de mi vida, una diminuta ciudad orgullosamente llamada así. Más adelante, el cielo se empezó a oscurecer y detrás de mí empezaron a caer ruidosamente rayos, pero también un fuertísimo viento de cola empezó a soplar y me empujaba fuertísimo, dándome unos 10 o 15 km/h adicionales, lo que me ponía competitivo con las moticos y tractores que iban en la misma dirección. Aparte, el sentir que una tormenta te está lamiendo los talones te da motivación para empujar adelante y pedalear muchísimo más fuerte.

Pero luego de una hora de ese ritmo increíblemente rápido, eventualmente me agarró el agua y me tocó escampar en un pueblito X, en el 'concesionario' de venta de motocicletas KoLao, el nombre que Hyundai o Daewoo o alguna compañía Koreana tiene en Laos. Se ven por todas partes y son muy, pero muy baratas.

Y la tormenta nada que bajaba. Seguía lloviendo fuertísimo, sin intenciones al parecer de detenerse, y como la verdad no tenía intenciones de quedarme acampando en la mitad de la nada bajo una lluvia persistente, decidí seguir empujando hacia Tha Kaek, la siguiente ciudad de tamaño decente. No había más remedio que quitarse la camiseta, cubrir las alforjas NO resistentes al agua con bolsas de basura que hacen un improvisado impermeable y seguir bajo las fuertes pero refrescantes lluvias del monsón.

Ya entrada bién la noche llegué a Tha Kaek, hecho una sopa, mojado, cansado, pero satisfecho. De entrada me quedé en el Travel Lodge, una guesthouse lo más de acogedora que me recibió con una fogata en el medio y gente tocando guitarra y cantandole a la luna. Necesito pedir algo más? Me acordó vagamente de todas las noches en fincas, en las que a la luz del fuego nos mirabamos las caras y las almas. Y como no, de las noches de Luna Bohemia en la U, tan lejanas. El tiempo pasa, pasa.

En fin. Había un dormitorio como de 10 camas totalmente vacío, pero al rato llegó un canadiense que recién llegó y decidimos compartir una habitación que salía lo mismo que el dormitorio, pero muchísimo más segura, porque el dorm no tenía manera de ponerle seguro. Yo estaba virtualmente destrozado por el viaje y el esfuerzo de estar peleando con la tormenta, pero igual decidimos salir a dar una vuelta al centro a comer algo, a ver el Mekong y a la iluminada Tailandia del otro lado. El hombre comió su comida super western y yo mi comida super local, recién pescada y a menos de un dólar. Me imagino que en el comienzo del viaje ni me atrevería a comer algo así, pero a estas alturas del partido lo que no me mata me vuelve más fuerte (literalmente).

Y estando en esas, nos encontramos con la chica que es duena del hotel en el que nos estabamos quedando y nos invito a rumbear, estilo Laos. La idea es que primero uno se entona con unas cervecillas y cantando karaoke thai (ugh!) y luego cuando ya los motores ya estan prendidos, se cruza la calle y se monta uno en un barco enorme llamado "Smile Bar" que está sobre el Mekong a un tiro de piedra de Tailandia. Y ahi la rumba si se pone pesada, empiezan a llover del cielo las cervezas con hielo (doble ugh!) y los ríos imparables de Lao Lao.

Al otro día con un dolor de cabeza cortesía obviamente de la obra y gracia del espiritu santo (no, el alcohol de dudosa procedencia no tiene NADA que ver ahí), rentamos una moto para conocer las tierras cercanas, famosas por sus cavernas, cascadas, e increíbles formaciones de karst. Pero lo mejor fué la caverna de los Budas, una caverna que fué descubierta por casualidad hace apenas un par de a~os por un tipo que buscaba murcielagos para poner en el plato del almuerzo (si, en Laos se comen todo lo que se mueva). No encontró murciélagos, pero lo que encontró fue una hermosa caverna escondida en lo alto de una montana inaccesible llena de esculturas y figuras de Buda con mas de 1,500 a~os de antigüedad! Lo más alucinante es que el lugar lo dejaron tal como estaba antes, así que se respira en el ambiente de la caverna una sensación rara, sobrecogedora, como si el tiempo se hubiera quedado congelado y no muchas cosas hubieran pasado en ese sitio en el último milenio y medio. Y claro, el tipo que la descubrió se volvió una especie de celebridad en el JetSet local, por traer los dólares turistas a esa región olvidada, que tantos los necesita...

En el recorrido también pasamos por el Tha Falang, un balneario que usaban los franceses en su época de colonia lo más de bonito, también la cueva del elefante (llamada así porque alguna persona con un poco de alucinógenos en la sangre se imaginó que tenía algún parecido con un elefante), y otras cavernas a las que no pudimos entrar por el hecho que estaban inundadas cortesía de la temporada de lluvias. Las mismas lluvias que como siempre volvían las carreteras nada, las dejaban tan destrozadas como yo por esos momentos.

Por eso cuando llegué de vuelta al guesthouse la ducha, y la cama, fueron una bendición. Ni ganas me dieron de salir a la fogata, a pasar la noche con el canadiense, unos japoneses y una inglesilla que llegó esa misma noche.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Bolaven Plateau, Laos (2)

La primera parte la encuentras acá.

En donde íbamos? Ah si, en Tad Faek. En esa cascada en particular dicen que hay unos peces que tienen dientes afiladísimos y por alguna razón oscura muerden con una impresionante precisión el organo que diferencia los hombres de los mujeres, cortando de raíz futuras noches sin sueño, por lo que no me animé mucho a nadar... Me quedé en el mirador y de la nada apareció una señora culebra enorme, que no le importó mucho al parecer que estuviera ahí. Si yo hubiera nacido en Laos, muy seguramente la habría visto con ojos hambrientos, mirándola como la suculenta cena de la noche. Pero como no soy ni de Laos ni cazador, no me llamó mucho la atención quedarme hablando con ella, así que al rato salimos hacia Nam Tok Katamtok, una de las cascadas más grandes de Asia y la segunda, después de Tad Fane que visitaríamos eventualmente.

El tema es que nuevamente había llovido a cántaros y la carrtera estaba impasable aparentemente por un río que no tenía puente. Algo que superaba las capacidades de la querida 115cc China que nos transportaba a sus espaldas. Pero bueno, nada que hacer, así es el monsón. Entonces como plan B, nos tocó devolvernos a Sekong y de ahí a Paksong, la ciudad más importante de la región y la principal (o única?) productora de café. Encontramos un holandés que tenía un lugarcito que vendía café recogido y tostado en el mismo día que se tomaba. Nos invitó a pasar a tomarnos un tinto recién hecho y tengo que decir que compite con el café de mi amada Colombia! Suave, buen aroma, buen gusto... Ah! Me sentí en casa con ese café recién tostado. Para los que estén perdidos por Paksong y se quieran dar una vuelta por la región cafetera, o simplemente tomarse un buen café, hacer click acá para ir al sitio del holandés.

Luego de la parada técnica y llenar el tanque, seguimos a Tad Niang, unas cascadas gemelas, grandotas, ruidosísimas. Lo bueno es que puedes arrancar desde la parte de arriba y hacer un minitrek hasta la caída como tal, donde el que puede, vence el ruído y el miedo de irse de cara en el suelo, para llegar a la base y ensordecerse, y mojarse, y quedar boquiabierto por el poder de la naturaleza... lo de empaparse es literal, porque el viento te golpea con tanta furia, que tan solo pasados apenas unos instantes terminas como si te hubieras metido a nadar al río con ropa y todo.

Al rato, no quedaba otra entonces que usando el krama como toalla, quitarse toda la ropa y colgarla un rato al sol para que se seque. Luego de eso, nuevamente sobre la moto para comerme los pocos kilómetros que nos separaban de Tad Fane, una cascada escondida en la selva profunda, la más grande de Laos y casi del Sureste Asiático. Por caminos destrozados, y bajo una lluvia que previsiblemente reapareció, la moto sufría por llegar y si ella hablara, muy seguramente me estaría echando la madre y parecidas, recordandome que ella no había nacido para éstos trotes. Pero entre quejidos y gruñidos mecánicos, llegamos a un hotelito que quedaba al frente de esa inmensa caída, con su eterno rugir, metida en el centro de la más densa manigua, como sacada de la escenografía de Jurassik Park (la uno!). Ante semejante vista, más que cualquier palabra lo que uno hace es abrir los ojos y también, como un imbécil, abrir la boca sin decir nada.

Había leído en alguna parte que se podía bajar a la base de Tad Fane, haciendo una caminata de algunas horas entre la selva. Motivado entonces por la vista, arrancamos camino abajo con unos alemanes y holandesas que tenían el kit completo de Indiana Jones: sombrero de safari africano, botas para hiking alpino, pantalones a prueba de agua y misiles transcontinentales, camisetas camufladas, morrales ultralivianos con depósito de agua... en fin, basicamente creo que pagaron por el disfraz de aventurero lo equivalente a lo que pagaría yo por seis meses de viaje (y tal vez más!). En últimas, me miraban tan raro a mi como yo a ellos... porque supongo que sería blasfemia retar la selva en el estado que estaba yo: sandalias, pantalones sucios y una camiseta cualquiera, completamente empapada. Uno de ellos, el mismísimo Indiana Jones en calzoncillos tomó la delantera porque según comentaba repetidas veces, tenía experiencia en selvas y arrancamos entonces en una organizada fila india el camino resbaladizo, monte abajo. Y empieza cristo a padecer... Cada cinco pasos se detenían a mirar la brújula y su mapa (!!!????), momento apropiado para que alguna de las chicas se resbalara y fuera a limpiar el suelo con su trasero cubierto con Goretex. Los demás nerviosos miraban por todas partes y se echaban repelente de mosquitos. Luego seguimos hasta que uno de ellos se sintiera cansado, o se fuera a besar el piso, o el gran líder consultara con su gran sabiduría y le hiciera preguntas al espiritu de la selva.

Paso a paso, bajando, agarrándonos de lianas, troncos caídos, ramas, lo que fuera... a paso tortuosamente lento. Tenía que aguantarme el ritmo porque solo había un camino estrecho de bajada por el que solo cabía una persona. El grupo se iba estresando porque era la terrible selva, y estaban esperando a que llegara la terrible anaconda por ellos y se los llevara en sus terribles fauces. La verdad es que bueno, sí era selva, pero nada fuera de lo común, no había que sacar machete para abrir camino, ni tirarse en rappel sobre cuerdas para descender. Es la misma selva en la que jugaba de niño en el colegio, pero Lao-style. Pero claro, para ellos era LA selva, un sueño, acostumbrados ya a las sociedades esterilizadas y desinfectadas de occidente, donde las selvas y los bosques son sepultados por toneladas de concreto y acero inoxidable que se convierten a su vez en autopistas, multifamiliares y prisiones corporativas de decenas de pisos.

Para seguir con el tema y no desvariar más, el cuento va a que llegamos a un camino con matorrales y bastante empinado, un poco difícil de bajar. El tipo consultaba seriamente con su brújula (aunque la cascada se veía AHI, de frente!) hasta que hubo motín en el grupo de boy scouts improvisados: estaban cansados, el camino de adelante estaba imposible, y la verdad, según uno de ellos, no valía la pena por ver agua cayendo. Le dije a Indiana que si quería yo pasaba y miraba si era posible el camino, y en su inmensa sabiduría me lo permitió. Me dieron paso y el camino efectivamente seguía un poco más difícil, pero ahi estaba. Me devolví y le comenté al tipo que no había rollo, pero ya estaban súper paranoicos y decidieron volver. Yo preferí seguir adelante, porque ya estaba ahí, y bajando rapidito llegué eventualmente al mirador, donde se veía la furia de la naturaleza, el poder, la belleza, lo insignificante que es uno en comparación de la naturaleza, del planeta... Y si, ahí abajo con frío y casi perdido, sentí que todo, todo valió la pena, todo el viaje, todas las caídas, los altibajos, los percances, todo valió la pena por ver ésa, ésta agua cayendo.

De vuelta la subida estaba más difícil, porque estaba lloviendo más fuerte. Arriba, uno de los empleados me preguntó intresado en si había estado abajo, porque resulta que en temporada de lluvias solo se podía bajar con guía, por lo jodido del camino... A buena hora me contó!!!

Y bueno, nada... hora de volver a Pakse, a la civilización, luego de éstos días de contacto increíble con la naturaleza y su fuerza. Y para cerrar con broche de oro, al llegar me dí uno de esos lujos que no tenía desde hacía muchos meses... Pizza!!!!!!!!!!

domingo, 7 de septiembre de 2008

Bolaven Plateau, Laos (1)

La carretera hacia el plateau empieza bién, pronostica un buen tiempo. A unos 20kms de Pakse está Tad Paxuan, una cascada pintoresca, en forma de cuadro (o cubo), muy bién conservada. Curiosamente había una oficina móvil de la embajada de Tailandia dando visas el mismo día, pero como yo no tenía ni idea, no había sacado fotos ni nada para sacarla... Me hubiera ahorrado un par de días, pero bueno... Que se va a hacer!! En Tad Paxuan hay una aldea de esas animistas y la gente se puede quedar en un homestay ahí. Lo chistoso, es que hay letreros por todas partes que indican que tener sexo sin consentimiento de los ancianos que lideran la aldea, tiene como consecuencia una penalidad avaluada en un búfalo... porque la gente cree que los espíritus que habitan por ahí se molestan cuando extraños e invitados a la aldea se pasan de íntimos. Así que ojo, si van a Tad Paxuam, castidad porque o si no el búfalo se gana la lotería sin comprarla... En esa aldea cercana a la cascada y en el medio de la selva, los mosquitos del tamaño de una pelota de tennis te acribillan permanentemente, lo que hace que te tengás que cubrir de pies a cabeza con repelente de insectos... Que termina uno oliendo a planta química, pero al menos sirve de algo...

De ahí el camino sigue hacia Tad Lo, un pueblito incrustado en las montañas de unas 10 casas. Alrededor está lleno de rios y cascadas, enmarcadas en un paisaje hermoso. Esas noches dormimos en una choza al lado del río, sin luz, sin electricidad, solo escuchando el agua del río pasar y los sonidos alejados de las cascadas, enmudecidos a veces por el viento que sacudía suavecito las hojas. Por la mañanas, no son los gallos los que despiertan a la gente, sino las vacas que muerden las paredes de hojas secas de la choza... no es un material muy duradero al parecer, pero barato si es. Pero la despertada temprano estuvo bién, porque el tema era buscar una cascada en la cima de la montaña. Lo difícil era que llovía a cantaros y la carretera destapada estaba hecha un desastre. La moto no estaba muy contenta que digamos, peleaba contra el pantano, perdía el equilibrio y trataba de seguir adelante... pero eventualmente el arma china de destrucción masiva logró pasar la prueba en una sola pieza.

Y en realidad valió la pena, porque nos esperaba una cascada altísima con una piscina de aguas clarisimas en la cima, perfectas para bañarse uno. El paisaje, incambiable. A lo lejos se veían las aldeas que invadían la planicie. Había un campamento ahí en la cima, que sirve como refugio de la lluvia y del frío, sobre la cascada, viendo como un sol lucha por aparecer aún detrás de las nubes...

Al otro día, le llegaba la hora a Thateng, a 30 kilómetros de carretera destapada y jodidamente peligrosa en moto, subiendo hacia la meseta. Barro por todas partes, con rocas puntiagudas que amenazaban la seguridad de las llantas de dudosa calidad de la moto rentada. Pero al parecer que el panteón de dioses de Laos tuvo compasión conmigo y no pasó absolutamente nada. En el camino habían regadas aquí y allá aldeas, y lo interesante es que muchas casas tenían ataúdes debajo de las casas, ataúdes vacíos, que luego nos explicaron para que servían. En todo caso, la que si necesito ataúd fue una gallina escuálida e inepta que salió de la nada directamente hacia la moto que venía imparable... y claro, aunque traté de esquivarla nada que hacer, le di con el carenaje (que sufrió estragos) y la convertí precipitadamente en la cena de la noche. Lo siento aldeano y gallina... pero fue sin querer queriendo.

Eventualmente el camino mejora y nos lleva a Sekong donde pasamos la noche en un guesthouse que en realidad era un centro de educación para la malaria y el dinero que uno pagaba por la noche se iba con ese fin. Lo cual está bien. De ahi nos metimos a la selva una vez mas para visitar las cascadas de Tad Feak y de Tad Huai Khon, y se empieza a despertar el sentimiento de que estoy entrando en una sobredosis de cascadas... Pero a eso fue que habia venido, asi que cero estrés como de costumbre. El camino estuvo francamente peor que los días anteriores porque estaba destapado como de costumbre, pero era de poquísimo uso por lo que la carretera se la comían por partes los ríos desbordados, alimentados por las lluvias del monsón. Además que por una de esas bifurcaciones imperceptibles me perdí, pero afortunadamente un cazador completamente equipado con su rifle artesanal y unas aves colgándole de la espalda me indicó la ruta correcta... Y estuve de buenas, porque o si no quién sabe donde estaría...

sábado, 30 de agosto de 2008

Pakse

Llamada la capital de facto del ecoturismo en Laos, Pakse es una de los cuarteles generales de mochileros y turistas de todo tipo en Laos. Las calles principales de la ciudad están bombardeadas de hoteles, hostales con dormitorios, comida falang (incluyendo pizza!). Tiene hasta un super mercado! Mejor dicho, la comodidad había llegado temporalmente a mi vida! En últimas me quedé en el hotel más barato que quedaba en el cuarto piso sobre un restaurante indio (de la India, no de los pielrojas). El cuarto resultó más bién miserable, pero estaba bién barato y lo mejor era la comida del restaurante... currys, chapattis, masala, raitas... practicamente lo que me ahorre en alojamiento me lo gasté en restaurante, pero es que en realidad la comida india, bién hecha, es gloriosa.


En la ciudad de Pakse propiamente dicho, no hay mucho que ver o hacer: un par de templos, un edificio de estilo chino, tal vez algo de compras para reabastecer. La razón de estar en Pakse es por su cercanía al Bolaven Plateau, o a la meseta de Bolaven, gamosa por ser casa de increíbles montañas en la selva, que albergan cascadas bellísimas, incontables aldeas de minorías étnicas, ríos, el mejor café de Laos (!) y las peores carreteras del sur del país.

El recorrido a través de la meseta suma algo más de 500 kilómetros, algo así como 5 días bién llevados en bici. Pero como el tiempo no sobraba en la visa de Laos, decidimos rentar una moto, ponerme el casco y de nuevo volver a la carretera sobre dos ruedas por unos días, ésta vez, motorizado.

lunes, 14 de julio de 2008

Ho Chi Minh City, última parada en Vietnam

Es maratónico tratar de desatrasar el blog, sobretodo porque tantísimas cosas han pasado en las semanas que han pasado desde que salí de Vietnam... Pero bueno, con un poco de paciencia y otro poco de buena memoria, trataré de terminar y actualizar con las últimas noticias de Camboya.

A Ho Chi Minh City (o Saigon) nos tocó ir de rapidez, porque los días para que mi visa expirara estaban contados. Ésta es una enormísima ciudad con más de 7 millones de habitantes, antigua capital de Vietnam del Sur, bastión de Estados Unidos en la tristemente famosa guerra de Vietnam (o Guerra Americana, para los Vietnamitas). Es una ciudad caótica, increíblemente caótica, porque existen circulando casi cuatro millones de motocicletas... Es decir, de dos habitantes de Saigon (contando ancianos y niños), uno tiene motocicleta. Así que es tal vez es fácil imaginarse la congestión vehicular en las calles cuando es hora pico, peor aún teniendo en cuenta que en Vietnam las reglas de tráfico son inexistentes y los semáforos se construyeron para decoración unicamente... Y así, en medio de esa tormenta de pitos y ruidos de motores por doquier, entré a Saigon. Si había pensado alguna vez por allá en Danang que manejar moto en Vietnam era realmente suicidio, tenía que pensar nuevamente: Manejar bicicleta en Saigon es realmente lo más cercano a sobredosis de adrenalina que he sentido. Pero como siempre, uno se termina acostumbrando a absolutamente cualquier cosa... para eso es particularmente buena nuestra especie, los animales de costumbre que somos los seres humanos.

La ciudad de Saigon está llena de museos y sitios que comparten un tema recurrente: la guerra de los 70's. Como ya estaba en las últimas en Vietnam, y luego de visitar tantos otros museos similares en el norte, en ese aspecto en particular no se centró mi visita en Ho Chi Minh City. Más bién, fue dejarse llevar por la energía de la ciudad, por ese carisma de los callejones pequeños, por la vibra de la gente.

Y también confieso, que lo mejor de Saigon es algo compuesto por tres palabras: Banh Mi Thit. Son los mejores 8,000 Dong invertidos en Vietnam (algo así como medio dolar)... El famoso Banh Mi Thit no es más que un sublime sanduche de pan francés con paté, jamón y una cantidad de vegetales salteados... Acostumbrado como estaba al eterno y omnipresente pho, este cambio fue caído del cielo. El secreto de éste humilde sandwich vietnamita es que el pan francés es realmente sublime, con el punto exacto. Diría yo que es una de las pocas cosas positivas que quedó en Vietnam luego de la invasión francesa unos años atrás.

En Saigon también aproveché para hacer el famoso tour por el delta del Mekong, porque no me alcanzaba el tiempo para hacer la visita en bicicleta... Y aunque los lugares visitados fueron bastante bonitos y pintorescos, el hecho de andar en un tour te hace sentir como si te transportaran en un rebaño... Comer acá, caminar doscientos metros por acá, mirar a la señora que pinta, tocar el árbol tradicional, etc. etc. etc. Y por supuesto, no se les ocurra caminar por su propia cuenta!!!!! Ugh, detesto los tours organizados...

Pero no hubo tiempo para remordimiento, porque había llegado el último de mi visa!!! Y como buen latino que se respete, no había preparado nada, no sabía a donde ir, no tenía ningún plan. Dejando todo para última hora como diría mi santa madre!!!!

jueves, 10 de julio de 2008

Danang y Hoi An

Pasar el fin de semana en Hoi An no era una idea para nada mala. El único tema pendiente eran la logística con las bicicletas, porque si íbamos a Hoi An teníamos que devolvernos nuevamente a Danang (una ciudad para nada memorable) y continuar camino otra vez al sur, haciendo tres veces el mismo recorrido. Salomónicamente, cambiar de transporte por algo motorizado y decidimos rentar unas motos por unos días. En el hotel de Danang (que por cierto es de lo mediocre que hay), rentamos las poderosas Honda Dream a solo 6 dólares por día y con algo de equipaje salimos rumbo a Hoi An.

Tengo que confesar que el hecho de viajar a más del doble de velocidad que en la bici y sin esfuerzo alguno, hace que te aparezca una espinita de inconformidad, como si se requiriera mucho más esfuerzo para lograr lo mismo. Pero ésta miserable espinita murió al instante, por el solo hecho que en la bici no tenés que echarle gasolina, no hace ruido, y la única cosa que te lleva por el mundo son tus piernas, vos mismo sos el que viajás sin necesidad de complejos aparatos mecánicos ni contaminación. Estás cerca de la gente, del paisaje, del camino, ese camino que suena a unos cuantos centímetros mas abajo de tus pies. Y para rematar, las posibilidades de que uno se mate en la bicicleta son muchísimo, muchísimo menores que en la moto.

De paso hacia Hoi An, paramos en las montañas de mármol que son unos montecitos tipo karst llenos de pagodas y templos. Aunque en China vi muchísimas montañas de este estilo, una cosa que me pareció increíble fueron los templos llenos de incienso que estaban tallados dentro de las cavernas, utilizados aún hoy en día por los monjes que viven en el monasterio de la montaña.

Llegamos a Hoi An entrando la noche, pasando por una escuelita en la que estaban practicando el arte marcial de Vietnam, que aun no se el nombre. Lo interesante es que el entrenador era totalmente vieja guardia que con un palo golpeaba durísimo a los estudiantes que no eran capaces de hacer el ejercicio que les tocaba...

Los hoteles de Hoi An varían de ser increiblemente lujosos, a simples hotelitos de mochileros. Obviamente, a ese último rango fue al que le apuntamos, pero estuvo muy bién, cumplió con la regla de las tres B's: bueno bonito y barato. La comida tiende a ser carísima en los restaurantes que dan al río, pero nos encontramos con una joya que se llama Café 47 (o algo así) que por un par de dólares por persona te dá la mejor comida que probé en Vietnam... Tanto así, que ese lugarcito, atendido por sus dueños increíblemente buena gente, se convirtió en casi sitio de peregrinación todas las noches.

Hoi An, es otro lugar declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Es una ciudad pequeña, pintoresca, muy cercana al mar. Pero aunque está llena de casas históricas y monumentos interesantes, mi humilde opinión es que no puede competir con otros sitios también declarados patrimonio... Es una ciudad, cargada de contenido histórico, pero no te va a cambiar la perspectiva del mundo. Nuevamente, esa fue mi humildísima opinión.

Pero igual, la pasamos muy bién entre playas espectaculares y cálidas y sitios llenos de la historia de vietnam. Sería descarado quejarse!