Mostrando entradas con la etiqueta budismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta budismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de julio de 2009

En busca de la iluminación

Escribo ésto desde el estado de Bihar, uno de los más pobres y menos desarrollados de India, y que subsiste en un 85% de la agricultura. Pero el nombre del estado, Bihar, viene del idioma sánskrito antiguo que significa "Templo" (palabra en común para los idiomas Thai, Lao y Khmer!). Es increíble porque es cuna de una de las repúblicas más antiguas como Vessali, y también hogar de una de las universidades más antiguas que fué Nalanda. En el sur de Nepal, y en ésta región en particular, fue donde nació, floreció y tuvo su época dorada el Budismo. Y el famosísimo Kama Sutra también tuvo sus raíces por acá. El rey Ashok, el rey más respetado y admirado en todala historia de India, fue desde acá donde puso particular énfasis a su reinadoo y se proclamó estudiante y seguidor de las enseñanzas de Siddharta Gotama.

Justo en Bodh Gaya fué donde dicen que Siddharta alcanzó el conocimiento y la iluminación absoluta y es por ello que es uno de los sitios más importantes para el Budismo. Es tal vez el lugar mas importante de peregrinacion para los budistas en todo el mundo y acá se levantan templos budistas de todas las esquinas del globo, con sus diferentes estilos: templos de Nepal, Tibet, Thailandia, Bhutan, Myanmar, Bangladesh, Japon, China, Korea, Taiwan... en fin.

De hecho en Bodh Gaya, el Dalai Lama pasa varios meses en el año en la época de "invierno" Indio. Es un lugar de inmensso respeto, se respira un ambiente de paz y tranquilidad en sus parques y templos. En cualquier rincón hay monjes de todas las tradiciones debajo de árboles o en pabellones a la sombra que buscan, como Siddharta, esa iluminación tan esquiva, ese gusto de libertad que es el elusivo Nirvana.

Pero aparte de aquellos devotos que meditan en silencio aquí y allá, también están los hinduístas que han incorporado a Siddharta, al Buda, como un dios más en su panteón. Y llegan también por decenas en ondas de ruidosa peregrinación, besando (y lamiendo!) el sendero donde Siddharta meditaba, o el lugar donde meditó por varios días debajo del árbol de Bodhi.

Es un lugar tranquilo y apacible, y lo es aún más en temporada baja. Esas noches me quedé hospedado en el monasterio butanés, dejándome llenar del ambiente, y tratando de recordar lo vacío que es el apegarse a las cosas, siempre tan impermanentes, tan incontrolables, tan insatisfactorias. Viendo a través de las ventanas de mi mismo que la vida no es sino una ilusión, que pasa rapidito...

Hace muchos años, cuando aún estaba en el colegio, me maravillaba por la historia de ese príncipe que dejó su castillo, su familia, su riqueza y su harem por perseguir la búsqueda espiritual donde fuera que sea que estuviera. Leía en los libros de historia esos relatos, y me maravillaba particularmente con la historia de su iluminación debajo del árbol.

Y estando justo debajo de ese mismo árbol, más de 2,500 años más tarde, hizo que algo hiciera click y me estremeciera. Ese mismo algo que me dice que en el mundo no hay tal cosa como las casualidades.

Gracias profe, gracias Siddharta.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Festival de That Luang

El festival de That Luang como contaba antes es uno de los más importantes de Laos. Ocurre en el día de luna llena de Octubre y tiene duración de tres días, aunque la ciudad está de fiesta durante toda la semana. That Luang, es la stupa más grande e importante de Laos y es verdaderamente increíble porque está cubierta en su totalidad con una capa de oro. Es importante además porque dicen que en su interior está protegida una de las preciosas reliquias de Buda, lo que la convierte en un objeto de devoción particularmente único. Tanto, que está en el sello del país, en los billetes y monedas de todas las denominaciones, en el escudo de armas.

Numerosas personas acuden a Vientiane de todas partes de Laos, incluyendo monjes que incluso llegan desde otros países a unirse a la celebración. En la mañana, cientos, miles de monjes se congregan alrededor de That Luang y una cantidad más grande de devotos acude, vestidos con las prendas tradicionales del país, a hacer ofrendas a los monjes. Se hacen filas por todas partes, en las que la gente ofrece comida, vestidos, medicamentos, y hasta dinero a los monjes. Todos aguantan el sol caliente, y las eternas filas y muchedumbres porque creen fielmente en que ofrecer y dar en éste día tan auspicioso les generaría un karma positivo, ya sea en ésta o en otras vidas siguientes. El 95% de la población de Laos es fiel creyente en el Budismo, y una de las enseñanzas principales de ésta religión, es el desprendimiento de los bienes terrenales, la compasión, y la ley del karma, la versión oriental de la archireconocida ley física de la causa y efecto, de la acción y reacción.

En el festival, también se ven los contradictorios rituales de liberación de aves y peces, en los que los fieles compran aves y peces que están en cautiverio, solamente para liberarlos después como un acto de compasión hacia los animales. Y compasión también hacia los comerciantes que aprovechan esa oportunidad y se hacen su Agosto, porque una jaula llena de aves cuesta alrededor de 10 dólares, un precio bastante alto para una economía en crecimiento como es la de Laos.

Luego que la mañana pasa, y los monjes arrastran con dificultad los sacos enormes llenos de comida y otras ofrendas, los alrededores de That Luang son limpiados y arreglados para un evento deportivo, una particular variación de hockey sobre hierba, en la que dos equipos juegan dotados únicamente de unas varas largas de bambú. Un equipo representa la administración pública, y el otro representa la gente. Y obvio, se espera que siempre gane el pueblo, pero hoy en día la competencia es más por el espectáculo y cualquiera de los dos puede ganar si hace un jogo bonito.

Y como toda buena feria, una cantidad de puestos de comidas, de juegos de feria y de baratijas rodea también a That Luang, para la alegría de muchas personas a las que ésta festividad es el único evento que rompe la monotonía de sus trabajos de siete días por semana (si, muchos Laosianos trabajan continuamente TODA la semana). Grupos de amigos hablan ruidosamente, niños siguen a sus padres con las manos llenas de dulces y globos, las parejas de enamorados se esconden de las luces y de los curiosos en los rincones más alejados del parque. Son festividades, y la gente lleva una sonrisa contagiosa en los labios.

Cuando cae la noche, los puestos de comidas rápidas comienzan a trabajar de verdad, y detrás de los woks en los que saltean carnes y vegetales de todos los colores, los cocineros también andan risueños, atentos a preparar lo que los clientes quieran. El ambiente huele a dulce, a incienso, a gente y a pólvora. Los altoparlantes comienzan a disparar música pop y competir los unos con los otros. Y lo más curioso, es que una de esas canciones en Lao que se escuchaba, tenía todo el son y el sabor de salsa, de la misma que se escucha al otro lado del planeta, en mis tierras caribeñas.
Pero el festival religioso no termina acá. Cientos de monjes y laicos empiezan a poner y a encender miles de velas alrededor de la stupa de That Luang, dándole una luz y un aire místico, espectacular. Fieles con velas hacen filas para también ellos hacer su ofrenda y encender otra luz más, cerca del monumento.

Con la luz de las miles de velas encendidas, el resplandor de la superficie de oro de la stupa, y la luz plateada de la luna, se puede perder uno en esa imágen, ese momento. Quedarse boquiabierto y sin palabras, en esa postal de Laos que tan pocas veces es vista.

...y olvidarse también que tampoco para ésta noche tiene uno donde quedarse porque los hoteles siguieron llenos. Pero nuevamente tuve suerte, y en un restaurante del centro el dueño tuvo piedad de mí y me invitó a pasar la noche dentro, durmiendo sobre unas sillas que eran algo más cómodas que mi hamaca, que por ésta noche pasaría la noche también, dentro de mis alforjas.
Que bién se siente estar vivo, vivo y bajo un techo, en Laos, en la adormecida ciudad de Vientiane.

lunes, 24 de noviembre de 2008

De nuevo saltando el Mekong

Los meses en Tailandia pasaron rápidamente. Como me suele ocurrir en éste tipo de cosas, terminé pasando más tiempo del pensado en ese lugar. Como China, en el que me quería quedar uno o dos meses, y terminé pasando la mayor parte de un año.

Es que llega un momento en tu vida en el que aprendés a la fuerza a tomártela más lentamente. A dejar las prisas y los afanes, a que el mejor plan es no tener plan alguno. A aprender del presente y del momento en el que estás, no a escaparte en el futuro, en el pasado. A vivir lo que sea que te está pasando en el momento. Y eso está bien.

Pero desafortunadamente, las reglas de inmigración y las complicaciones burocráticas, hijos bobos de aquellos personajes que se inventaron fronteras y bordes y límites como conejos sacados del sombrero, a menudo lo obligan a uno a llenarse de papeles y trámites que son tan innecesarios como absurdos. En éste caso, estaba obligado a salir del país hacia Laos, unos 30 km al otro lado del Mekong y aplicar para otra visa y volver. Mi as bajo la manga era en una carta firmada del monasterio donde estaba quedándome, en el que me daban patrocinio para seguir estudiando meditación en Tailandia, para que así sacara la visa de estudiante, que me permitía quedarme más tiempo en Tailandia.

Y bueno, nuevamente el ritual de la empacada y las despedidas. Un poco de mantenimiento a Alma que estaba sumida en ese perezoso letargo que le dejó la inactividad en éstos últimos dos meses, y ya estábamos listos para el camino, en un día radiante, limpio, tranquilo. Y así empezamos a rodar ya bastante entrada la tarde, hacia Vientiane, Laos.

Los trámites en inmigración fueron un paseo por el parque. La visa para los Colombianos y muchísimos otros países, al igual que en Camboya, te la entregan al llegar pagando 30 dólares. Lo increíble es que el oficial de inmigración que atendía el puesto, cuando se dio cuenta que yo era de América del Sur me empezó a hablar con un español perfecto, con un leve acento caribeño, supongo porque siendo Laos un país comunista, tuvo profesores de español venidos de Cuba. Y bueno, también aprendió la actitud caribeña, porque se puso conversador a preguntarme sobre mi viaje, sobre la vida en el país, sobre como me parecía Laos, etc. Y no le importó mucho que hubiera una fila larga detrás de mi, me imagino que fue por el hecho de que no todos los días ve gente que habla español, y mucho menos de ese país olvidado que es del donde yo vengo. Al rato, me devolvió el pasaporte sellado y listo para el viaje, y me despachó deseándome la mejor de las suertes y una inolvidable estadía en su país. El tipo se ganó el puesto de ser el funcionario de inmigración más buena gente que me he topado en la vida.

Alma se empezó a devorar rápidamente los kilómetros que aún nos separaban de Vientiane, supongo porque estaba contenta de sentir el viento en la cara y de estirar los músculos con ganas. Conociéndola como es ella, estoy seguro que estaba alegre, animada, plena. Y en cuestión de una hora, cuando el sol estaba cayendo, estábamos llegando a las afueras de la capital. Pero algo estaba diferente. La somnolienta y tranquila Vientiane, estaba ésta noche llena de actividad. Tuk-tuks y sawngthaews (camiones de pasajeros) por todas partes cargados de gente y monjes, música y algarabía en las calles, La gente saludaba más que de costumbre, y esperando en un semáforo, un tipo en una moto al lado me explicó que era por el festival anual de That Luang, la festividad religiosa más importante de Vientiane y, junto con el nuevo año, la más celebrada de Laos.

Las calles estaban repletas, no había en realidad por donde pasar sin que no hubiera una masa de personas. Fuegos artificiales inundaban esporádicamente el cielo. La fiesta se sentía, se respiraba.

Y claro, no era sino darse una vuelta por el barrio donde se concentran la mayoría de hoteles baratos de la ciudad para darse cuenta de que había muchisima gente ahí también. Hotelito trás hotelito, todos tenían el cartel que uno no quiere ver cuando la noche está entrada y uno quiere una ducha y una cama: “Hotel Full”, “No Vacancy”, o “Come back tomorrow”. Todos, todos los hoteles y guesthouse de Vientiane al parecer estaban a reventar. Tanto, que las personas que estaban en habitaciones individuales, se les pedía que compartieran con otros viajeros sin lugar donde pasar la noche. Pero eso había sido durante el día, y ahora no había lugar ni donde poner un arroz parado.

Aunque dormir bajo las estrellas en las ciudades grandes no es una idea que me seduzca mucho que digamos, en ésta oportunidad me tocó, así que encontré un monasterio con arbolitos cómodos, colgué mi hamaca, amarré la bici, y me entregué a ese sueño tranquilo y pesado que llega después de un día de cruzar fronteras y comer kilómetros

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cierre

Como me imagino que se dan cuenta, muchas de éstas historias están un poco viejitas y me ha tocado sacarlas del diario que no me desampara ni de noche ni de día. Y ésta, la fabrico como una colcha de retazos con pedacitos de entradas de diario y de emails mandados.

Por éstos días, ando bien de salud, fisica y mental. De hecho creo que sigo subiendo aunque la exigente dieta del día a día... la comida es muy rica. Hoy es mi segunda salida en casi dos meses y aprovecho entonces para escribir.

Que contar. Muchísimas cosas han pasado (cosas interiores), muchos cambios, nada se queda igual. Aprendizaje quisiera decir que he tenido, pero luego va uno y cae en sus trampas de siempre y el aprendizaje se va al cuerno. Pero al menos uno es un poco más consciente ... como sabes, de muchas cosas, de que ésto que somos no es nada. Y eso ya creía uno que lo sabía, pero el agarrar esa certeza y pegartela, tatuartela a tu existencia es muy difícil. Vivirla. En la cabeza está el concepto de que uno no es más que polvo y que todas las preocupaciones y deseos son vanos. Pero igual seguís viviendo la vida como si la muerte estuviera allá, lejos, en otro lado. Y que solo en el día que se aparezca, la vamos a enfrentar. Solo un par de veces te roza de cerca y te hace crugir, sufrir, desfallecer... Mientras tanto, seguimos dándonos nuestra auto importancia, peinando y vistiendo al ego, llenándolo de experiencias, de trofeos, de más partidas del juego. Agarrándonos tanto del placer, como de la adrenalina del sufrimiento...

Mejor no me pongo profundo sino que describo... a ver, que decir de la vida en este monasterio. La verdad no hay mucho que describir exteriormente. Igual que los monasterios Zen en Japón, o Chan en China, o Vahrayana en Tibet, exteriormente los monasterios acá son solo edificios muy muy calmados. Parecen deshabitados. Si vos vas un día cualquiera, parecería deshabitado a no ser por los animales que pasan despacito por ahí. Y tal vez un par de monjes caminando te sonrien. No mucho. Puedo contar cositas de éste estilo del monasterio donde estoy. Queda en un bosque montañoso, lleno de selva, a las afueras de un pueblito en el noreste de Tailandia. Hay un par de templos religiosos, con todo el color y adornos del budismo theraveda tailandés. Hasta ahí es donde uno llegaría como turista. Donde uno tomaría las fotos. Pero si uno sigue caminando por el caminito que se mete en la selva, detrás de unos árboles enormes, empezás a ver casitas y chocitas esparcidas aquí y allá. Y colgando de los árboles, ves algunas túnicas naranja y ocre, que los monjes están aireando o secando. A unos metros más allá, en medio de la selva, hay una laguna llena de flores de loto de mil colores e iguanas gigantes que se asolean perezosas, ni se inquietan por vos mirarlas. Y si seguis por ese camino, hay una bifurcación. Si tomás a la izquierda eventualmente vas a dar con el crematorio budista, donde incineran a los muertos sobre una pira funeraria y los entierran en el cementerio que queda allá mismo.

Pero si seguís caminando y no te importa que los zancudos te estén devorando vivo, vas a llegar a una casa muy simple, sin ventanas al frente, con tan solo una puertecita blanca. Esa casa la identificás por un número 13 pintado con letras rojas afuera. Y por ahí hay un montón de pollitos chiquitos siguiendo a sus madres de acá a allá, buscando algún pedacito de arroz caído. Si abris la puerta, que por lo general está sin seguro, te vas a encontrar con un interior limpio y aireado, que aunque es pequeño da la sensación de ser más grande. Te encontrás con una cama muy bajita, casi en el piso. Y que no tiene más colchón que una estera tejida de hojas secas. Una mesa con una jarra, unos platos, un calentador de agua para tomar. Un mueble para guardar las cosas personales: cuatro o cinco libros viejos y ya cansados de tanto viajar, tres camisetas, dos pantalonetas, un sarong, un krama (como un pañuelo enorme de camboya), y una bicicleta gris con negra con unas maletas casi vacías encima. Si vas temprano, vas a ver tambien algunas frutas y platos increíblemente gustosos que los monjes me llevan como única comida a eso de las seis de la mañana. Escuchas afuera los pájaros bullosos que cubren la selva. Y si miras por las ventanitas, vas a ver las ardillas que saltan de rama en rama persiguiendo, buscando algo. En el suelo, hay una toalla azul y un particular cojín improvisado, hecho de una bolsa de tela amarilla (de esas que uno usa para poner la ropa sucia) con un saco para el frío (clima inexistente por cierto en Tailandia), dos bóxers y tres pares de medias. Esas son para sentarte con más comodidad en el suelo duro, sin que se te duerman las piernas. Ahí es donde pasas la mayor parte del día, ahí comes, te sientas, piensas, tratas de sentir consciencia del presente. Pero bueno, eso es circunstancial.

Una pared interior separa la habitación de un minúsculo cuartito de baño, y sabes que ese cuartito sirve para ésto solo por tener un balde naranja lleno de agua fresca que te toca llenar todos los días, y un sanitario de estilo asiático. Un vaso desechable clavado con un clavo oxidado y viejo a la pared, sirve para poner la cuchilla de afeitar, el cepillo, crema de dientes y jabón. Sobre la pared, hay una botella vacía de agua que tiene encima una vela pegada para iluminar las noches. Nada muy lujoso. Pero lejos de ser sucio, el lugar te dá la sensación de pureza, tranquilidad.

A eso de las cuatro de la mañana, cuando los gekkos (lagartijas asiaticas) siguen cazando moscas aquí y allá, el primer gallo canta. Se levanta en su momento más glorioso del día, sacude sus plumas y hace ese sonido que conocemos pero en las ciudades nunca oímos. A ese, uno, otro, otro más le siguen por todo el bosque, hasta que se vuelve una sinfonía galleril. Esa es la hora de levantarse. No tanto porque uno deba levantarse, sino porque se siente que es natural. Te parás en una silla de plástico, y prendés el cabito de vela casi acabado encima de la pared. Ponés el agua a hervir para hacer café o té, y mientras mirás por la ventana un cielo que empieza a dar signos de que va a clarear. Ese negro que ya no es negro sino azul profundamente oscuro. Un día nuevo está por comenzar. A eso de las seis, como contaba, un monje te toca la puerta y te entrega la comida que a su vez, les fue entregada por la gente del pueblo cuando dan muy temprano la vuelta por las calles de la aldea con sus grandes tazones de pindabat. En un monasterio solo se come una vez en el día, según la tradición budista es antes de mediodía y tiene como objetivo ser plenamente conscientes de la comida y no estar con el deseo profundo de comer y comer, aún estando satisfecho, solo por el placer de tener algo rico en la boca. Luego, sabés que es alrededor de las once de la mañana porque algún otro monje pasa con un ruidoso carrito y recoge los platos ya lavados y las sobras de la comida, de cabaña en cabaña. Si mirás de nuevo por la ventana, vas a ver que el monje es un poco gordito y bastante jóven. Pero sus movimientos, su expresión demuestra una madurez y consciencia enorme sobre sí.

Eventualmente el día pasa, sin tener más indicación del tiempo que las hojas caer mientras el sol pasa sobre ellas. La noche llega, las gallinas vuelven a sus nidos, los gekkos salen de sus escondites, y los mosquitos renuevan sus ataques como una sanguinaria venganza ancestral. Un día termina y otro comienza, como siempre. Como siempre, el sol saldrá mañana sin importar nada.

Si quieres, puedes salir a caminar por la selva. En una de esas ocasiones te puedes topar con algún monje barriendo las hojas secas y caídas de los caminos. En otra, verás gente vestida de negro y una columna de humo gris que sale detrás de los árboles. Significa que es día de cremación. El cuerpo del difunto, nuevamente de acuerdo a tradición budista, está en una caja sobre una especie de pira gigante. Debajo, lleno de leña. Cuando van a prender fuego al cuerpo, la gente se va del sitio porque hay la creencia que si alguien ve un cuerpo arder, el fuego se apaga. Pero cuando se van, puedes ver esa pira funeraria de un cuerpo sin vida quemándose, alimentando ésta vez al fuego que lo va comiendo poco a poco. Cuando se termina, viene el monje encargado a poner los restos en un horno especial, a dejar que el fuego intenso termine su trabajo. Otras veces, si llegás a los templos principales, vas a ver a los monjes sentados meditando, con los ojos entrecerrados, y un viejo monje hablandoles, explicandoles tal vez las enseñanzas de su profesor venerado, el Buda de antiguedad. Y dentro del templo, un gato llega oliendo y caminando sin rumbo, perezosamente, para echarse a dar una siesta a los pies de una dorada estatua de Buda. A unos metros más allá, un perro no le pierde la vista, mientras se rasca las pulgas con desgana. Y otras veces, te podés pasar el día completo caminando sin ver a nadie en la selva. Tal vez un monje caminando despacio, con la mirada en el suelo, perdido en su cankamma o meditación caminando.

Y entonces viene la pregunta clara: ¿que es lo que hace la gente en un monasterio? ¿Donde están los rituales, las ceremonias, los iluminados que flotan en el aire, caminan sobre el agua, o descuidan su cuerpo en ayunos y privaciones extremas? ¿Donde están los cantos sagrados, los monjes adorando las imágenes de Buda? De hecho, estas cosas solo están en la imaginación febril de nosotros como extranjeros. Los monjes están en sus cabañas. Habiendo hecho un voto de renuncia en el mundo, solo viven con sus túnicas, su tazón de comida, y un par de otras cosas del día a día. No hay televisión ni radio ni periódicos con las ultimas noticias. Los días pasan uno detrás de otro sin entretenimiento alguno. La vida del monje es de meditación permanente. De estar en realidad atento a los deseos que surgen continuamente, uno detrás de otro. De estar consciente de que todo en la vida es incontrolable, transitorio, impermanente. Que saltamos de felicidad a sufrimiento si tenemos o no las cosas que nos gustan, que nos dan placer. O si tenemos o no las cosas que no nos gustan. Que todos los días estamos trabajando por construir ese ego, de peinarlo, vestirlo y adornarlo con todos los deseos e ilusiones. Y nuestro ego nunca está satisfecho, siempre quiere más. Más poder, más reconocimiento, más afirmación, más placer, más perfección. Más dinero, más posesiones. Y que odiamos las cosas que creemos que son malas, es decir, las que no nos gustan o no nos brindan bienestar. No nos gusta nuestro cuerpo, siempre está feo, o gordo, o flaco, o flácido. Siempre o estamos muy viejos, o muy jóvenes. Y cuando llega un momento, empezamos a sentir que la muerte se nos acerca de a poquitos, a pies juntillas. Y ahi si empezamos a sufrir más. Odiamos a algunas personas, odiamos nuestros trabajos, nuestras vidas. Evitamos y hasta odiamos las personas y cosas los que no nos hacen bién. Siempre andamos confundidos, insatisfechos buscando y apegandonos a las cosas que nos gustan, y evitando y sufriendo por las cosas que no nos gustan. Y la vida así se va volviendo insatisfactoria, miserable.

Sobre eso meditan los monjes. Sobre eso que llamamos cuerpo, sobre eso que llamamos mente. Sobre las cosas que lo forman, sobre las ideas locas, sobre la consciencia, sobre el dios interior. Y para eso, pasan horas sentados, llegando a estados de concentración que les permiten alcanzar sabiduría verdadera y con ella, investigar ecuanimemente todos los fenómenos de la existencia. Meditan de ésta manera para tener firmeza en su corazón, firmeza tranquila y sosegada, paz, y tal vez así llegar a un estado de completa tranquilidad, en la que los deseos y anhelos simplemente se extinguen dejando solo felicidad, felicidad en la calma. Dicen que algunos la logran, dicen. En realidad, no se si esa felicidad sea algo que pueda lograr en ésta vida. Solo se, que en preciosos momentos, se puede sentir esa extinción de deseos, y que una vez que ves las cosas como son, sin embellecerlas, ves que todo es incontrolable, insatisfactorio e impermanente... y ahi estás tranquilo.

Claro, luego llegan de nuevo esos pensamientos de deseos, de ganas de hacer esto o aquello, o llega la pereza, o la mala voluntad... y te perdés nuevamente en ese mundo que aunque es tan insatisfactorio, que has hecho ya tan tuyo... En fin... vuelve el ciclo.

Bueno, es mejor dejar así porque luego se empieza a poner todo drásticamente más profundo y denso, y eso no es muy digno de un blog de viajes. Claro, todo eso es consecuencia de tanto tiempo encerrado y ganas de expresar lo que el ego quiere! Así que mejor me quedo en la descripción física, para enseñar como es el lugar y dar una idea de lo que está siendo mi vida en el momento. Si lo miras de fuera, tal vez no sea muy excitante como los viajes anteriores, pero desde adentro es sumamente enriquecedor.

Un verdadero crecimiento espiritual.

sábado, 25 de octubre de 2008

Monasterio, primeros días

Tailandia, a comparacion de Laos, Camboya, Vietnam, Tibet y hasta el sur de China, da una impresión de ser un país muy desarrollado y occidentalizado. Eso tiene cosas buenas y malas. Las buenas por ejemplo es que es cómodo, seguro, desarrollado, tiene buena infraestructura y vías, la comida es sana, y hay supermercados y podés encontrar lo que querás a precios decentes, porque los precios son fijos, a diferencia en los otros paises que le toca a uno pelear hasta por una sopa y eso se vuelve un toque desgastante (léase: los hijos de p*ta de Vietnam).

Pero también por otra parte pierde como ese aire de aventura, de estar donde nadie más ha estado, de viajar con ese vertiguito que dá el no saber que sigue el momento siguiente. Justo por ser tan occidentalizado, también está demasiado lleno de turistas. Pero eso no es lo peor, también está lleno de viejos cacheticolorados con su tailandesa al lado, porque definitivamente este pais es el destino numero uno del turismo sexual... y ugh, eso se ve inmundo.

Bueno, como algunos saben, cuando llegué a Tailandia mi intención (al igual que en Tibet) era quedarme un tiempo en un Forest Monastery, que son monasterios budistas de la tradición más simple, viven en cabañas en la selva y tienen una vida tranquila, meditativa, contemplativa. Encontré uno muy famoso cerca a Nong Khai, en el norte de tailandia, en una región montañosa cerca de la frontera con Laos. Y pues para hacer el cuento corto, fui, y les dije que me interesaba residir allí, y pues el Abad (que habla thai y francés unicamente) me invitó a que me quedara con ellos el tiempo que quisiera.

Eso fue hace ya casi un mes. Y desde entonces la he pasado en meditación aislada de todo contacto con el mundo exterior, de hecho esta es la primera vez que salgo de mi kuti (cabaña) y del monasterio, y me conecto a Internet.

Y en realidad he estado muy bién en el retiro, la vida es muy tranquila en el monasterio y es basicamente todo el día para meditar tranquilamente. De vez en cuando los monjes pasan a revisar como estan las cosas, como me siento, etc. Muy tranquilo y muy bonito. La comida es una vez al día, a eso de las 6.00am. Según la tradición monástica, no se puede comer nada después de esa, o bueno, si se puede pero seria irrespetuoso. La comida te la llevan a tu cabaña en el bosque todos los días. Te levantas a eso de las 4.00am, aunque los monjes se levantan a las 3.00am, a meditar, a caminar, a mirarte... muchas cosas ves....

Y el itinerario del dia... bueno, es libre. Basicamente hay libertad de hacer lo que quieras, pero el punto no es rascarselas y dormir todo el día sino trabajar por encontrar algo, por tener insights. Muchisima meditación, sentado o caminando. La idea es estar consciente en todo momento y lugar, ver las sensaciones y pensamientos cuando surgen. Ver por que surgen, por que se van, por que nacen y mueren. Estar siempre atento, presente. Ver que lo que importa es entender la vida de adentro, ver la esencia de lo que uno es, y no tanto las apariencias, los trabajos, las carreras, los sentimientos, sensaciones... una vida simple y de observacion y atencion bien vivida es mejor que una vida compleja y llena de cosas, pero vivida a la carrera. Hay un monje de Canadá con origenes Lao muy buena gente que me ayuda con las traducciones y con algunos libros. Y el abad como contaba habla francés, así que me puedo comunicar mas o menos con mi pobre y oxidado dominio del idioma.

De momento voy bién, aprendiendo, viviendo cada momento, de a poquitos.

domingo, 16 de marzo de 2008

Ganze (Garze), Tibet

Ganze es un pueblito pequeño con uno de los monasterios y conventos mas importantes y grandes de la región. Las temperaturas acá cambian drásticamente, de unos agradables 12 grados al sol, hasta unos -20 grados en las noches. De hecho, no es extraordinario el hecho de uno acostarse, y al levantarse ver la botella de agua congelada! Los días han estado acá bastante claros, con un sol espectacular que brilla en el hielo y la nieve de las montañas que bordean el valle.

El Garze Gompa, o monasterio de Ganze (10RMB), es bastante amplio y bonito, de salones grandes y solemnes, repleto de monjes ocupados que como hormiguitas laboriosas corren de lado a lado, sus túnicas dejando un rastro colorido de azafrán y rojo intenso al pasar. Permanentemente en la semi penumbra de sus salones, hay un movimiento de peregrinos, que hacen su kora uno tras otro. Los monjes, a su vez, rezan y cantan y realizan sus rituales vistosos con su rayo y campana (instrumentos ceremoniales para el budismo tibetano que simbolizan lo masculino y femenino). Como cosa curiosa, la mayoría de las paredes de este monasterio están adornados con los colores de la tricolor nacional: amarillo azul y rojo. Yo ya andaba perdido en la penumbra, intoxicado por los cantos y el fuerte olor a incienso, pero uno de los tantos peregrinos me agarro amigablemente de la ropa y me invito a dar el kora como se debe hacer. Y pues bien que es interesante, los monjes te dan agua santa (la que te echas en la cabeza, en las sienes y luego bebes), te invitan a tsampa, luego te muestran detalles de los cientos de pinturas en las paredes, como las dhaikinis carnívoras y ninfomanas, o el símbolo que materializa los canales por los cuales tenemos deseos (sobre una calavera estan los ojos, la nariz, la boca, los oídos y el sexo), o te tratan de explicar que el mandala se vuelve tridimensional y es una expresión del mundo...

Después de estar perdido una mañana en el monasterio, caminando hacia la parte de atrás se encuentra uno con unas montanas en forma escalonada, y luego de subirlas le regala a uno la vida una vista majestuosa del pueblo y del valle. Como no hay caminos, solo es dejarse llevar por los caminos y las cimas, y seguir los grupos de yaks y caballos que tratan de arrancar cualquier cosa de la tierra árida y congelada... Y así, de pronto te encontras con una estupa perdida, o un campo de ofrendas de barro. Y caminando, luego, de repente en la cima te ves de frente con un campo sagrado, azotado por fuertes vientos que vienen de todas las direcciones, que tratan de deshacer a la fuerza las banderas de oración que están anudadas...

Y así, horas caminando bajo el sol, entre la soledad de las montanas alejadas del mundo, uno siente de repente que algo no encaja... Al rato, me di cuenta que la razón de esa sensacion extraña es que no se escuchaba absolutamente ningún sonido, aparte de mi respiración y las pisadas. El viento había dejado de soplar, y de repente entra esa sensación pocas veces experimentada de total quietud, de saber que uno es el único ser humano en la mitad de las montanas, a decenas de kilómetros a la redonda.

Sentir que no hay carros pitando y echando humo, no ver a nadie vendiéndote algo ni mirándote como un extraterrestre. Ningún celular sonando con el ultimo ringtone de moda. Nadie apresurándote por entregar el proyecto para cumplir la fecha. Ningún sonido del Messenger en los audifonos. Nada. Nadie. Solo vos, el cielo totalmente azul, la montana y las ruinas de un viejo monasterio...

Y así uno alcanza a entender un poco el por que las montanas son sagradas en el budismo tibetano. Alcanza a entender también el porque los nómadas hacen encantados sus kora y peregrinaciones a través de las montanas. Fue irresistible el impulso de extenderme ahi sobre la montana, con los brazos abiertos sobre el suelo, mirar el cielo y escuchar ese vacío a veces tan asustador... Ese vacío parecido al que sentía cuando de chico me sumergía en una piscina solitaria, aguantando la respiracion hasta lo que mas pudiera, solamente escuchando al silencio.

No se cuanto tiempo pase ahi en esa montana, pero el sol ya empezaba a despedirse detrás de los picos nevados. Estando en la mitad de la nada, estaba forzado a volver, pero un dolor y sensacion desagradable aparecieron, diciendome en la cara que no querían volver nuevamente allá abajo, a todo ese caos e ilusiones de la vida cotidiana, de esa bizarra fantasía que tenemos entre el cafecito de la madrugada y el primer sueno de la noche...

miércoles, 5 de marzo de 2008

Monasterios entre Cielos y Montañas

El sol salio retrasado pero el día pedía a gritos ser aprovechado. Salí del único hotel del pueblito a conocer el gompa (monasterio) y chörten (estupa o stupa). Luego de atravesar las cinco calles que componían el pueblito y llegar a la tierra abierta, fue necesario saltar cercos y atravesar campos desiertos para llegar a la famosa stupa, que quedaba en la ladera de una montaña sagrada repleta de banderas de oración y montículos de piedra. La stupa en si es una construcción enorme, de forma simétrica y de color blanco, que simboliza la iluminación en el Budismo. Las tierras tibetanas están pobladas de estas construcciones, de todos los tamaños y estilos.

Pues bién que ésta era una de las más grandes de la región, con cientos de ruedas de oración y una multitud de peregrinos con sus vestidos tradicionales haciéndolas girar, mientras hacen el kora. El kora es un circuito sagrado para los Tibetanos, en los que se recorre en sentido de las manecillas del reloj algún lugar sagrado, como un monasterio, montaña o stupa. En el budismo tibetano, se hace uso extensivo de éste kora a manera de peregrinación y para ganar buen karma, puesto que cumple una función como de rezo u oración. Los recorridos pueden ser tan pequeños como el perímetro de un pequeño altar, o tan grandes como una gran montaña sagrada en el Himalaya! Muchas personas logran hacer una kora hasta miles de veces!!!

Luego de unirme con la peregrinación en el circuito (con los saludos alegres de los peregrinos que también estaban ahí) y de tratar de entender la sobrecarga de imágenes y sonidos que provienen de la stupa, me alejé un poco de la gente y me quedé un rato sentado mirando la colina que tenía frente mi, llena de altares, banderas de oración, y estupas. La idea, era eventualmente subirla y mirar que había del otro lado.

En esas andaba cuando una anciana de mil años se acercó y me empezó a hablar en tibetano, lo más de contenta. Como en éste pueblito no se ven muchos occidentales, y mucho menos en ésta estupa alejada, me imagino que andaba contenta con que uno de los "bárbaros de piel blanca" se les hubiera unido en la kora. Y pues bién que haciéndole honor a la hospitalidad Tibetana, se hizo entender que quería invitarme a tomar el té en su casa. Si ésto hubiera sido en cualquier otra parte, sería medio raro, pero los tibetanos son exageradamente amables con los visitantes. Pues bién que la seguí como pude (tenía una vitalidad increíble, que sería la envidia de muchos abuelos del mundo), y luego de cruzar por unos caminos pequeñísimos y un par de arroyos, llegamos a su hogar.

Era una vivienda típica nómada, hecha de madera, plástico y piel de Yak. Dentro, como es costumbre, estaba una hornilla de madera candente en la que se calentaba lentamente una tetera, mientras también calentaba a un anciano y a dos niños. Era claro que no tenían muchas posesiones que cuidar, pero lo increíble fue que empezaron a buscar entre todos los rincones de la casa alimentos que me imagino estaban guardando para alguna ocasión especial... Carne de Yak seca, mantequilla también de Yak, tsampa dulce, pretzels tibetanos, te de mantequilla... todo un festín! Y bueno, entre mi Chino roto, un cuaderno de apuntes, mi cámara digital y muchas risas y paciencia logramos comunicarnos la mayor parte del día.

Al rato les dije que quería subir a la montaña y pues uno de los niños se ofreció para acompañarme. Para hacer la historia corta, subimos a las montañas sagradas detrás del monasterio, y mientras eso le presté mi reproductor de MP3 y quedó fascinado con la música latina... Terminó cantando y todo. Una vez arriba, le dimos vueltas a todas las construcciones, que desde hace muchos años se nota que vigilan y protegen el valle rodeado de montañas sagradas salpicadas de nieve.

De bajada por el otro lado de la montaña, al fondo se veía un movimiento de gente y el niño me dijo que me detuviera. Alcanzaba a ver un campo cercado de banderitas de oración, con mucha gente y algunos cuervos y halcones sobrevolando y aterrizando. Una especie de ceremonia religiosa estaba terminando, y por la cara de mi guía improvisado era algo serio. Me dijo algo en Tibetano, dimos media vuelta y nos regresamos en silencio por donde habíamos entrado.

Pues bién, sin saberlo había presenciado de lejos el final de una de las ceremonias más impactantes de la cultura de ésta región: la ceremonia funeraria tibetana, llamada "sky burial" o entierro en el aire...

viernes, 16 de marzo de 2007

Sobre saltos y fresas

Un hombre viajando a través de un campo se encontró con un tigre. Huyó corriendo, mientras el tigre corría tras de él. Llegando a un precipicio, se agarró de la raíz de una enredadera salvaje y se deslizó por el borde. El tigre lo olió desde arriba. Temblando, el hombre miró hacia abajo y a lo lejos, otro tigre lo esperaba para comérselo. Solo la enredadera lo sostenía. Dos ratones, uno blanco y uno negro, de a poquitos comenzaron a roer la enredadera. El hombre vió una deliciosa fresa cerca de el. Agarrándose de la enredadera con una mano, alcanzó la fresa con la otra. Que dulce sabía!

domingo, 25 de febrero de 2007

El ladrón y el sabio

Cierta vez, un ladrón estaba robando un gran tesoro de oro de un famoso y antiguo templo. Luego de guardar su preciado botín, caminó silenciosamente a la salida pero escuchó que se acercaban pisadas.

Para salvarse, el ladrón suelta el oro y se sienta en silencio, haciéndose pasar por un sabio meditando. Aquel que se acercó a él resultó tan convencido por su apariencia que, sin saber quién es en realidad, lo llena de preguntas y más preguntas. El ladrón, quién resulta siendo muy buen actor, es cada vez más y más visitado por personas y buscadores que quieren resolver sus dudas.

El ladrón nunca logró escapar del templo.

- Autor Desconocido