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domingo, 16 de marzo de 2008

Ganze (Garze), Tibet

Ganze es un pueblito pequeño con uno de los monasterios y conventos mas importantes y grandes de la región. Las temperaturas acá cambian drásticamente, de unos agradables 12 grados al sol, hasta unos -20 grados en las noches. De hecho, no es extraordinario el hecho de uno acostarse, y al levantarse ver la botella de agua congelada! Los días han estado acá bastante claros, con un sol espectacular que brilla en el hielo y la nieve de las montañas que bordean el valle.

El Garze Gompa, o monasterio de Ganze (10RMB), es bastante amplio y bonito, de salones grandes y solemnes, repleto de monjes ocupados que como hormiguitas laboriosas corren de lado a lado, sus túnicas dejando un rastro colorido de azafrán y rojo intenso al pasar. Permanentemente en la semi penumbra de sus salones, hay un movimiento de peregrinos, que hacen su kora uno tras otro. Los monjes, a su vez, rezan y cantan y realizan sus rituales vistosos con su rayo y campana (instrumentos ceremoniales para el budismo tibetano que simbolizan lo masculino y femenino). Como cosa curiosa, la mayoría de las paredes de este monasterio están adornados con los colores de la tricolor nacional: amarillo azul y rojo. Yo ya andaba perdido en la penumbra, intoxicado por los cantos y el fuerte olor a incienso, pero uno de los tantos peregrinos me agarro amigablemente de la ropa y me invito a dar el kora como se debe hacer. Y pues bien que es interesante, los monjes te dan agua santa (la que te echas en la cabeza, en las sienes y luego bebes), te invitan a tsampa, luego te muestran detalles de los cientos de pinturas en las paredes, como las dhaikinis carnívoras y ninfomanas, o el símbolo que materializa los canales por los cuales tenemos deseos (sobre una calavera estan los ojos, la nariz, la boca, los oídos y el sexo), o te tratan de explicar que el mandala se vuelve tridimensional y es una expresión del mundo...

Después de estar perdido una mañana en el monasterio, caminando hacia la parte de atrás se encuentra uno con unas montanas en forma escalonada, y luego de subirlas le regala a uno la vida una vista majestuosa del pueblo y del valle. Como no hay caminos, solo es dejarse llevar por los caminos y las cimas, y seguir los grupos de yaks y caballos que tratan de arrancar cualquier cosa de la tierra árida y congelada... Y así, de pronto te encontras con una estupa perdida, o un campo de ofrendas de barro. Y caminando, luego, de repente en la cima te ves de frente con un campo sagrado, azotado por fuertes vientos que vienen de todas las direcciones, que tratan de deshacer a la fuerza las banderas de oración que están anudadas...

Y así, horas caminando bajo el sol, entre la soledad de las montanas alejadas del mundo, uno siente de repente que algo no encaja... Al rato, me di cuenta que la razón de esa sensacion extraña es que no se escuchaba absolutamente ningún sonido, aparte de mi respiración y las pisadas. El viento había dejado de soplar, y de repente entra esa sensación pocas veces experimentada de total quietud, de saber que uno es el único ser humano en la mitad de las montanas, a decenas de kilómetros a la redonda.

Sentir que no hay carros pitando y echando humo, no ver a nadie vendiéndote algo ni mirándote como un extraterrestre. Ningún celular sonando con el ultimo ringtone de moda. Nadie apresurándote por entregar el proyecto para cumplir la fecha. Ningún sonido del Messenger en los audifonos. Nada. Nadie. Solo vos, el cielo totalmente azul, la montana y las ruinas de un viejo monasterio...

Y así uno alcanza a entender un poco el por que las montanas son sagradas en el budismo tibetano. Alcanza a entender también el porque los nómadas hacen encantados sus kora y peregrinaciones a través de las montanas. Fue irresistible el impulso de extenderme ahi sobre la montana, con los brazos abiertos sobre el suelo, mirar el cielo y escuchar ese vacío a veces tan asustador... Ese vacío parecido al que sentía cuando de chico me sumergía en una piscina solitaria, aguantando la respiracion hasta lo que mas pudiera, solamente escuchando al silencio.

No se cuanto tiempo pase ahi en esa montana, pero el sol ya empezaba a despedirse detrás de los picos nevados. Estando en la mitad de la nada, estaba forzado a volver, pero un dolor y sensacion desagradable aparecieron, diciendome en la cara que no querían volver nuevamente allá abajo, a todo ese caos e ilusiones de la vida cotidiana, de esa bizarra fantasía que tenemos entre el cafecito de la madrugada y el primer sueno de la noche...

martes, 5 de febrero de 2008

Visitando Huang Shan (1)

Para la mayoría de los chinos, hablar de Huang Shan (黄山) o montaña amarilla los hace evocar magistrales pinturas que maestros han inmortalizado en cientos de cuadros. O también, los poetas y calígrafos que buscando la perfección estética plasmaron sus versos y trazos en papeles y piedras a través de los siglos.

Hay un dicho antiguo en China que dice más o menos "asegúrate de visitar muchas montañas antes de subir a Huang Shan, puesto que una vez que bajes de allí todas las demás montañas te pareceran sosas y aburridas". En un comienzo me reí ingenuamente por la ocurrencia, pero ahora que ya estuve puedo dar fé que esas palabras tienen algo de razón.

De Shanghai salimos en el tren nocturno que nos deja muy cumplidos en Tunxi o Huang Shan Shi a las 8.00am del otro día. Huang Shan queda en la provincia de Anhui (安徽) una de las mas pobres de China. El clima estaba bastante frio, pero afortunadamente no había lluvia... solo cielos "claros" (para los estándares chinos) que dejaban entrever de vez en cuando el sol. La salida del tren, como es de esperar, caótica. Una vez en la calle te abordan decenas de personas tratándote de vender mapas, guantes, zapatos, impermeables, sombrillas, tiquetes de bus, cuartos de hotel... de todo lo imaginable. Pero lo primero que había que hacer era comprar los tiquetes de regreso, puesto que muy seguramente sería lo primero que se agotaría. Luego de preguntar "mai piao zenme zou?" y de la respuesta "al fondo a la derecha" del chino (supongo que eso fue lo que dijo) llega uno a la tiquetera que por cierto estaba en construcción. Con el tiquete en mano, y ya mucho más tranquilo empezó la búsqueda de transporte que nos lleva a Tangkou, que es un pueblito que queda en la base de Huang Shan. Luego de una hora y media en un busesito pequeñito repleto de turistas chinos, a todos nos bajaron en una estación vacía. Era el mediodía exacto, y todos se fueron buscando religiosamente un lugar donde comer. La idea era subir lo antes posible, para poder alcanzar a estar en la cima de Huan Shan antes del atardecer, entonces decidimos buscar la manera de subir.

De Tangkou a la puerta principal de donde partían las verdaderas escaleras hacia la cima eran varias horas a pié... como no había todo ese tiempo, contratamos a un carro particular para que nos llevara hasta donde salen las escaleras y así ahorrarnos un tramo para nada despreciable.

Y en fin que tras mostrar el carnet de estudiante internacional y pagar la mitad del precio de entrada, comienza la subida por las escaleras orientales hacia la mítica cima de Huang Shan. Imágenes de cimas de piedra y granito rasgando el océano de nubes y rocío llegan a la mente. De la cima nos separaban algo así como 9kms juiciosamente escalonados, unas tres o cuatro horas de intensa subida con las paradas para mirar el paisaje y comer algo.

Lo increíble de la subida fueron dos cosas. La primera, el paisaje tan impresionante y caprichoso que se veía, con las montañas de granito elevadas y agresivas siempre haciendonos compañía. Y la otra, la cantidad de cargadores que subían y bajaban continuamente pesadas cargas de provisiones y deshechos sobre sus hombros... Son hombres de la región, que desde pequeños han trabajado en ésto, día tras día, siempre cargando enormes fardos sobre sus hombros, sin importar si es invierno o verano, si llueve o hace un día sofocante... Y yo que me quejaba de una caminata medio larga...

Eventualmente, se llega a la Montaña del Ganso Blanco (白鹅峰) que anuncia el fin de la escalada tortuosa. Una media hora después, ya estábamos en el pueblito del Mar del Norte (憫海) buscando un lugar donde pasar la noche. En últimas, nos quedamos en un hotelito pequeño y barato detrás del Bank of China, que costaba algo así como Y60 por noche. A manera de comparación, los otros hoteles 4 estrellas del lugar que quedaban a menos de 100 metros, costaban 10 veces más el precio pagado allí...

Luego de dejar la mochila en el dormitorio, salimos a buscar los lugares más famosos de la cima de Huang Shan. En particular los parques de "Flor Nacida en un Pincel" y la famosa "Terraza Refrescante", ambos lugares combinan los alucinantes paisajes que mezclan los picos de granito, los pinos con formas caprichosas y las grandes gargantas y depresiones naturales de la roca... Todo un festín para los ojos! La mayoría de lugares de Huang Shan están bautizados con nombres interesantes y pintorescos, que datan de la poestía o tradiciones religiosas antiguas (no es que me los haya inventado yo).

Y fue justo en la "Terraza Refrescante" donde empezó a caer el sol, y tuve el privilegio de ver uno de los atardeceres más espectaculares que la vida me ha regalado, segundo a segundo viendo como el sol más vivo, más rojo, más cobrizo se lo iba tragando en silencio las majestuosas formaciones rocosas de Huang Shan, como lo ha hecho durante miles de años. Solo que hoy, éste día, tuve yo la oportunidad de verlo y sentirme ínfimamente pequeño en comparación de la perfección del cuadro que tenía delante de mis ojos... Gracias...