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: relatos de una mochila :: agosto 2008

sábado, 30 de agosto de 2008

Pakse

Llamada la capital de facto del ecoturismo en Laos, Pakse es una de los cuarteles generales de mochileros y turistas de todo tipo en Laos. Las calles principales de la ciudad están bombardeadas de hoteles, hostales con dormitorios, comida falang (incluyendo pizza!). Tiene hasta un super mercado! Mejor dicho, la comodidad había llegado temporalmente a mi vida! En últimas me quedé en el hotel más barato que quedaba en el cuarto piso sobre un restaurante indio (de la India, no de los pielrojas). El cuarto resultó más bién miserable, pero estaba bién barato y lo mejor era la comida del restaurante... currys, chapattis, masala, raitas... practicamente lo que me ahorre en alojamiento me lo gasté en restaurante, pero es que en realidad la comida india, bién hecha, es gloriosa.


En la ciudad de Pakse propiamente dicho, no hay mucho que ver o hacer: un par de templos, un edificio de estilo chino, tal vez algo de compras para reabastecer. La razón de estar en Pakse es por su cercanía al Bolaven Plateau, o a la meseta de Bolaven, gamosa por ser casa de increíbles montañas en la selva, que albergan cascadas bellísimas, incontables aldeas de minorías étnicas, ríos, el mejor café de Laos (!) y las peores carreteras del sur del país.

El recorrido a través de la meseta suma algo más de 500 kilómetros, algo así como 5 días bién llevados en bici. Pero como el tiempo no sobraba en la visa de Laos, decidimos rentar una moto, ponerme el casco y de nuevo volver a la carretera sobre dos ruedas por unos días, ésta vez, motorizado.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Champasak

A unos 140 kilómetros al norte de Don Det está ubicada Champasak, capital del norte del reino de Angkor. El viaje se hace por un camino bonito, con subidas y bajadas suaves, templos budistas sumamente ornamentados. Como siempre, sin carros, Laos es definitivamente un paraiso para montar en bicicleta. Aparte, aquellos poquísimos que pasan, no te pitan dementemente (tipo Vietnam) sino que te dan la vía tranquilamente y hasta te saludan! Y como contaba antes, te llueven botellas de agua fría!

Eventualmente llegué al pueblo que queda al otro lado del Mekong. Nuevamente hay que cruzarl, y teniendo en cuenta que solo hay dos puentes en todo Laos que lo cruzan en su totalidad, cuando no hay (como es la mayoría de los casos) hay que hacer uso de los botes o ferrys. Y el ferry en éste caso, no era más que dos canoas de madera amarrados con una cuerda, y encima un planchón de madera. No parecía muy seguro, pero como los locales montaban sus motocicletas encima, seguro que no le pasaría nada a mi Almita. Y efectivamente, nada pasó!

Champasak es un pueblo pequeñísimo, basicamente es una carretera que bordea el Mekong y a los lados algunas casas y edificaciones viejas. Es increible que hasta hace poco, Champasak fue casa de la realeza Lao... una calle polvorienta y el río Mekong era la vista del rey. Bueeeh. Pero la verdad tiene mucho caracter. Encontramos un hotel barato, por un par de dólares un bungalow con baño privado y todo. Cruzando la calle, estaba el Mekong, y un puesto de comidas con una señora sonriente y amablísima, no picada por la enfermedad del capitalismo salvaje, que te cobra lo mismo que le cobra a la gente de Laos. Y es la comida más barata que he comido en el SE de Asia! De hecho, por un dólar te hartas de khao niaw (sticky rice o arroz glutinoso) con frutas, carne, comida... en fin! De hecho, con ella estuvimos tomando el famoso lao lao o whiskey de arroz destilado artesanalmente en casa. Lo embotellan en botellas usadas de lo que encuentren, pero tienen preferencia por las botellas de cristal de ginebra inglesa, que le dan su elegancia al lao lao... una botella de esas basta para noquearte y dejarte con un dolor de cabeza que te mata la noche. Pero vale la pena! Así es tomar trago estilo Lao!

Pero la verdadera razón de estar acá en Champasak no era emborracharse con chirrinchi artesanal, ni ver más atardeceres en el Mekong. Como contaba anteriormente, era de ir a Wat Phu, ruinas de la antigua capital del norte de Angkor que quedaba a unos 10 kilómetros del pueblo. En realidad el sitio no es tan impactante como Angkor Wat, que tiene templos y ruinas e historia donde mires. Pero éste sitio era mil veces más real. Un amigo tocayo me contaba que viajó a Angkor Wat hace unos 30 años, antes del genocidio del Khmer Rouge. Y encontró ese lugar auténtico, con la amabilidad de la gente si dañar, con las ruinas conviviendo con la selva, con los monjes aún practicando en los templos. Lo que el me cuenta, es una descripción cercana de lo que es Wat Phu hoy en día, pero seguro en algunos años se convertirá en otra mecca turística, como mil otros sitios en Asia. La atmósfera en las ruinas tiene un aire más tranquilo, más especial. Puedes respirar y dejarte llevar, y no estar mirando el reloj y el mapa para seguir el siguiente sitio, porque lo van a cerrar de acuerdo con un bizarro itinerario (léase: la industria turística de Angkor Wat).

El templo está en la cima de una montaña, con jungla vasta por todas partes que un grupo de mujeres trabaja incansablemente por domar. Hay un pequeño monasterio en la cima, con monjes en servicio activo. También hay esculturas caídas, escondidas por todas partes. Piedras grabadas, y una pequeña caida de agua sagrada que cae de la montaña santa, y que según dicen los locales, tiene propiedades curativas (acaso no dicen todos lo mismo de su propio manantial de agua?). Pero también tiene serpientes, un par de ellas salieron a saludar cuando pasamos por ahí. Otra particularidad que se ve acá son piedras ceremoniales hechas para sacrificios humanos, con lugares para recoger la sangre en forma de lagartos gigantes... Una buena tarde en Wat Phu.

De hecho fue una buena idea detenerse en este lugar olvidado de los circuitos turísticos. Es un lugar especialmente tranquilo, en el que parece que el tiempo se detuvo y te dan ganas de quedarte un poco más. En la última noche, en el mismo hostal habían un grupo de mochileros franceses, y nos pusimos a hablar y a compartir frutas y café (ya sé, no es una muy buena combinacion!). Y ahí entre historia e historia, uno se da cuenta de todo lo que el tiempo lo cambia a uno, de como las prioridades cambian en la vida, de como los ritmos se desaceleran, cambios... Todo cambia.

sábado, 23 de agosto de 2008

Mil islas, mil kilometros

La llegada a la frontera fue gracias a una impecable carretera, un día perfecto, sin un solo carro. Solo el sonido de los pajaros y los insectos se escuchaba por ahi, en esa nueva carretera del norte de Camboya. Lo chistoso es que cuando iba por la carretera, escuché a lo lejos un sonido, tipo el megaconocido reggaeton. En la mitad de la nada. No puede ser, pensé, hasta acá no puede haber llegado el virus. Efectivamente, el ritmo era reggaeton... pum pumpum pum pum... Reggaeton cambodiano! Pero no. Cuando llegué a la casucha donde estaba la fiesta improvisada, me di cuenta que eran un grupo de gente tomando cerveza (eran como las 9am) y cantando un reggaeton desconocido. En español. Me dió pena ajena, pero se les da puntos por el esfuerzo. Creo que si yo cantara un reggaeton en khmer, sería mas desastroso. Pero bueno, Daddy Yankee, revuélcate en tu tumba!!! Digo... en tu Hummer, o en tu Penthouse, o donde estés!

A la llegada a la frontera, te espera un puesto fronterizo lo más de particular. Al principio pensé que era una casucha de esas que venden agua y bebidas, una choza al lado de la carretera. Pero luego me di cuenta que había un par de buses y una barrera improvisada. Efectivamente, era la frontera. Éste es un puesto fronterizo que no mucha gente usa, porque la carretera es nuevisima y aún la gente no la conoce. No sale en las guías de viaje. Por eso su aspecto exterior. Pero no es sino darle unos años para que se convierta en todo lo que un paso fronterizo tiene: supermercados, casinos, prostíbulos. Pero hoy en día va hacia allá, como pirañas hay tipos que conducen buses piratas pescando a turistas ingenuos para que desocupen los contenidos de sus billeteras pagando el viaje en el único bus que hay ahi. A precios 50 veces más caros que la realidad... ugh!

Hasta en la frontera te quieren coger. Los tipos de Camboya luego de estamparte la visa, te piden 5 dólares. Luego, si les regateas, le bajan a 1. Como ya había pasado tiempo en Camboya, el tema es no ponerse bravo sino ponerse a bromear como ellos, a decir, si si, para tomarte una cerveza ahora, no? Y así te van bajando. En últimas como vieron que no tenía nada en mi bolso (que nunca tiene nada!) me dejaron pasar y me pidieron que volviera alguna vez a Camboya. Por que no... por que no....

Del lado de Laos, la misma situación. Solo que el puesto fronterizo da mas risa que el de Camboya. Un par de tipos dormidos sobre el escritorio esperaban a que el día terminara... E igual, estos tipos esperando por dinero. Que cinco dolares. No. Que tres. No. Que uno!! Que no tengo! Se pusieron medio reacios y me dejaron esperando un tiempo, hasta que al final me dejaron pasar con un 'welcome to Laos!'. No es el hecho de un solo dolar que están pidiendo, es el hecho que ellos no deberían estar pidiendo ese dinero teniendo uno la visa ya sacada y pagada en el consulado de Laos. Esos dolares que la gente deja no pagan sino la corrupción en los puestos de frontera, y tarde o temprano, cuando ya tienen el poder, podrán cobrar lo que les de la gana...

Pero bueno, nuevamente a la bici, otro país nuevo (mi país número 30!), otra aventura que está aguardando en la carretera!

La primera apariencia de Laos es de total silencio. Como en esa carretera de Camboya, en Laos no pasan autos. Es increible, el paraiso del ciclista. Solo se escuchan los sonidos de la selva, al lado de la carretera. Eventualmente pasa un songthaew o camión de pasajeros, o un esporádico y elegante bus de turismo. Eso si, los niños son tan psicóticos como en Laos. Todos te gritan «sabaideeeeeee!» cuando pasas, que puede significar "hola" o "como estas" o "estoy bien" o "que estes bien". Ah, que lindo, alguien que se emociona por ver a un empolvado extranjero pedalear por el frente de sus casas! Si alguien pasara al frente de mi casa, creo que no saldría corriendo a gritarles "quihubo hermano!!", pero bueno, no soy ni niño ni Lao...

Una piedra en el camino, me dijo que mi destino, era rodar y rodar... rodar y rodar... rodar y rodar... Literalmente! Decía que hasta Vientiane (la capital), eran algo así como mil kilómetros. Basicamente es recorrer Camboya desde el sur hasta el centro-norte. La cosa se pone bién! Pero mil kilómetros en bici es mucho... la cabeza se me hizo por un momento un nudo, tantas cosas pueden pasar en mil kilómetros... Pero de momento, es llegar a mi próximo destino, Si Phan Don o Mil Islas. Un paraiso en el Mekong, a unas decenas de kilómetros más allá.

Luego de unos kilómetros de pasar la frontera una minivan me pasó y casi me mata cuando bajaron la velocidad, y unas chicas me lanzaron de su interior una granada de fragmentación que casi destroza mi rueda delantera. Bueno no era una granada de fragmentación en realidad. Era una inocua botella de agua, pero que a altas velocidades tiene poderes destructivos! De cualquier manera estaba fría, y a la distancia les agradecí, mientra el carro se internaba más y más en Laos.

Efectivamente, llegué al embarcadero de Don Det luego de una mini odisea a través de una escondida desviación la cual casi pierdo, unos kilómetros de carretera polvorienta y destapada, y una serie de negociaciones para que nos llevaran a la isla (a Alma y a mi) por un precio justo. Porque claro, habiendo llegado solo no tengo poder de negociación. Es pagar el precio que ellos tienen, o te jodes. Eventualmente, un aleman que vive con su esposa de Laos me dijo que solo pagara por una persona y no por toda la barca como ellos querían, y que el mismo me llevaría a la isla. Y así fue como paso a paso, montado de lancha en lancha (la del aleman era la última), Alma y yo nos mojamos los pies en el Mekong del lao de Lao. El Alemán tenía unos bungalows tambien en la parte sur de la isla, y tenían casi el mismo precio que los demás sitios. Pero me enganchó a su sitio cuando me invitó a una cerveza Lao extragrande y extrafría en la única panadería de la isla, cuando ya habíamos llegado.

Y así que estaba de nuevo sobre el Mekong. Literalmente sobre el Mekong, porque el bungalow, o choza de paja que rentaba el tipo, estaba en unos pilotes sobre el río. Don Det. Un pueblo sin electricidad, sin acueducto, sin carros, sin motos, sin teléfonos, sin comunicaciones... sin problemas! Oh yeah! Un lugar para echarte en tu hamaca, y desatrasarte de los libros que no te has podido leer. De descansar merecidamente de todo este tema de conocer templos históricos y maravillosos, de conocer gente increíble, de ver puestas de sol únicas... Es una vida dura! Pero Internet es carísimo, porque la única manera de tenerlo acá es con una antena satelital y un ruidoso generador diesel de energía. Pero ahi, en el medio de la isla, me di cuenta que en realidad Internet hace del mundo la aldea global. No hay agua potable, pero hay internet, y te puedes enterar de lo que pasa al otro lado del mundo... Ah la tecnología.

Si Phan Don es la parte del mundo donde el Mekong es más ancho, aún más que en el delta del Mekong en Vietnam (que por cierto fue absurdamente grande). Acá, de orilla a orilla en temporada de lluvias, son unos 20 kilómetros. Se me ocurrió comprobar la veracidad del tipo que me decía eso haciendo un breve recorrido a nado. Pero no, mejor decidí creerle... En Don Det el Mekong se come todos los días los caminos, por el hecho de estar en temporadas altas. Así que Alma le tocó probar lo que es nadar en el Mekong, de aguas turbulentas y calientitas. También, aparte de echarte todo el día en tu hamaca, puedes ver los rápidos del Mekong, en una isla famosa por tener la cascada y rápidos más grandes del Mekong. De hecho se llama la cascada de la muerte, en Laos, porque si caes ahí, nunca más volverás a ver una puesta de sol. Y efectivamente, bajando venía un desafortunado búfalo que seguramente dio un paso en falso y trataba de mover su enorme cuerpo en el río. Pero los búfalos no son conocidos globalmente por ser unos nadadores con estilo y gracia. Así que todo su masivo cuerpo cayó en los rápidos y no se volvió a ver más. Solo más allá, a un centenar de metros se volvió a ver el bufalo. Un bulto enorme, color café, pesado y tristemente inerte.

Don Det, también es famosa por tener una panadería. Pero no es una panadería cualquiera. Construida y atendida por un tipo de Nueva Zelanda, tiene los brownies, pasteles de banano y coco y chocolata, doughnuts más deliciosas que he probado en el viaje. Caras, pero valen la pena. Me hicieron todo un adicto... O tal vez es que a punta de pho y de especialidades callejeras khmer (como arañas y sopa de sangre) han hecho que mis estándares de degustación de comida hayan bajado al punto de ser casi inexistentes. Pero el tema es que uno de los mejores puntos de Don Det es su panadería malditamente adictiva.

Luego de un par de días de completo relax, era hora de volver a la civilización. Una última visita a la panadería, y allí un par de chicas alemanas y totalmente desconocidas me hacen una pregunta insólita. Me preguntan si tengo de casualidad un sombrero. Eh... si. Y me preguntan si lo tengo grande. El sombrero. Si, claro. Y luego me explican y todo se hace claro cuando me dicen que ellas fueron las que me tiraron la botella de agua helada desde la minivan en la carretera. Y bueno, la parada técnica meramente de tipo desayuno se convirtió en una charla sobre viaje, común denominador por éstos lugares. Pero quedé con dos cosas muy importantes. Una, es que me contaron ella que querían ir a Vientiane también, pero que por la catástrofe de lluvias (catástrofe de lluvias?!?!?!??! no otra vez!!!) la carretera estaba impasables. Así que no habían ni buses ni nada. Y el servicio de aviones, claro, había duplicado el precio. O sea, no tan buenas noticias. Nuevamente los desastres naturales que han azotado de vez en cuando el viaje vienen a la mente: la helada de China, la explosion de protestas en Tibet, el ciclón en Myanmar... Pues bién, no me queda mas tiempo que tomármela bién suave, con la esperanza tal vez que cuando llegue al área devastada ya haya mejorado la condición. Bueno y la otra es que vieron mi adicción y tuvieron compasión al invitarme a mi dosis personal de pasteles de chocolate... Oh dios, bendícelas!

La próxima parada será Champasak, hogar de la antigua capital del norte del reino de Angkor, donde aún quedan las ruinas de Wat Pho Champasak, uno de los templos más sagrados de los Khmer en su época dorada.

Nuevamente a saludar a mis viejos amigos, las increíbles ruinas khmer de la época de Angkor! Oh yeah!

viernes, 22 de agosto de 2008

Adios Camboya

Stung Treng quedó siendo sinónimo para mi de ver puestas de sol en hamacas, desatrasarse de libros viejos, almorzar y cenar decenas de postres diferentes, y como postre: sopa de sangre. Pero vamos poco a poco.

Anochecía cuando llegué a Stung Treng. Los hoteles o estaban llenos, o eran muy caros. Eventualmente llegué a una guesthouse de mochileros, que había inicialmente decidido ni mirar porque estaba en el Lonely Planet, siendo equivalente a precios altos y mal servicio. Pero fue una grata sorpresa el ver que la guesthouse estaba limpia, la familia que la atendía era increiblemente amable, y los precios eran baratos: dos dólares por mi, ejem, penthouse privado, con salida a una terraza que practicamente me pedía poner mi hamaca en ella. Cosa que hice, claramente, desde bién tempranito. Lo bueno, además, es que en esa guesthouse tenían una biblioteca muy buena, con libros que podías cambiar. Renové así toda mi pequeña colección, y con horror voy notando que cada vez voy teniendo más y más libros, que me toca acomodar como puedo en las alforjas de la bici. Conté ésta vez 12 libros, entre guías y literatura de todo tipo. Pero lo bueno es que conseguí la guía de Laos, que me estaba haciendo falta... Aunque no era la última edición, al menos me servía para todo el tema de mapas y tener una idea de distancias y poblaciones.

Desayuno de campeones: pan francés con leche condensada. Luego, lectura. Almuerzo: postres!!! ya mencioné lo tanto que me gustan los postres de Camboya? unas mezclas extravagantes de vegetales, frutas, granos, azucar, leche condensada y leche de coco. Fríjoles con leche condensada y piña. Soya con manzana y espolvoreados con azucar. Bolas de tapioca rebosadas en leche de coco. Maiz cocido con azucar... hmmm..... se me hace agua la boca. Y no es por molestar, de verdad que son un gusto adquirido, y la falta de chocolate y otro tipo de dulces 'occidentales' te abren el apetito a otros sabores y texturas! Nunca me aburrí de todas las diferentes combinaciones que existían. De lo que si no me he podido acostumbrar son de los vasos de agua 'públicos'. A ver, en los mercados, y en la mayoría de restaurantes informales de Camboya (y Vietnam, hasta un punto) te ofrecen toda el agua (generalmente hervida) que te puedas tomar. El unico punto es que te la tomas en un vaso comunal o sea en el que cien, doscientas personas han tomado antes. Pero algo ha de tener esa agua, porque en los meses que llevo en esas no me he enfermado del estómago ni una sola vez! Habrá que ver a que santo le debo el milagrito! Y como ya me había saturado de dulce, busque una alternativa ligera salada, una sopa. Y encontré una sopa de noodles muy barata, a 2000 riel el plato (un cuarto de dolar). De esas me comi varias, y repetí en la cena. Solo después, la dueña de la guesthouse me dijo que esa sopa era hecha en realidad de sangre... esa era la proteína. Ugh... pero bueno... a lo hecho pecho!

La dueña del guesthouse, una menudita Camboyana, cuando le contaron que yo viajaba en bici, me mostró muy orgullosa una enorme bicicleta de touring completa con alforjas y todo, una que ni yo podría manejar comodamente. Pero ella estaba muy contenta, me decía que la manejaba a todas partes y que se la había vendido un viajero de israel que había pasado por ahí y se había quedado sin plata. Me dijo que había pagado 500 dólares, un gangazo, porque el tipo le mostró los recibos originales y costaba tres veces eso. Su sueño era también viajar por ahí, claro que quería empezar visitando ciudades cercanas y luego, quién sabe, hasta llegar a Phnom Penh! La animé diciéndole que yo llegaba de allá y que no era tan difícil. Aunque pensaba yo que con esa bicicleta enorme tal vez viajar larga distancia iba a ser un poco difícil, pero también recordaba como niños que apenas saben caminar, ya van montando en una bicicleta para personas dos o tres veces su tamaño....

En las visperas de la partida, conoci a los franceses que habia visto bajarse en el bus antes de Kratie, en la mitad de la nada. Hablando y hablando, me contaban que uno de ellos era estudiante de arqueologia Khmer (como carrera!) y hablaba Khmer perfectamente. Estaba trabajando restaurando varios templos de Angkor Wat, y ellos lo estaban visitando. La vez que los vi en la mitad de la nada era porque ellos querían conocer unas ruinas (que son tan oscuras que ni salen en los libros). Pero que fue un lugar increible, porque el arqueologo les explicaba cada roca, cada detalle, cada historia. Lo que para mi es una imágen bonita, para el arqueologo éste era un libro de historias y anécdotas... Y tiene mi misma edad! No me imagino del buen tiempo que van a pasar en Angkor Wat... donde cada roca tiene detrás una historia!

Y bueno, salida hacia el puesto de aduana de Camboya, mañana será otro día, y con suerte, ese día lo pasaré en Laos.

martes, 19 de agosto de 2008

Será que si?

Nuevamente, cuando los gallos estaban cantando (literalmente) y el sol apenas salía, yo ya había hecho check-out de la guesthouse y estaba pedaleando por la polvorienta carretera a orillas del Mekong. Pedaleando inseguramente, hay que decirlo, porque uno, la distancia a recorrer eran casi 170kms, y dos, el rumo en las páginas web de ciclistas y guías de turismo era que esa carretera era una de las peores del sureste de Asia. Aparte, estando en la temporada de lluvias, muy seguramente estaría aún en estado más deplorable... El punto positivo era que no llovía y que el día parecía mejorar cada minuto que pasaba. Además, si algo pasaba, tenía la esperanza de encontrar una lancha en el peor de los casos y que me llevara río arriba donde la carretera mejorara... El taxi-lancha! Estaba en ese tren de pensamientos inquietos, hasta que al fin me dije a mi mismo "mi mismo, relajate y disfruta... lo peor que pase es que no haya carretera, en ese caso solo hay que devolverse por la misma carretera... o que anochezca en el camino, y en ese caso es buscar un monasterio, un colegio, o un par de árboles convenientes para mi hamaca con su super mosquitero... y ya!!! cero estrés mi mismo!".

En esas andaba cuando en la ribera, a la distancia veo un bote que se aproxima lleno de turistas. La mañana ya había hecho su gloriosa aparición. Y curioso por la razón de los turistas que pasaban, seguí pendiente del bote, río arriba, cuando se detuvo al rato. Y la razón fue evidente. Eran uno de esos tours oficiales de los delfines, esos que habían pagado el ticket de entrada para ver con suerte los delfines. Y tuvieron suerte, porque más río arriba había una familia o grupo de delfines, apenas visibles, que salían de vez en cuando. Pero más suerte tuve yo porque los vi también, como un regalo de la mañana y tal vez un signo de buena fortuna? Tal vez.

El día se puso caliente y caliente, pero eso suponía yo que era mejor. Habían esporádicamente aldeas compuestas de unas cinco o seis casas, y un grupo de niños locos persiguiendote gritandote 'hellooo!!!'. Pero la carretera seguía, ahi estaba, yo estaba sobre ella. Y no empeoraba. Eventualmente, de hecho, me sorprendí cuando se fusionó con otra carretera nuevísima, que de hecho aún estaban reparando. Medio sin saber donde estaba, le pregunté a un aldeano que estaba por ahí pasando en bicicleta que si era la carretera de Stung Treng. Le repetí varias veces Stung Treng para estar seguro, y no terminar quién sabe en que remota parte en la frontera con Vietnam. Pero el tipo me dijo si si, esa es, siga mijo que va bien. O bueno, algo así supongo en Khmer, que obviamente no entendí.

Luego me contaron que los chinos estaban interesados en los recursos naturales de Camboya, particularmente los árboles y la madera. Y por eso, construyeron esa carretera tan amablemente, pero con el interés de que 1) la carretera se pagaba con madera, y 2) la misma carretera serviría como punto de contacto para el comercio entre China y Camboya, a través de Laos, en otra carretera que también fue construída con el mismo interés y finalidad. Pero por lo pronto estaba yo contentísimo de que mi principal miedo se desvanecía. Ahora solo quedaba el reto mental (y físico!) de llegar vivo a Stung Treng luego de todo ese kilometraje...

Pero increiblemente las horas fueron pasando rapido, una tras otra. No pensaba mucho en nada, solo en pedalear, en el camino, en el río. Lo curioso es que cuando pensaba o recordaba algo, o me quedaba sumido en cualquier reflexión de ese estilo, el tiempo parecía demorarse más... La mente funciona bien extraño!

En el camino, además, me encontré con gente bastante particular con historias interesantes que se acercaron por curiosidad, a practicar su inglés. En la mitad del camino, me encontré con un tipo que me contó su historia cuando fue tomado prisionero por el Khmer Rouge, por allá hace unas pocas décadas, cuando era apenas un niño. Toda su familia murió de hambre o fue asesinada por el régimen, menos su hermana mayor. Pero con el paso de los años, a su hermana no le fue tan bién como al resto de los sobrevivientes de camboya... Ella enloqueció, perdió la razón. Y como en Camboya de postguerra no había un hospital psiquiatrico en cada aldea o ciudad intermedia, le tocó hacer lo que hacían con éstas personas y era amarrarla en los confines de la casa, para que no se hiciera daño ni a ella ni a los demás. Y tampoco que la vieran los aldeanos, porque eso sería perder cara incurablemente en Camboya. Hace un mes, su hermana se quitó la vida. Y por eso el tipo empacó lo que tenía, vendió lo que le sobraba, y compró una moto y se fué al otro lado del país, a buscar mejor suerte. El tipo me contó la historia como quién cuenta algo que ya pasó, con apenas un poco de tristeza en la cara. Nada de dramatismos, nada de novelas venezolanas. Solamente el deseo de dejar las cosas atrás y comenzar una nueva vida. Lejos de todo el sufrimiento y recuerdos malos. Empezar de cero. El tipo luego de hablar un par de banalidades más, me deseó la mejor de las suertes y me despidió con una gran sonrisa, dejándome sumido en todos esos pensamientos de muerte, guerra, vida y nuevos comienzos, sumido de pies a cabeza mientras veía el tipo alejándose en una barata moto china, con una maletita amarrada precariamente atrás.

Más adelante, en el camino, había al lado una bomba enorme, gigante, de esas soltadas por los gringos estadounidenses en la guerra de vietnam. En esa guerra en la que juraban que nunca atacaron el suelo de Camboya. Y había una tienda al lado. Pues bién que aprovechando para descansar un poco y ver la bomba de cerca, me detuve en la tienda esa. Había una pareja de campesinos atendiendo el rancho, con dientes amarillos y algunos faltantes. El tipo me pregunto que si yo era "America", "no señor, un paisito olvidado de dios por allá en Suramerica, Co-lom-bi-a, Colombia a mucho honor". El tipo se rió y me señaló la bomba, y luego el cielo azul. "America" me dijo. Y luego, haciendo el gesto universal de muerte que es pasar la mano como cuchillo invisible en el cuello, dice "America". Esa sola palabra, acompañada de los gestos, dijo infinitamente más acerca de lo que sienten los campesinos inocentes que cualquier discurso político. Había una inscripción en la bomba, que decía que tipo de bomba era y que un aldeano la había encontrado unos años antes, en su terreno. Y la había encontrado viva, es decir, con carga explosiva lista para detonar. Souvenirs macabros que todavía están regados por una estúpida guerra, de esas guerras que aún hoy mismo estamos financiando día a día...

Tantas historias difíciles e increíbles, pero lo más increíble es que la gente todavía está alegre... tienen una sonrisa en sus labios, viven el día y esperan un buen futuro. Una lección de vida para mi, occidental, que en teoría tenemos de todo, pero vivimos insatisfechos... En fin.

Eventualmente habían señales de que me acercaba a Stung Treng. Más letreros, más autos, más de eso que llamamos civilización. Y en esas, me pasaron despacio tres motos llenas de chicas (ja!) que miraban atrás cuando me pasaron. Al rato, hicieron una U y se devolvieron y una de ellas, en casi perfecto inglés empezó conversa tranquila. Lo de siempre, que de donde eres, que donde vas, que como te parece Camboya... Los rigores de conocerse. Resulta que eran ellas compañeras de colegio, que iban a visitar a los padres de una que les había invitado a cenar. Todas sabían hablar inglés, muy pero muy bién. Cortesía de una buena educación, aún en la mitad de la nada. Pero me decían, que su sueño era estudiar medicina, otra que ingeniería, otra que política. Pero el común era que sabían que no lo lograrían porque universidades eran unicamente para la élite de las grandes ciudades, personas que tenían dinero suficiente para gastar... Cuando me empecé a poner medio triste, ellas igual dijeron, pero no hay problema, esa es nuestra realidad, igual estamos buscando becas y todo lo que sea para lograr estudiar en la universidad. Las estudiantes iban a la misma velocidad que yo iba, menos de unos 20kmh, y estuvimos conversando por una media hora. Hasta que una me dijo que una chocita al lado de la carretera era la casa de sus padres y que me deseaba lo mejor. Me sugirió un par de hoteles (baratos por favor!!) en Stung Treng, y me dijo que tal vez nos veríamos al otro día. No las ví más.

Y pasadas un par de horas finalmente llegué a Stung Treng, mi último paso en Camboya.

domingo, 17 de agosto de 2008

No way, José

El trayecto hacia Skun fué repetitivo, porque ya había pasado por ahí hacía unas semanas en camino a Siem Reap. Los mismos campos de arroz, las mismas palmeras de azucar, los mismos cielos de colores increíbles, los mismos niños que te gritan 'hello! hello!' cuando pasas. Pero la sensación era diferente. Unas semanas antes sentías que era la bienvenida a Camboya, ahora sientes que es la despedida. En Skun efectivamente estaba la misma guesthouse, con el mismo señor que se acordó de mi y me dió un descuento. Y ésta vez, armado de valor si me dí el desayuno de tarántula asada antes de salir al otro d'ia... Y debo decir que sabe... crocante. Como cuando asas mucho algo, pierde el sabor verdadero y queda sabiendo a ... chamuscado!

De Skun a Kompong Cham se tarda uno unas tres horas. Salí de Skun antes que el sol saludara a la mañana, rumbo a Kompong Cham, y llegando se ve que es una ciudadcita tranquila, pacifica. A orillas del Mekong, tiene todo el caracter de lo que uno se imagina ser un pueblo costero en Cambodia... barcas se mecen con la corriente, lanchas pasan esporadicamente perezosamente, pescadores pasan todo el día mirando sus redes... Tiene además influencia notablemente francesa en los edificios viejos que se derrumban poquito a poco. Apenas tenía el tiempo para tomar agua helada (una bendición para el ciclista!), porque el camino me debería llevar a un pueblito intermedio o tal vez hasta Kratie, más de cien kilómetros más lejos.

Salí entonces apresurado de Kompong Cham, por la carretera 'corta', esta es la que bordea el río. Aunque me habían dicho que era difícil, no importaba, lo importaba era que tenía tiempo y motivación. Pero eventualmente, la carretera se fue volviendo más salvaje y desierta, hasta un momento en que se la tragó el río! aaaSi, no había manera de continuar, la carretera se convirtió en el Mekong. Uno para el otro. Y no habiendo otra carretera secundaria, entendí a las malas que en Camboya, una carretera difícil no tiene el mismo concepto que yo le podría dar... Y claro, resulta que como estamos en monsón, el río se crece varios metros y se traga campos, carreteras, de todo lo que se le aparezca!

Con el rabo entre las piernas vuelve el perro arrepentido... Media vuelta, nada que hacer. De vuelta en Kompong Cham a buscar alternativas, y la más lógica era simplemente tomar un bus, empacar la bici, y tomar la ruta laaaaarga hacia Kratie, la ruta que se metía en las montañas y se tardaba un buen tiempo. En el bus estuve charlando un buen rato con un tipo de Camboya que iba a visitar a su familia y hablaba un inglés decente, y una doctora japonesita que estaba voluntariando en un hospital de Kratie. Pero tenía más apariencia de colegiala tímida, para ser sincero. En la mitad de la nada, unos franceses se bajaron ante la mirada incrédula de todo el mundo, y empezaron a caminar en un camino destapado, que llevaba a ninguna parte... Pobres, ojalá no se lo coman los tigres ni las culebras!

Y eventualmente llegamos a Kratie, otra población a orillas del Mekong. Ésta ciudad es famosa por ser casa de los delfines Irawaddy, o aquellos que son de agua dulce. Hay pocos en el mundo, con números que llegan a menos de mil. Y este es uno de los pocos lugares que se pueden ver, lo que hace al sitio una especie de lugar de peregrinación de los ecologistas... o de los mochileros que tienen que detenerse ahí para cambiar el bus y deciden que no hay nada mejor que hacer que pagar 15 dólares y ver los delfines en un tour oficial. 15 dólares...!!! Por ver el río!!!!! Y es otro de los lugares en que se ven la pesadilla del precio doble... Los locales pagan una cosa, una décima parte del precio que pagan los extranjeros. Pero bueno, soy un invitado en éste pais y no tengo derecho de decir nada... Lo bueno del lugar es que tiene una plaza de mercado interesante, con todo tipo de comidas. Particularmente me volví adicto a los dulces de Camboya, de esos que abundan en leche de coco y khao niaw, o sticky rice o arroz pegajoso...!! Ah y las bananas fritas... Mama mía!!!!!

Traté también de reparar las alforjas o maletas de la bici, porque estaban seriamente averiadas. Pero en ninguna parte encontré un sastre que reparara cremalleras... Si señor, las cremalleras son todo un lujo en las ciudades secundarias en Camboya.

Pero la quedada no fue del todo inútil en Kratie: me regaló además una de las puestas de sol más increíbles del viaje.

Mañana, otra historia: a comerme los casi 170 kilómetros que separan a Kratie de Stoung Treng, por una de las supuestamente peores carreteras de toda Asia... Ya veremos!

jueves, 14 de agosto de 2008

Del cielo a la tierra

Si bién Angkor Wat a una decena de kilómetros es el cielo, no es sino volver a Siem Reap para darse en la cara con todas las banalidades del mundo terrenal. Para no entrar en detalles, solo diré que el peor incidente que he tenido en el viaje pasó en Siem Reap, relacionado con estafas, policías corruptos y violentos, choferes de tuk tuk ladrones, y unos dólares a los que les dió por pasear fuera de mis bolsillos. Pero aparte de un buen susto, afortunadamente nada pasó a mayores. Camboya, camboya, tan bonita que eres pero a veces tan difícil de pasar...

Luego de toda la magia y misticismo de las ruinas de los templos de Angkor, pues era tiempo de volver nuevamente a la capital, a Phnom Penh. Estaba en la disyuntiva de si continuar más hacia el sur, hacia Sihanoukville y sus playas, o si tomar carretera hacia el norte, hacia la frontera con Laos y sus temidos caminos que según la Lonely Planet, están en el Top 3 de los peores caminos de Asia. Nada alentador. Como para volver a la capital era el mismo camino que ya había hecho en bicicleta, pues no había mucho sentido en repetirlo. Así que por un dólar de más la pude subir en el bus que en tan solo algunas horas hizo el mismo recorrido que me tardó 4.... días!

De cualquier manera, lo primero que había que hacer en Phnom Penh era hacer las vueltas de la visa de Laos, porque si bién milagrosamente en teoría la podía sacar en la frontera, para la frontera alejada y pequeña por la que pretendía cruzar, no prestaban éste servicio... Vaya suerte. Así que un par de días en Phnom Penh se agotaron en los trámites de otra visa, otra página menos en el pasaporte (que por cierto se me está acabando nuevamente). Y aparte de visitar otros sitios de menor interés, éstos días en Phnom Penh tuvieron sabor a despedida, porque después de casi 1,000 kilómetros de recorrido codo a codo, el equipo Colombo-Belga se despide porque Dryan parte hacia el oeste, hacia Tailandia donde se va a encontrar con su hermano y novia que pasan de visita, y yo pues sigo mi recorrido hacia Laos, país del que tan bién me han hablado. Así que fueron las últimas beerlao, la última rumba, la última comida en la plaza y la última despedida sin palabras que sobran. Dryan viejo, la mejor de las suertes en todos tus viajes, si es que llegás a leer ésto. Fue un honor viajar con vos.

Ahora, la carretera espera, el día está soleado y es tiempo de seguir. Próxima estación, de nuevo Skun, donde espero esta vez comer mi desayuno de tarántula, antes de seguir a Kompong Cham y Kratie, casi las últimas ciudades antes de llegar a Laos.

martes, 12 de agosto de 2008

Angkor Wat

Por más que uno se esfuerce, las palabras haacen fala para describir lo increíble que es Angkor Wat, el complejo religioso más grande y tal vez majestuoso del mundo. Muchas personas antes me dijeron: «Dejá a Angkor Wat para el final, porque luego de Angkor, los demás templos palidecerán en comparación». Y la verdad, eso no fué muy alejado de la realidad.

Por eso que una imágen vale más que mil palabras, acá dejo algunas de las mejores. Y por cierto, hay más imágenes, muchas más en mi flickr.





domingo, 10 de agosto de 2008

Llegando a Siem Reap

Luego de unos días en Phnom Penh ahora me encuentro en Siem Reap, llegado la noche pasada. El trayecto desde la capital hasta acá fué bonito e interesante, con algunas paradas en pueblitos olvidados por dios y por el mundo. En uno de esos nos tocó la manifestación política de todos los partidos, porque justo cayó día de elecciones cuando estábamos en la carretera, y absolutamente todo el mundo salió uniformado con las gorras y camisetas de su partido preferido a gritar consignas a las calles. Y no es para más, porque en la historia de Camboya solo han tenido una elección popular... La democracia es algo nuevo por éstas tierras!

En total, desde Phnom Penh, fueron 300km hechos en 4 días. Lo único verdaderamente jodido fué un increíble viento de cara que nos viene persiguiendo desde Vietnam... Y con el viento vienen las tempestades también, una de ellas se convirtió en pesadilla e hizo que nos tocara buscar albergue en una casa en construcción, poniendo las hamacas y pasando la noche nuevamente en el camino, bajo las estrellas. Como siempre, la gente en los campos es espectacular, te invitan permanentemente a tomar el té con ellos, a hablar sin poder entender, a compartir algunos instantes de sus vidas con esos extranjeros que van viajando en bicicleta...

Así conocimos a un grupo de artistas que tenían su casa estilo country en medio de un enorme campo de arroz. La barrera de siempre era el idioma, pero con su buena actitud y con su arte nos pudimos comunicar. Tenían esculturas y figuras talladas en madera y en coco, de todas las maneras y formas. Increíble encontrar eso en éste lugar, tan alejado de los centros de las ciudades, de la civilización, de las galerías de arte que conocemos. Pero las sorpresas no terminaban ahí... Me invitaron al segundo piso, donde por más increíble que pareciera, había una batería, unas guitarras eléctricas, bajos, y un rudimentario estudio de grabación. Aparte, resultamos estar en la casa de unos músicos... Ahi tratamos de convencerlos para que tocaran algo de música. Ellos muy humildes dijeron que no, que no tocaban bién, que que pena... pero eventualmente lo hicieron, un par de improvisaciones animadas de buen ritmo!

Ese día seguimos empujando, hasta que como era de esperarse, otra de las tormentas que saludan cuando la tarde se está acabando se dignó en aparecer. Acampamos temporalmente de nuevo en cualquier choza al lado de la carretera, cuando unos tipos se acercaron a una camioneta blanca, llena de insignias del partido político líder en Camboya, que estaba parqueada en una lujosa casa a una decena de metros más adelante. Que para donde íbamos... En últimas el hombre se ofreció a llevarnos a nosotros, con bicicletas y todo, al pueblo al que queríamos ir y dejarnos por ahí derecho en un albergue baratuelo, de esos que tanto me gustan! jajajaj.. Y bueno, en el camino nos dimos cuenta que dentro de la camioneta (que tenía hasta el increíble lujo de aire acondicionado!) había una cantidad de publicidad política... Cuando le preguntamos que que estaba haciendo, o quién era, nos comentó que era el gobernador de la provincia y que estaba terminando ya con todo el tema de su campaña... Y bueno, ahí nos fuimos conversando de nada un poco. Porque, que se conversa con un gobernador? El belga se consiguió por ahi derecho una bandera enorme de Camboya, para adornar su bici. Pero bién, el tipo se portó muy bién con nosotros, hizo de buen samaritano y nos dejó como prometió en un hotelito con tarifa especial para nosotros... Para que luego no digan que tengo amigos influentes carajo, tengo influencias con el gobernador de Kompong Thom, Cambodia, por si alguien necesita algo!!!

Y bueno, eventualmente llegamos a Siem Reap, ciudad llena de tuk tuks, turistas y hoteles. Sieam Reap, una ciudad polvorienta y un poco sucia, que crece desbordadamente impulsada por los dólares del turismo. Y la única razón de yo estar acá, es sencillamente que a unos cuantos kilómetros están las gloriosas ruinas de Angkor Wat, el complejo religioso más grande del mundo y que aún teniendo más de un milenio de historia trás de sí, sigue asombrando a todos los visitantes que logran llegar aquí... El plan es entonces pagar el tiquete de 3 días (40 dolorosos dólares) para tener tiempo suficiente de recorrerla sin afán. Ya veremos!

viernes, 8 de agosto de 2008

Palacios, Prisiones, Phnom Penh

Los días pasaron en Phnom Penh literalmente entre palacios y prisiones, entre los más gloriosos vestigios de un poderío real en la historia, hasta los más espeluznantes y deprimentes hechos que marcaron la noche más oscura, la pesadilla más fuerte que han vivido los Camboyanos hasta la época.

Del esplendor de la gloriosa civilización Khmer (o Jemer, en nuestro amado idioma español), quedan notables vestigios en la arquitectura tradicional del Museo Nacional, o en el majestuoso Palacio Real, en sus cientos de objetos y obras de arte, en los templos llenos de Budas y pinturas religiosas, en los monumentos que de vez en cuando se ven en la calle. Pero también se ven las consecuencias de un país que ha sido atormentado, diezmado por la guerra reciente: pobreza rayando en la extrema miseria, desempleo, corrupción, inseguridad y epidemias. Es triste ver a decenas de niños y ancianos con apenas carne en su piel al lado de lujosos Lexus, Mercedes y Hummers último modelo, conducidos con certeza por miembros de la elite de un gobierno ultra corrupto que se ha alimentado de su sangre, de su dolor, de su miseria... Y es que una de las cosas que más me impactó fué la cantidad de carros extremamente lujosos y de últimos modelos en Camboya, un país verdaderamente pobre y donde el contraste se nota más. Sobretodo porque ni en Vietnam, ni en China vi tantos carros como esos circulando por las calles, y esos paises hoy en día gozan de condiciones muchísimo más favorables que las que sufren los Camboyanos... En fin.

Pero antes un poco de historia reciente, porque me imagino que para algunos la historia de Camboya es tan desconocida y ajena como para mi hace unos meses. Son de esas cosas que no te enseñan muy bién en el salón de clases. Como decía en un post anterior, hace algunas décadas en Camboya ocurrió uno de los peores masacres, genocidios de los últimos tiempos. Los autores de semejante matanza indiscriminada fueron los Khmer Rouges (Jemeres Rojos), cuando trataron de instaurar a la fuerza un régimen comunista radical en Camboya. En el '75, el ejército rojo entró a la capital luego de tomarse gran parte del territorio. Su misión era derrocar al corrupto gobierno existente e instaurar un comunismo basado en el modelo chino, pero totalmente radical y netamente agrario. En años que vinieron el mundo fue testigo mudo de un genocidio que acabó con casi la mitad de la población del país, particularmente aquellos que vivían en la ciudad o tenían un mínimo de educación. Los criterios para asesinarte podían ser tan simples como saber leer, saber hablar otro idioma, tener las manos delicadas, tener un bonito reloj, tener gafas... Todas las personas en Phnom Penh fueron obligadas a retirarse de la ciudad y trabajar en campos de concentración, liderados por los antiguos campesinos de la región, adoctrinados en el nuevo régimen (conocidos como gente vieja). La individualidad fue cancelada, todo el mundo hacia parte del colectivo. La educación, la religión, la tecnología eran consideradas como plagas sucias y aquellos que tuvieran algo que ver con ello, eran asesinados. El dinero dejó de funcionar de la noche a la mañana, al igual que la propiedad privada de la gente. El maltrato, la tortura, el hambre, pestes y el exterminio eran cosa de todos los días. Y así Cambodia se desangró, se mutiló, se pudrió por tres largos años, hasta que los Khmer Rouge decidieron hacer la guerra con Vietnam, y éstos, curtidos por tantos años en su propia guerra, en tan solo unos días derrocaron el gobierno de los Khmer Rouge y liberaron a sus campos de concentración. Todo ésto sin que los gobiernos occidentales hicieran nada, dijeran nada, ayudaran nada... Porque para las grandes potencias, se hicieron la masturbación mental de que los Khmer Rouge eran los buenos, los legitimizados en el poder, los que luchaban por el pueblo... Solo para no tener que enlodarse las manos con tan penoso incidente y estar en riesgo de poner en juego su popularidad golpeada por los fracasos de las guerras de Vietnam e Indochina.

Uno de los lugares que te pone a pensar en Phnom Penh y en su pasado es justamente la prisión Tuol Sleng o S-21... Inicialmente era un colegio, pero que fué adecuado como centro de torturas y prisión. De los más de 17,000 'prisioneros' que entraron a ese lugar, ninguno salió con vida. Era una maquinaria, al mejor estilo Nazi, de exterminio. Cuando la capital yacía desierta porque sus habitantes fueron forzados a trabajar en el campo, éste era el sitio más ocupado, con más movimiento, los verdugos, los torturadores no descansaban por la noche... Hoy en día es un museo del genocidio, lleno de miles de fotos de niños, mujeres y hombres que te miran con tristeza, desde más allá del lente, desde más allá de la vida. Gente que vivió sus últimos días desesperados en esas paredes que antes sirvieron para enseñar a los más pequeños, esas mismas paredes en la que ellos antes jugaban a las escondidas.

Lo más desgarrante es que la prisión está virtualmente en el mismo estado en el que fué encontrada hace un par de décadas. Las mismas manchas de sangre en el suelo. Las mismas camas sucias, llenas de arañazos y cicatrices de aquellas luchas desesperadas por la vida. Los mismos alambres de púas por todas partes que impedía que la gente se suicidara lanzándose al vacío desde el último piso. Los mismos implementos de tortura están despárramados por ahí dejando un mudo testimonio de lo bajo que puede llegar la humanidad.

Esa tarde fue una tarde silenciosa, dura, difícil. Una sacudida bestial que la historia te dá, para ponerte a pensar.

Y afuera, unos niños jugaban con una especie de pelota, similar al fuchi, para mantenerla en el aire. En ellos está tal vez la esperanza de un pueblo que ha sufrido más derrotas de las que se acuerda, y muchas de ellas han sido en el pasado reciente... Cicatrizar, sanar, ilusionarse y seguir adelante con la vida, con optimismo, con una sonrisa, con fé...

lunes, 4 de agosto de 2008

Desde Phnom Penh

Llegar a Camboya desde Vietnam en realidad es como entrar en casa luego de un día caliente y estresante, quitarse las sandalias, y mirar el atardecer. Ver como todo se mueve lento, lento, sin afán y con un ritmo tranquilo. Ver a los niños jugar, y a los búfalos jugar también en el agua, en las plantaciones de arroz. Ver como luego cae el sol y llega la hora de dormir, porque en el campo no hay corriente eléctrica...

En éste momento, estoy sentado en un café internet en la ciudad capital de Phnom Penh. Un par de motocicletas somnolientas pasan lenta, lentamente, con sus conductores tan solo matando el tiempo. Los ventiladores sobre mi cabeza son bastante ruidosos y no muy efectivos: hace un calor de los mil demonios, pero todo está bién, estoy en Camboya, estoy vivo, estoy feliz.

Camboya es tal vez el país más pobre de Asia, apenas recuperandose de toda su pesadilla con Pol Pot y el nefasto Khmer Rouge, regimen que hace apenas unas decadas acabó en tan solo tres años con la mitad de población de Cambodia, especialmente con las personas de la ciudad, los trabajadores, estudiantes y monjes. Todo esto en honor a la Revolución Comunista, el perfecto ejemplo de un ideal mal, terriblemente ejecutado. Y lo peor, fue que toda esta masacre, este exterminio, fue ignorado por los países desarrollados en esa época, que prefirieron hacerse los de la vista gorda a meterse con otro problema en Indochina.

Por todo éste genocidio, Camboya tiene un altísimo porcentaje de población jóven, por la sencilla razón de que los mayores de 30 años fueron aniquilados sistemáticamente a finales de los 70 por Pol Pot y sus secuaces. Y lo que es más extraño y macabro en cierta manera, es que como no se llevaron a cabo ningún tipo de tribunales o juicios de guerra para aquellos culpables y se declaro amnistía a aquellos que asesinaban años atrás, se declaro perdón a los que torturaban. Es decir, en los campos están los sobrevivientes y los asesinos, viviendo codo a codo... Es más, el presidente actual de Cambodia fué un guerrero para el Khmer Rouge, y lidera uno de los gobiernos más corruptos en toda Asia. En una semana serán las elecciones, y es un secreto a viva voz que nuevamente el será declarado presidente, porque tiene todo el dinero y maquinaria política detrás de el...

Pero por otra parte, Cambodia es un pais espectacular, lleno de gente bonita, optimista, ­­­­­­­­de buen corazon, con ilusiones, que trata de sanar su pasado y ademas, bendecidos por tierras espectaculares. En Camboya puedes sentir la diferencia en las personas, en el ambiente. Todo es más relajado, la gente más amable. Todo es más aventura y vivencia que hacer negocio, el cual es el caso con Vietnam. En realidad, mientras más días paso en éste país, más lo disfruto.

Hoy fué un día de descanso, de ver el atardecer en el Lakeside y comer chucherías occidentales que ya hacían algo de falta. Necesario para recuperar las energías perdidas ayer, en todos esos kilómetros que nos comimos bajo la lluvia llegando a Phnom Penh. En éstos días, supongo que vamos a tomarnos el tiempo y visitar la ciudad, esa ciudad extraña, llena de constrastes, que se reinventa a si misma todos los días.