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martes, 19 de agosto de 2008

Será que si?

Nuevamente, cuando los gallos estaban cantando (literalmente) y el sol apenas salía, yo ya había hecho check-out de la guesthouse y estaba pedaleando por la polvorienta carretera a orillas del Mekong. Pedaleando inseguramente, hay que decirlo, porque uno, la distancia a recorrer eran casi 170kms, y dos, el rumo en las páginas web de ciclistas y guías de turismo era que esa carretera era una de las peores del sureste de Asia. Aparte, estando en la temporada de lluvias, muy seguramente estaría aún en estado más deplorable... El punto positivo era que no llovía y que el día parecía mejorar cada minuto que pasaba. Además, si algo pasaba, tenía la esperanza de encontrar una lancha en el peor de los casos y que me llevara río arriba donde la carretera mejorara... El taxi-lancha! Estaba en ese tren de pensamientos inquietos, hasta que al fin me dije a mi mismo "mi mismo, relajate y disfruta... lo peor que pase es que no haya carretera, en ese caso solo hay que devolverse por la misma carretera... o que anochezca en el camino, y en ese caso es buscar un monasterio, un colegio, o un par de árboles convenientes para mi hamaca con su super mosquitero... y ya!!! cero estrés mi mismo!".

En esas andaba cuando en la ribera, a la distancia veo un bote que se aproxima lleno de turistas. La mañana ya había hecho su gloriosa aparición. Y curioso por la razón de los turistas que pasaban, seguí pendiente del bote, río arriba, cuando se detuvo al rato. Y la razón fue evidente. Eran uno de esos tours oficiales de los delfines, esos que habían pagado el ticket de entrada para ver con suerte los delfines. Y tuvieron suerte, porque más río arriba había una familia o grupo de delfines, apenas visibles, que salían de vez en cuando. Pero más suerte tuve yo porque los vi también, como un regalo de la mañana y tal vez un signo de buena fortuna? Tal vez.

El día se puso caliente y caliente, pero eso suponía yo que era mejor. Habían esporádicamente aldeas compuestas de unas cinco o seis casas, y un grupo de niños locos persiguiendote gritandote 'hellooo!!!'. Pero la carretera seguía, ahi estaba, yo estaba sobre ella. Y no empeoraba. Eventualmente, de hecho, me sorprendí cuando se fusionó con otra carretera nuevísima, que de hecho aún estaban reparando. Medio sin saber donde estaba, le pregunté a un aldeano que estaba por ahí pasando en bicicleta que si era la carretera de Stung Treng. Le repetí varias veces Stung Treng para estar seguro, y no terminar quién sabe en que remota parte en la frontera con Vietnam. Pero el tipo me dijo si si, esa es, siga mijo que va bien. O bueno, algo así supongo en Khmer, que obviamente no entendí.

Luego me contaron que los chinos estaban interesados en los recursos naturales de Camboya, particularmente los árboles y la madera. Y por eso, construyeron esa carretera tan amablemente, pero con el interés de que 1) la carretera se pagaba con madera, y 2) la misma carretera serviría como punto de contacto para el comercio entre China y Camboya, a través de Laos, en otra carretera que también fue construída con el mismo interés y finalidad. Pero por lo pronto estaba yo contentísimo de que mi principal miedo se desvanecía. Ahora solo quedaba el reto mental (y físico!) de llegar vivo a Stung Treng luego de todo ese kilometraje...

Pero increiblemente las horas fueron pasando rapido, una tras otra. No pensaba mucho en nada, solo en pedalear, en el camino, en el río. Lo curioso es que cuando pensaba o recordaba algo, o me quedaba sumido en cualquier reflexión de ese estilo, el tiempo parecía demorarse más... La mente funciona bien extraño!

En el camino, además, me encontré con gente bastante particular con historias interesantes que se acercaron por curiosidad, a practicar su inglés. En la mitad del camino, me encontré con un tipo que me contó su historia cuando fue tomado prisionero por el Khmer Rouge, por allá hace unas pocas décadas, cuando era apenas un niño. Toda su familia murió de hambre o fue asesinada por el régimen, menos su hermana mayor. Pero con el paso de los años, a su hermana no le fue tan bién como al resto de los sobrevivientes de camboya... Ella enloqueció, perdió la razón. Y como en Camboya de postguerra no había un hospital psiquiatrico en cada aldea o ciudad intermedia, le tocó hacer lo que hacían con éstas personas y era amarrarla en los confines de la casa, para que no se hiciera daño ni a ella ni a los demás. Y tampoco que la vieran los aldeanos, porque eso sería perder cara incurablemente en Camboya. Hace un mes, su hermana se quitó la vida. Y por eso el tipo empacó lo que tenía, vendió lo que le sobraba, y compró una moto y se fué al otro lado del país, a buscar mejor suerte. El tipo me contó la historia como quién cuenta algo que ya pasó, con apenas un poco de tristeza en la cara. Nada de dramatismos, nada de novelas venezolanas. Solamente el deseo de dejar las cosas atrás y comenzar una nueva vida. Lejos de todo el sufrimiento y recuerdos malos. Empezar de cero. El tipo luego de hablar un par de banalidades más, me deseó la mejor de las suertes y me despidió con una gran sonrisa, dejándome sumido en todos esos pensamientos de muerte, guerra, vida y nuevos comienzos, sumido de pies a cabeza mientras veía el tipo alejándose en una barata moto china, con una maletita amarrada precariamente atrás.

Más adelante, en el camino, había al lado una bomba enorme, gigante, de esas soltadas por los gringos estadounidenses en la guerra de vietnam. En esa guerra en la que juraban que nunca atacaron el suelo de Camboya. Y había una tienda al lado. Pues bién que aprovechando para descansar un poco y ver la bomba de cerca, me detuve en la tienda esa. Había una pareja de campesinos atendiendo el rancho, con dientes amarillos y algunos faltantes. El tipo me pregunto que si yo era "America", "no señor, un paisito olvidado de dios por allá en Suramerica, Co-lom-bi-a, Colombia a mucho honor". El tipo se rió y me señaló la bomba, y luego el cielo azul. "America" me dijo. Y luego, haciendo el gesto universal de muerte que es pasar la mano como cuchillo invisible en el cuello, dice "America". Esa sola palabra, acompañada de los gestos, dijo infinitamente más acerca de lo que sienten los campesinos inocentes que cualquier discurso político. Había una inscripción en la bomba, que decía que tipo de bomba era y que un aldeano la había encontrado unos años antes, en su terreno. Y la había encontrado viva, es decir, con carga explosiva lista para detonar. Souvenirs macabros que todavía están regados por una estúpida guerra, de esas guerras que aún hoy mismo estamos financiando día a día...

Tantas historias difíciles e increíbles, pero lo más increíble es que la gente todavía está alegre... tienen una sonrisa en sus labios, viven el día y esperan un buen futuro. Una lección de vida para mi, occidental, que en teoría tenemos de todo, pero vivimos insatisfechos... En fin.

Eventualmente habían señales de que me acercaba a Stung Treng. Más letreros, más autos, más de eso que llamamos civilización. Y en esas, me pasaron despacio tres motos llenas de chicas (ja!) que miraban atrás cuando me pasaron. Al rato, hicieron una U y se devolvieron y una de ellas, en casi perfecto inglés empezó conversa tranquila. Lo de siempre, que de donde eres, que donde vas, que como te parece Camboya... Los rigores de conocerse. Resulta que eran ellas compañeras de colegio, que iban a visitar a los padres de una que les había invitado a cenar. Todas sabían hablar inglés, muy pero muy bién. Cortesía de una buena educación, aún en la mitad de la nada. Pero me decían, que su sueño era estudiar medicina, otra que ingeniería, otra que política. Pero el común era que sabían que no lo lograrían porque universidades eran unicamente para la élite de las grandes ciudades, personas que tenían dinero suficiente para gastar... Cuando me empecé a poner medio triste, ellas igual dijeron, pero no hay problema, esa es nuestra realidad, igual estamos buscando becas y todo lo que sea para lograr estudiar en la universidad. Las estudiantes iban a la misma velocidad que yo iba, menos de unos 20kmh, y estuvimos conversando por una media hora. Hasta que una me dijo que una chocita al lado de la carretera era la casa de sus padres y que me deseaba lo mejor. Me sugirió un par de hoteles (baratos por favor!!) en Stung Treng, y me dijo que tal vez nos veríamos al otro día. No las ví más.

Y pasadas un par de horas finalmente llegué a Stung Treng, mi último paso en Camboya.

viernes, 8 de agosto de 2008

Palacios, Prisiones, Phnom Penh

Los días pasaron en Phnom Penh literalmente entre palacios y prisiones, entre los más gloriosos vestigios de un poderío real en la historia, hasta los más espeluznantes y deprimentes hechos que marcaron la noche más oscura, la pesadilla más fuerte que han vivido los Camboyanos hasta la época.

Del esplendor de la gloriosa civilización Khmer (o Jemer, en nuestro amado idioma español), quedan notables vestigios en la arquitectura tradicional del Museo Nacional, o en el majestuoso Palacio Real, en sus cientos de objetos y obras de arte, en los templos llenos de Budas y pinturas religiosas, en los monumentos que de vez en cuando se ven en la calle. Pero también se ven las consecuencias de un país que ha sido atormentado, diezmado por la guerra reciente: pobreza rayando en la extrema miseria, desempleo, corrupción, inseguridad y epidemias. Es triste ver a decenas de niños y ancianos con apenas carne en su piel al lado de lujosos Lexus, Mercedes y Hummers último modelo, conducidos con certeza por miembros de la elite de un gobierno ultra corrupto que se ha alimentado de su sangre, de su dolor, de su miseria... Y es que una de las cosas que más me impactó fué la cantidad de carros extremamente lujosos y de últimos modelos en Camboya, un país verdaderamente pobre y donde el contraste se nota más. Sobretodo porque ni en Vietnam, ni en China vi tantos carros como esos circulando por las calles, y esos paises hoy en día gozan de condiciones muchísimo más favorables que las que sufren los Camboyanos... En fin.

Pero antes un poco de historia reciente, porque me imagino que para algunos la historia de Camboya es tan desconocida y ajena como para mi hace unos meses. Son de esas cosas que no te enseñan muy bién en el salón de clases. Como decía en un post anterior, hace algunas décadas en Camboya ocurrió uno de los peores masacres, genocidios de los últimos tiempos. Los autores de semejante matanza indiscriminada fueron los Khmer Rouges (Jemeres Rojos), cuando trataron de instaurar a la fuerza un régimen comunista radical en Camboya. En el '75, el ejército rojo entró a la capital luego de tomarse gran parte del territorio. Su misión era derrocar al corrupto gobierno existente e instaurar un comunismo basado en el modelo chino, pero totalmente radical y netamente agrario. En años que vinieron el mundo fue testigo mudo de un genocidio que acabó con casi la mitad de la población del país, particularmente aquellos que vivían en la ciudad o tenían un mínimo de educación. Los criterios para asesinarte podían ser tan simples como saber leer, saber hablar otro idioma, tener las manos delicadas, tener un bonito reloj, tener gafas... Todas las personas en Phnom Penh fueron obligadas a retirarse de la ciudad y trabajar en campos de concentración, liderados por los antiguos campesinos de la región, adoctrinados en el nuevo régimen (conocidos como gente vieja). La individualidad fue cancelada, todo el mundo hacia parte del colectivo. La educación, la religión, la tecnología eran consideradas como plagas sucias y aquellos que tuvieran algo que ver con ello, eran asesinados. El dinero dejó de funcionar de la noche a la mañana, al igual que la propiedad privada de la gente. El maltrato, la tortura, el hambre, pestes y el exterminio eran cosa de todos los días. Y así Cambodia se desangró, se mutiló, se pudrió por tres largos años, hasta que los Khmer Rouge decidieron hacer la guerra con Vietnam, y éstos, curtidos por tantos años en su propia guerra, en tan solo unos días derrocaron el gobierno de los Khmer Rouge y liberaron a sus campos de concentración. Todo ésto sin que los gobiernos occidentales hicieran nada, dijeran nada, ayudaran nada... Porque para las grandes potencias, se hicieron la masturbación mental de que los Khmer Rouge eran los buenos, los legitimizados en el poder, los que luchaban por el pueblo... Solo para no tener que enlodarse las manos con tan penoso incidente y estar en riesgo de poner en juego su popularidad golpeada por los fracasos de las guerras de Vietnam e Indochina.

Uno de los lugares que te pone a pensar en Phnom Penh y en su pasado es justamente la prisión Tuol Sleng o S-21... Inicialmente era un colegio, pero que fué adecuado como centro de torturas y prisión. De los más de 17,000 'prisioneros' que entraron a ese lugar, ninguno salió con vida. Era una maquinaria, al mejor estilo Nazi, de exterminio. Cuando la capital yacía desierta porque sus habitantes fueron forzados a trabajar en el campo, éste era el sitio más ocupado, con más movimiento, los verdugos, los torturadores no descansaban por la noche... Hoy en día es un museo del genocidio, lleno de miles de fotos de niños, mujeres y hombres que te miran con tristeza, desde más allá del lente, desde más allá de la vida. Gente que vivió sus últimos días desesperados en esas paredes que antes sirvieron para enseñar a los más pequeños, esas mismas paredes en la que ellos antes jugaban a las escondidas.

Lo más desgarrante es que la prisión está virtualmente en el mismo estado en el que fué encontrada hace un par de décadas. Las mismas manchas de sangre en el suelo. Las mismas camas sucias, llenas de arañazos y cicatrices de aquellas luchas desesperadas por la vida. Los mismos alambres de púas por todas partes que impedía que la gente se suicidara lanzándose al vacío desde el último piso. Los mismos implementos de tortura están despárramados por ahí dejando un mudo testimonio de lo bajo que puede llegar la humanidad.

Esa tarde fue una tarde silenciosa, dura, difícil. Una sacudida bestial que la historia te dá, para ponerte a pensar.

Y afuera, unos niños jugaban con una especie de pelota, similar al fuchi, para mantenerla en el aire. En ellos está tal vez la esperanza de un pueblo que ha sufrido más derrotas de las que se acuerda, y muchas de ellas han sido en el pasado reciente... Cicatrizar, sanar, ilusionarse y seguir adelante con la vida, con optimismo, con una sonrisa, con fé...