Eran las cinco de la mañana y estaba haciendo un frío de los mil demonios. La ciudad de Ganzi apenas iba por su decimotercer sueño y sin embargo estabamos yo y un compañero de viajes francés esperando algún tipo de transporte que nos llevara al occidente, un poco más cerca de la región autónoma de Tibet. Por las calles solamente pasaban unos cuantos perros callejeros, y una que otra minivan gritando destinos que no nos servían. En una esquina rodeada de nieve y agua sucia congelada, estaban sentadas dos mochilas, mas sucias y empolvadas que sus propios dueños.
Según contaban, de Ganzi (donde estábamos) hacia Dege (un pueblo de mier... en la esquina de Tibet) solo pasan un puñado de buses y camiones esporádicamente, y definitivamente hoy no era el día. La razón yacía en que para llegar a Dege (o Derge) es necesario pasar por la montaña sagrada de Chola (o Trola en chino), que con sus 6500 metros de altura presenta un peligro real para todos los vehículos que osan atravesarla. Lastimosamente, ese día en particular parecía que nadie viajaba a Dege y al parecer tendríamos que pasar otra nochae esperando a algún perdido que viajara al oeste.
Pero la suerte parecía cambiar. Uno de los conductores tibetanos a los que le había preguntado sobre el estado de la vía y de buses que fueran por esa ruta me llamó animadamente. Según me contó, llamó por celular a preguntar si alguien subía a Dege, y pues era nuestro día de suerte, porque un bus directo hacia Dege que salía desde Chengdu pasaría en unos quince minutos. El buen hombre me dijo que estuviera pendiente de la placa, y como no tenía donde anotarla, buscó su paquete de cigarrillos, rompió un pedazo y escribió en ese pedazo cinco números que equivalian a la placa del carro que teníamos que esperar. Quince minutos, dijo, quince minutos para que puedan tomar el carro.
Y pues bién que con las buenas noticias que no teníamos que echar dedo para llegar a Dege, rescatamos las mochilas de su rincón congelado y nos paramos al lado de la carretera desierta. Con el pedacito de cartón en la mano esperando a que el famoso vehículo pasara, los minutos fueron pasando despacito. Al rato, pasó un bus sonando el pito y con las luces altas encendidas, de tal manera que no pudimos ver la placa. Cuando pasó, nos dimos cuenta que ese efectivamente era el bus que tanto añorábamos y que pasó rápido sin recogernos. Mierd...
Con los ánimos en el piso, guardé el maldito pedazo de cartón en mi bolsillo y eventualmente volvimos a la búsqueda de cualquier otro transporte que nos llevara hacia el oeste. Tuvimos suerte de encontrar un camión regional que nos acercó a Manigango, y de ahí pudimos unirnos a una minivan repleta de monjes recitando mantras en voz baja, que iba en camino hacia Dege.
El camino hacia Dege es uno de los más bonitos e impactantes que he visto. Como decía antes, esta carretera cruza por el paso de Chola, que es la montaña más alta del occidente de Tibet. Nieves perpetuas cubrían todas las montañas, y como el día estaba claro los ojos dolían de tanto brillo. En cierto momento el hielo y la nieve llegaron a ser tan fuertes que tuvieron que ponerle cadenas a las ruedas del carro para poder tener control en esas carreteras curveadas y peligrosas, con caídas de miles de metros a los lados.
Íbamos con buen tiempo, apenas rasgando un poco más de las 4pm, cuando llegamos a una barrera de la policía, en medio de la montaña. Sin saber que pasó, nos bajamos todos de la van a morirnos del frío afuera a ver que había pasado. Como pude, hablando con el conductor tibetano (cuyo idioma chino era peor que el mío) me explicó que hacía un par de horas hubo un accidente terrible en la montaña, que un bus se despeñó y hasta el momento iban 5 muertos y bastantes heridos graves, y que la policía estaba actualmente auxiliando la emergencia.
Nuestra suerte parecía que iba de mal en peor, porque cruzar esa montaña en la noche era más tenebroso, porque la nieve y el hielo se habrían derretido y todo el camino sería una pista de hielo resbaloso. Pero al cabo de un par de horas se abrió el camino y pudimos pasar el famoso paso sin problemas, llegando a Dege a eso de las 6.00pm.
Para hacer ésta historia un poco más corta, al día siguiente de llegar a Dege nos enteramos que el bus que se había desplomado miles de metros al vacío era uno que provenía desde Chengdu. En el periódico que habia en el hotel, en la tercera página en una columna casi olvidada aparecían los cinco números que formaban la placa del bus que debimos haber tomado en Ganzi. Los mismos números que todavía estan escritos en un pequeño pedazo de cartón arrugado que sigue guardado en mi bolsillo.
Mostrando entradas con la etiqueta destinos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta destinos. Mostrar todas las entradas
jueves, 6 de marzo de 2008
jueves, 28 de febrero de 2008
Finales y comienzos del camino
...Recordando a Suzhou...
Y entonces uno termina por apegarse a lo que ve todos los días. A ese estilo de vida que uno se apropia. Las cuatro paredes que uno llama casa, los trozos de tela que tenés colgados en el armario son más que ropa, las hojas muertas que son aquellos libros que tanto amás. Y con cada día que pasa te sentís más y más cómodo con esa ilusión, con ese espejismo a la que rotulás tu vida. La sola idea de perderlo todo, de cambiar ese algo por otro algo es inquietante.
Pero bueno, todo está pasando allá afuera, el mundo (já! el universo!) cambia, duerme, se despierta, se mueve, estornuda. Nada, por mucho que uno quiera, permanece igual.
Siempre llega el momento de una última mirada, una última despedida antes de dar media vuelta y salir. De dejar todo atrás y marcharte con la ropa que tenés puesta y algunas cuantas tonterías en la mochila que tenés colgada en los hombros.
Te mojás el dedo con saliva, pasás la página y lees las últimas dos o tres frases del capítulo. Tomás una pausa, estirás y respirás profundamente. Pensás en el almuerzo, o en que te rasca debajo de las medias, o en que estás absolutamente perdido en el tiempo. Pensás en esa o en cualquier otra tontería similar. Pero al rato dás vuelta nuevamente a otro capítulo en ese librajo, encantadoramente adictivo, que llamás vida.
Pero nada que hacer. Así sean muchos, muchísimos los lazos que creás, así te llenés de tantísimas cosas que crees que sos vos, por más caliente y cómoda que sea tu casa, en el fondo uno resulta siendo tan solo un viajero, sin otra ni más grande posesión que el presente, los recuerdos de un pasado que guardás en la mochila, y las ilusiones de un futuro en los ojos.
Y eso está bién. Otro comienzo, otro final.
Labels:
año nuevo chino,
despedidas,
despertar,
destinos,
mochila,
pensamientos,
viajes
domingo, 17 de febrero de 2008
Decisiones / cada dia / alguien pierde, alguien gana / avemaria!
De nuevo en Shanghai, aprovechando el tiempo visitando los museos que no alcance a visitar en las trescientas ochenta y cuatro veces que pase por la sucursal mas desarrollada del infierno en la tierra. Y bueno, es chistoso como las dudas principales de un dia a dia actual se reducen básicamente a pensar si es mejor seguir insistiendo con el viaje a Tibet (por mas problemas y complicaciones burocracias que tenga) o si cambiar de aires -y países- y empezar a buscar la visa de Vietnam. Por un lado, la ida a Tibet era algo que esta marcado en mis pendientes desde hace un buen rato, pero por otro, no se si valga tanto la pena pelear y guerrear y gastar plata en algo de un par de semanas. Es que aparte, estando en la región de Shanghai, el viaje a Tibet seria algo asi como tres dias sin parar en tren (termino quedando bien cerca de Nepal e India), y luego la devuelta seria similar...
Por otra parte, ya hace falta el clima caliente y nuevas aventuras y caras del sureste de Asia. Si bien Tibet llama, Vietnam, Laos, Camboya y Tailandia formaron grupo y también jalan fuerte...
En fin, amanecerá y veremos. En el peor de los casos, la suerte la decidira una moneda!
jueves, 22 de marzo de 2007
Adios Bogotá
Y bueno, mirando por el retrovisor y con unos cuantos pesos en el bolsillo voy viendo como la ciudad que me acogió por un tiempo queda atrás del río, cada vez más lejana, más vacía, más extraña. Solo me separan siete horas de mi destino final, pero siento que la brecha que en realidad me distancia de Bogotá es infinitamente más grande. Gracias por permitirme estar en vos, con vos. Por darte a conocer una fracción, por haberme visto crecer, y maldecir, y destruir, y construir un poco. Gracias por grabarte en mi memoria, por ser partícipe de mi camino, mis alegrías, y mis tristezas. Gracias por permitirme conocer personas verdaderamente inolvidables, y por alejarlas de mi.
Gracias, Bogotá, por permitirme dejarte atrás, y no deja caer ni una sola lágrima.
Gracias, Bogotá, por permitirme dejarte atrás, y no deja caer ni una sola lágrima.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)