lunes, 29 de junio de 2009

Recapitulando

Para retomar el blog y desatrasarme de todas las historias pasadas, tendría que contar una historia corta que tiene que ver con la maravillosa vida, lo inesperado y las decisiones.

Empezaría contando que mis días de monje se terminaron. Fueron muchos meses aislado del mundo, refugiado en el silencio y la tranquilidad del bosque, escondido en un pueblo olvidado del norte de Tailandia. Fueron días y días hechos cada uno de ellos de instantes surgiendo y cesando, de experiencias, de auto observación, de crecer más como hombre, como persona.

El vivir de manera austera y monástica, siguiendo exactamente la misma forma de vida que aquel gran profesor llamado Siddharta llevaba en India y Nepal hace más de 2,500 años hace cambiar la perspectiva frente a la vida, la muerte, la felicidad y en general, a todo con lo que me relaciono. Vivir el presente, subistir unicamente gracias a la generosidad de la gente, dedicarse a la observación y a la práctica de la meditación, en fín, son cosas que dejan una marca en uno. Una marca fuerte e imborrable. Muchísimas lecciones aprendidas, mucha gente increíble, incontables amaneceres y puestas de sol (e incontables también las picaduras de los insectos salvajes!).

Pero como todo en la vida, ese ciclo también llegó a su fin, y llegó a su fin gracias a algo que llegó totalmente de sorpresa.

Un día, como es costumbre, me levanté mucho antes del amanecer para las actividades de mañana en el monasterio, y hacer la visita al pueblo para obtener comida. Una de las personas que día a dia donaba arroz a los monjes, vió que mi pierna estaba notablemente más grande que lo normal (yo ni me había dado cuenta) y me lo hizo saber. Y efectivamente, estaba bastante más grande que lo usual. Ya días antes había sentido un dolor que me había tirado en cama por unos días, pero el médico del lugar me había dicho que lo que tenía era algo muy superficial, meramente muscular y que no le pusiera atención. Que me tomara un par de aspirinas para el dolor y ya está. Así que en esa época no le puse atención. Pero ahora era diferente, aunque no sentía dolor, podía ver que el pié estaba extrañamente grande y eso no estaba tan bién.

Como le había prometido a mi familia que en caso de que los síntomas se repitieran iba a un hospital mejor y más serio, viajé a Bangkok lo antes posible y en la primera clínica decente que encontré (que coincidiencialmente era cristiana), una doctora malencarada (por aquel cuento de que yo era monje budista y estaba en un hospital de un credo diferente) me mandó a hacer los exámenes de rigor, y los resultados era lo que temía. DVT, Deep Vein Thrombosis, o Trombosis Venosa Profunda. Y no solo eso, sino que la que tenía era severa, tenía tres coágulos en diferentes partes de la vena y uno de ellos tenía serias posibilidades de soltarse y viajar a los pulmones o hasta el cerebro, pudiendo causar un aneurisma, seguido seguramente de la muerte.

Y lo que siguió, pasó muy rápido. En cuestión de instantes estaba montado en una silla de ruedas, con todos los movimientos restringidos. Una ambulancia llegó por mí y me trasladó a otro hospital con un pabellón exclusivamente reservado para los monjes. Y en ese lugar estuve varios días, rodeado de monjes moribundos y médicos atentos, llenándome el cuerpo de anticoagulantes para licuar la sangre deshacer los coágulos que estaban por mi cuerpo... Y así no me sintiera fatal, los doctores me decían que estuve rozando las puertas de la muerte, porque así es como funciona la trombosis, la enfermedad silenciosa y mortal que se lleva a miles y miles de personas todos los días...

Lo que no me cuadraba es que la trombosis por lo general le dá a personas mayores de edad, no a gente como yo!!! Pues nada, la explicación oficial después de muchos exámenes, e ires y venires, fue que habiendo pasado de una actividad física extrema (recorriendo el mundo en bicicleta), a un estado de sedentarismo extremo (largas horas de meditación día trás dia), mi cuerpo poco a poco fue generando pequeñísimas capas de sangre coagulada en la venas, especialmente en los lugares donde la circulación quedaba cortada por la posición de la meditación y la presión de las piernas contra el suelo duro. Y como ésto era durante bastantes horas diarias, día trás día, la capa de coagulación se fue haciendo más y más grande hasta que terminó por bloquear casi que por completo la circulación en la pierna... y el resto es historia.

En el hospital, bueno, la gente se muere al lado de uno y uno no está acostumbrado a ésto. En el occidente, la muerte es algo que está escondido, que uno no quiere mirar, que se mira mal. Y cuando la tienes cerca, la sientes al lado en el vecino que se muere en la noche, en las ceremonias de cremación al aire libre del monasterio, pues la visión sobre muerte, sobre muerte y vida cambia dramáticamente. La muerte deja de ser un concepto abstracto y oscuro, y se convierte en algo que puedes sentir, palpar, te enseña sobre la impermanencia de todo, hasta de tu vida, y hace que viva con más intensidad, con menos apego, con menos pesadez.

Allí conocí también gente increíble. Desde el monje ex-médico que me adoptó como hijo temporal y veló por mi seguridad, hasta las enfermeras y camilleros que sin tener mucho dinero, hacían colectas para ayudar a pagar los gastos médicos (así me negara y les pidiera que no!!), gente que trabaja de voluntaria en los auspicios dándole a la muerte un tratamiento más digno, y sin olvidar a mis dos colombianas que iluminaron varios de mis días con historias y un poco del sabor de mi tierra que a veces se me hace tan lejana.

Pero ésta corta historia no tiene final triste. Luego al darme de alta en el hospital, me di cuenta que aún amaba la vida furiosamente y quería chuparme hasta la última gota de ella así diera igual. Y al mejor estilo Samsara, en un monasterio al lado de un río volví a la vida mundana, a la ropa que me sentaba tan extraña, al caos, al dulce y sublime caos que es la existencia en éste mundo loco.

lunes, 27 de abril de 2009

Volviendo a mi

«Y le preguntó: "Si hoy fuese el primer día de su vida, ¿qué estaría haciendo?"»

Muchas, muchas cosas han pasado desde la última vez que me senté acá a enfrentarme de cerca con éste monstruo de memoria perfecta al que le digo 'Blog'. Muchas lunas. Muchas historias. Encuentros y desencuentros hasta que, finalmente, por brevísimos instantes, me encontré a 'mí'.

Y de esos encuentros, quedan algunas cosas claras. Que en ésta vida, mi única responsabilidad por la que debo vivir día a día es el ser feliz. Punto. No estoy viviendo por nadie y nadie vive por mí. No importa, en últimas, lo que la gente piense de uno. No importa llenarse los bolsillos de billetes o sentarse en la silla más alta, poderosa e imponente de la ciudad. No es llenar el mapamundi de banderitas, ni acostarse con decenas de mujeres e ir llenando el cinturón de marquitas. No. Ojalá fuera tan fácil y tan sencillo.

La búsqueda de esa elusiva felicidad es una tarea demandante, 7 x 24, cada día del año. Para mi, es simplemente ser, ser, sin engancharse ni aferrarse a caras y cosas. Es vivir hoy, ya mismo, en el ahora y recordar que el futuro, así como el pasado, no existe. Es no olvidarse de vivir con intensidad lo que haya que vivir, encarar de frente lo que venga. Cuando hay que reír, reír con ganas, con arrebato. Cuando hay que llorar, hacerlo de corazón.

Vivir, sencillamente, vivir.

No preguntarse por la comida de ésta noche, o darse golpe de pechos por lo hijo de puta que fuí en el pasado, o por querer ser mañana lo que no soy hoy. No engancharse. Así tengamos la ilusión de que podamos planear, o dirigir los destinos, en el fondo todo, absolutamente todo, es incontrolable.

No ser tan mezquino con el amor, no entregarse con cautela y a pedacitos. Amar a las personas y los días completamente, sea con furia o con ternura, pero que sea real. Real como esa sangre caliente que corre torpemente por mis venas, la que siento con más intensidad cuando hablo con alguien que me gusta de cualquier tontería. La que siento cuando soy consciente de mi cuerpo, y de los mensajes que me quiere decir.

Darme cuenta que la vida es realmente un suspiro, y que es maravilloso que todo sea tan vano y efímero porque le dá una cualidad de inciertidumbre y emoción que no tendría si nos creyéramos eternos. Nos hace que dejemos de ser tan timoratos y nos arriesguemos y tomemos riesgos y nos estrellemos y nos demos en la cabeza, pero tambien hace que otras veces ganemos y disfrutemos plenamente del dulce sabor de la victoria. Tener la certeza que tarde o temprano vamos a morir nos fuerza a tomar las riendas y hacer todo a consciencia, intensamente.

Ésta misma brevedad es una gran maestra que me enseña lo estúpido que es odiar y perderse en el rencor. Es claro, así como uno ha hecho mal en el pasado, algún mal eventualmente le llegará a uno. Así como no le cae uno bién a todo el mundo, hay gente que francamente uno quisiera verla nadando en ese misterioso lugar al que dan las aguas de todos los sanitarios del mundo. Pero es inútil, y hasta idiota perder días y días en ese odio visceral que a final de cuentas no lleva a ninguna parte. «El odio es el único veneno que puede destruír tanto a su víctima, como al recipiente que lo contiene».

Es hora de pasar la página y dejar otra más atrás. Es hora de seguir caminando, corriendo, cayéndome, levantándome, volando y desaparecer.

Es hora de seguir.

Es hora de volver a mí.

Y esto, hoy, es lo que hay.

miércoles, 11 de marzo de 2009

lunes, 9 de marzo de 2009

Ithaka

Cuando emprendas tu viaje a Ithaka
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
no temas a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al colérico Poseidón,
nunca encontrarás seres así en tu camino en tu camino,
si tu pensar es elevado,
si intensa es la emoción
que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no lo llevas dentro de tu alma,
si no los despierta tu alma ante tí.

Pide que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos antes nunca vistos.
Detente en los mercados de Fenicia
y consigue cosas hermosas,
nacar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes voluptuosos,
cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas.
Y que visites muchas ciudades egipcias
para que puedas aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ithaka en tu pensamiento.
Tu llegada allí es tu destino.
Pero no apresures nunca tu viaje.
mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar a que Ithaka te enriquezca.

Ithaka te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ithaka no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya, al fín, qué significan las Ithakas.


--C.P. Cavafy

miércoles, 25 de febrero de 2009

Una Locita que anda por ahí me hizo el reclamo, con justa razón, que había abandonado lo más parecido que tenía a eso que llaman trabajo. Y es cierto, por acá por el blog no había vuelto ni por equivocación.

Son ciclos, como todo en la vida. A veces siento que hay una cosa que otra por contar, otras veces siento que eso para contar es tan personal que me lo reservo absolutamente para mi mismo, y otras veces definitivamente no hay nada relevante por decir. Y otras veces, cómo ésta, no se en que categoría poner lo que pasa.

La vida sigue naturalmente en el bosque. No hay calendarios, hora, ni obligaciones. Solo amaneceres y puestas de sol. No existe el dinero, no existe la prisa, no existe la presión. Cuando llueve, llueve y está bién. Cuando hace sol, también está bién. Los animales siguen su vida como lo han hecho miles de años, sin mucho cambio. Siguen con su rueda de la vida. Todos los días nace vida, todos los días muere vida.

Y uno, con su carga emocional, con los pensamientos que no paran, con las pasiones testarudas, se siente a veces como un invitado extranjero, como alguien que no encaja. Pero eso al bosque le tiene francamente sin cuidado. Es tan viejo y sabio que entiende que las ilusiones y las tribulaciones humanas son efímeras, vacías. La vida tiene esa manía de continuar día trás otro sin realmente interesarse en lo absoluto por nuestra enorme auto-importancia, nuestros planes, tristezas o soledades.

Estuve enfermo tirado en la cama unas semanas, sin poderme realmente mover. Lindo regalo de cumpleaños. En su momento me preocupé mucho, pero ya camino normalmente (casi) y todo va bién. Es que nada, nada, por más preciado que sea como la salud, o la misma vida, se escapa a esa ley del cambio, de la eterna transitoriedad.

Es un golpe a tu ego, al «yo» que tanto uno ha cuidado, el hecho de sentirse inútil, enfermo, casi un estorbo humano. Estar olvidado en la mitad de la nada, mientras todo pasa allá afuera. Pero es bién, porque en últimas ver tan de cerca la impotencia y el dolor le resta enormemente importancia a la inútil vanidad del ego.

En unas semanas viajo a otra ciudad por un tiempo para asistir a un curso de meditación vipassana, enfocado para farang (extranjeros). Es completamente en inglés así que el idioma no será barrera para preguntarle al profe, cómo sucede acá.

Y feliz año chino atrasado!

jueves, 1 de enero de 2009

Hoy

Hoy, amaneció un poco más frío que ayer, un poco más tibio que mañana. El sol en invierno se despierta como yo, un poco más lento, un poco más tarde. Un poco como quién no quiere mucho la cosa al principio, pero después, a lo que vinimos, a brillar y brillar y espantar un poco el frío, la duda, la soledad.

El día se fué desenroscando sin afanes. Las hojas de los árboles, pintadas de mil colores, caen en un otoño tardío, suave, tropical. Los gallos seguían dando la bienvenida que solo ellos saben dar, y el calor empieza a evaporar el mantito de rocío que cubre el bosque, creando una maravillosa procesión de formas y figuras tan efímeras como bellas.

Los cuatro cachorros, sin falta, se despertaron con mis pasos y rascándose todavía un pedazo de sueño o una pulga terca, se me abalanzan encima y tiran de mí y de mi ropa en toda las direcciones, como cuatro pequeños huracanes sin ley, sin consecuencias. Tienen hambre, como yo, pero todavía no es aún tiempo de comer.

Los pájaros empiezan también su rutina de todas las mañanas, vuelan de aquí hacia allá haciendo ruido y algarabía. A lo lejos, se escuchan ceremonialmente una, dos, diez campanadas que no significan nada, saludan, como todos, un nuevo día que viene. Un nuevo e increíble día.

En la noche, milagrosamente, había llovido, había recibido yo ese regalo de la lluvia que hace tantas lunas no sentía. Por todas partes se sentía ese olor a tierra húmeda, recién nacida, a vida, ese olor que te ancla misteriosamente más a la tierra, te amarra al acá, te recuerda de donde vienes, adonde irás.

Alguien está barriendo las hojas secas a lo lejos, y en el lago, una mujer está cortando flores y cantando entre labios una canción que nunca voy a conocer.

Hoy, es navidad. Es navidad y por vez primera no hay abrazos, canciones, ni miradas alegres y de felicitación. Es ya la tercera navidad que paso lejos de ese puñado de tierra que cariñosa y tercamente llamo 'casa'. Y aunque no encuentro nada debajo del árbol de navidad, es más, ni siquiera hay uno, hoy, recibí el regalo más hermoso y único que puedo recibir.

Estoy, estoy vivo, estoy consciente de que estoy vivo. Tengo un instante, éste instante, y es increíble estar acá y ahora, y no en las cuentas del banco, en el viaje de vacaciones, en los pagos del auto. Estoy vivo, estoy maravillosamente vivo, siento mi calor, mi corazón, mi respiración y mis pies en la tierra húmeda. Y al menos, en éste instante, ése es el mejor, el más maravilloso regalo que puedo recibir.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Back

Del lado sur del Mekong, de vuelta al reino de Tailandia, las cosas no habían cambiado mucho. Luego de un cruce de frontera conocido y bastante tranquilo, llegué derecho al monasterio.

Todo seguía como antes, salvo que el gekko que había decidido adoptarme como mascota, prefirió abandonarme por buscarse una mejor vida. Claro, ya nadie lo alimentaba con terroncitos de azucar y mosquitos cazados. Las cosas en mi cabañita estaban tal como las había dejado. Un par de telarañas de más, pero nada que una buena limpieza no pudiera arreglar.

El día me recibió con uno de esos atardeceres para postales. Los mismos pájaros bullosos en el bosque, las mismas gallinas buscando todo el día comida, los mismos gatos perezosos que se asolean, los mismos perros que se te tiran encima para saludarte cuando pasás. Unos cuantos monjes de más, y otros cuantos de menos. Como diría RH, la rotación de personal en el monasterio es alta, pero siempre están los que son.

La gente estaba contenta de verme, porque algunos supusieron que cuando me había ido era para siempre. Pero el destino tiene una manera particular de atar los cabos sueltos.

Una de las personas que mañana a mañana se levantan antes que el sol salga para hacer ofrendas de comida a los monjes, resultó siendo pensionada de la oficina de inmigración de la ciudad. Entonces, se ofreció lo más de amablemente a colaborar con todo el tema de la visa de larga estadía que era la idea original. El tipo entonces movió sus palancas, y con una carta pesadísimamente oficial, la maquinaria empezó a girar, y espero que eventualmente produzca la famosa visa esta. Y si no, bueno, el mundo sigue y el camino nunca acaba.

Es curioso salirse del camino que la vida parecía que había trazado para uno. Ese camino por el que el estilo de vida o sociedad te lleva de la manito. Que estudiás primaria, luego secundaria, y hacés unas buenas pruebas del estado. Ésto, para seguir estudiando en una buena universidad, y eventualmente graduarse para conseguirse un buen trabajo en el que se pueda uno quedar toda la vida, y eventualmente mantener a la familia que es lo que se espera de uno.

El mundo es tan, pero tan inmensamente más grande que lo que mi cerradez de mente me dejaba ver. Tan lleno de posibilidades y gente buena. Una de las cosas cuando uno viaja sin destino es que el mundo se te abre como un jardín, lleno de frutas desconocidas para vos coger. Y el jardín es inmenso, infinitamente inmenso.

Dicen que el maestro aparece cuando el alumno está listo. Que lo que haya que pasar, pasará. Y bueno, por hoy sigo acá, aprendiendo, viviendo, tratándome de aferrar al momento presente, a espantar a los fantasmas del pasado, a ahuyentar a los aprendices de ilusionista de las fantasías del futuro.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Vientiane y el proyecto CouchSurfing

Y que es CouchSurfing, y que tiene que ver con mi estadía en Vientiane? Pues bién, CouchSurfing es una comunidad global, una muy buena idea creada por viajeros y para viajeros de todo el mundo. El concepto de CouchSurfing es muy simple, es crear una comunidad de personas en todos los países y ciudades del mundo que tengan un sofá (couch) o cama libre y puedan servir de anfitriones para aquellos viajeros que están visitando su ciudad.

CouchSurfing no solamente es una manera de conseguir una cama sin pagar en las ciudades que uno visita, sino más bién una comunidad en la que se facilita el intercambio cultural de personas de diferentes orígenes y nacionalidades, que de otra manera no pudiera haber sido posible. Es poder vivir un lugar visto bajo los ojos de un local, el anfitrión, y no solamente desde la perspectiva turista o libro de viajes. Es compartir experiencias, borrar fronteras.
La idea suena muy bonita, pero, ¿si uno es anfitrión, como asegurar que los invitados no son asesinos en serie o psicópatas? Y la pregunta va también por el otro lado: ¿como saber si el anfitrión al que voy a ir no me asesinará mientras esté dormido?

El sistema de CouchSurfing tiene diferentes niveles de verificación. Experiencias positivas incrementan éste nivel, así que los usuarios con niveles más altos, tienen el respaldo de la comunidad. Es un sistema que se basa fuertemente en la retroalimentación y comentarios de los usuarios, así que al buscar anfitriones, éste es un factor importante a tener en cuenta. Un nivel adicional (y opcional) de protección es validar el propio estatus utilizando una tarjeta de crédito. Al utilizar una tarjeta de crédito que esté bajo el nombre de uno, se asegura que el usuario existe en el mundo real, que tiene cuentas de banco, y que no tiene datos ficticios. Así que un usuario que haya sido validado con tarjeta de crédito, y que tenga buenos comentarios y nivel de verificación, tiene muy altas probabilidades de ser un buen anfitrión o invitado.

Y toda esta carreta, con el fín de contarles ésta interesante manera de viajar y conocer gente, porque cuando inicié el viaje, no tenía ni idea que existía. La primera vez que oí de ella fué con unos compañeros de viaje en Nara, Japón donde me quedé en la casa de una chica Japonesa y terminamos haciendo una Okonomiyaki Party. Pero un par de años después, utilicé el sistema desde cero y en Vientiane perdí propiamente mi virginidad CouchSurfing. Y tengo que confesar que fué una muy buena primera vez!

En Tailandia había enviado una petición de CS como por no dejar a un inglés que vivía en Vientiane. Y a los días el hombre me respondió y se puso a la orden como anfitrión, algo increíble porque mi perfil no estaba ni validado ni autenticado de ninguna forma. El caso es que luego de dos días de dormir donde pude en Vientiane, vi su respuesta e inmediatamente lo llamé. Me dió las indicaciones de ir a su casa, y en menos de una hora estaba sentado almorzando en su casa, hablando con el y su novia como si fuéramos mejores amigos.

Para no alargar la historia, digamos que terminé quedándome casi una semana en su hogar, conociendo a la ciudad desde otros ojos, haciendo de todo un poco: comiendo cosas preparadas en casa, ir a jugar bolos estilo Laos, una fiesta latina llena de salsa y merengue y sabor a trópico, ver jugar al Liverpool en un pub inglés, estar en los ensayos de una banda de rock clásico... en fin, de todo. Pero lo mejor fue que todos en la casa me acogieron muy, muy amablemente, como si fuera un compañero de casa más. Solo hay gratitud para el viejo Jeff y los demás que viven en su casa.
E igual, saqué mi segunda visa de dos meses para Tailandia (que tiene un costo de 30 dólares), que fué el propósito principal de éste retorno a Laos. Así que con todo preparado, nuevamente a la ruta, a cruzar del otro lado del Mekong para volver a la tierra de las sonrisas, a la mística Siam, a la increíble Tailandia.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Festival de That Luang

El festival de That Luang como contaba antes es uno de los más importantes de Laos. Ocurre en el día de luna llena de Octubre y tiene duración de tres días, aunque la ciudad está de fiesta durante toda la semana. That Luang, es la stupa más grande e importante de Laos y es verdaderamente increíble porque está cubierta en su totalidad con una capa de oro. Es importante además porque dicen que en su interior está protegida una de las preciosas reliquias de Buda, lo que la convierte en un objeto de devoción particularmente único. Tanto, que está en el sello del país, en los billetes y monedas de todas las denominaciones, en el escudo de armas.

Numerosas personas acuden a Vientiane de todas partes de Laos, incluyendo monjes que incluso llegan desde otros países a unirse a la celebración. En la mañana, cientos, miles de monjes se congregan alrededor de That Luang y una cantidad más grande de devotos acude, vestidos con las prendas tradicionales del país, a hacer ofrendas a los monjes. Se hacen filas por todas partes, en las que la gente ofrece comida, vestidos, medicamentos, y hasta dinero a los monjes. Todos aguantan el sol caliente, y las eternas filas y muchedumbres porque creen fielmente en que ofrecer y dar en éste día tan auspicioso les generaría un karma positivo, ya sea en ésta o en otras vidas siguientes. El 95% de la población de Laos es fiel creyente en el Budismo, y una de las enseñanzas principales de ésta religión, es el desprendimiento de los bienes terrenales, la compasión, y la ley del karma, la versión oriental de la archireconocida ley física de la causa y efecto, de la acción y reacción.

En el festival, también se ven los contradictorios rituales de liberación de aves y peces, en los que los fieles compran aves y peces que están en cautiverio, solamente para liberarlos después como un acto de compasión hacia los animales. Y compasión también hacia los comerciantes que aprovechan esa oportunidad y se hacen su Agosto, porque una jaula llena de aves cuesta alrededor de 10 dólares, un precio bastante alto para una economía en crecimiento como es la de Laos.

Luego que la mañana pasa, y los monjes arrastran con dificultad los sacos enormes llenos de comida y otras ofrendas, los alrededores de That Luang son limpiados y arreglados para un evento deportivo, una particular variación de hockey sobre hierba, en la que dos equipos juegan dotados únicamente de unas varas largas de bambú. Un equipo representa la administración pública, y el otro representa la gente. Y obvio, se espera que siempre gane el pueblo, pero hoy en día la competencia es más por el espectáculo y cualquiera de los dos puede ganar si hace un jogo bonito.

Y como toda buena feria, una cantidad de puestos de comidas, de juegos de feria y de baratijas rodea también a That Luang, para la alegría de muchas personas a las que ésta festividad es el único evento que rompe la monotonía de sus trabajos de siete días por semana (si, muchos Laosianos trabajan continuamente TODA la semana). Grupos de amigos hablan ruidosamente, niños siguen a sus padres con las manos llenas de dulces y globos, las parejas de enamorados se esconden de las luces y de los curiosos en los rincones más alejados del parque. Son festividades, y la gente lleva una sonrisa contagiosa en los labios.

Cuando cae la noche, los puestos de comidas rápidas comienzan a trabajar de verdad, y detrás de los woks en los que saltean carnes y vegetales de todos los colores, los cocineros también andan risueños, atentos a preparar lo que los clientes quieran. El ambiente huele a dulce, a incienso, a gente y a pólvora. Los altoparlantes comienzan a disparar música pop y competir los unos con los otros. Y lo más curioso, es que una de esas canciones en Lao que se escuchaba, tenía todo el son y el sabor de salsa, de la misma que se escucha al otro lado del planeta, en mis tierras caribeñas.
Pero el festival religioso no termina acá. Cientos de monjes y laicos empiezan a poner y a encender miles de velas alrededor de la stupa de That Luang, dándole una luz y un aire místico, espectacular. Fieles con velas hacen filas para también ellos hacer su ofrenda y encender otra luz más, cerca del monumento.

Con la luz de las miles de velas encendidas, el resplandor de la superficie de oro de la stupa, y la luz plateada de la luna, se puede perder uno en esa imágen, ese momento. Quedarse boquiabierto y sin palabras, en esa postal de Laos que tan pocas veces es vista.

...y olvidarse también que tampoco para ésta noche tiene uno donde quedarse porque los hoteles siguieron llenos. Pero nuevamente tuve suerte, y en un restaurante del centro el dueño tuvo piedad de mí y me invitó a pasar la noche dentro, durmiendo sobre unas sillas que eran algo más cómodas que mi hamaca, que por ésta noche pasaría la noche también, dentro de mis alforjas.
Que bién se siente estar vivo, vivo y bajo un techo, en Laos, en la adormecida ciudad de Vientiane.

lunes, 24 de noviembre de 2008

De nuevo saltando el Mekong

Los meses en Tailandia pasaron rápidamente. Como me suele ocurrir en éste tipo de cosas, terminé pasando más tiempo del pensado en ese lugar. Como China, en el que me quería quedar uno o dos meses, y terminé pasando la mayor parte de un año.

Es que llega un momento en tu vida en el que aprendés a la fuerza a tomártela más lentamente. A dejar las prisas y los afanes, a que el mejor plan es no tener plan alguno. A aprender del presente y del momento en el que estás, no a escaparte en el futuro, en el pasado. A vivir lo que sea que te está pasando en el momento. Y eso está bien.

Pero desafortunadamente, las reglas de inmigración y las complicaciones burocráticas, hijos bobos de aquellos personajes que se inventaron fronteras y bordes y límites como conejos sacados del sombrero, a menudo lo obligan a uno a llenarse de papeles y trámites que son tan innecesarios como absurdos. En éste caso, estaba obligado a salir del país hacia Laos, unos 30 km al otro lado del Mekong y aplicar para otra visa y volver. Mi as bajo la manga era en una carta firmada del monasterio donde estaba quedándome, en el que me daban patrocinio para seguir estudiando meditación en Tailandia, para que así sacara la visa de estudiante, que me permitía quedarme más tiempo en Tailandia.

Y bueno, nuevamente el ritual de la empacada y las despedidas. Un poco de mantenimiento a Alma que estaba sumida en ese perezoso letargo que le dejó la inactividad en éstos últimos dos meses, y ya estábamos listos para el camino, en un día radiante, limpio, tranquilo. Y así empezamos a rodar ya bastante entrada la tarde, hacia Vientiane, Laos.

Los trámites en inmigración fueron un paseo por el parque. La visa para los Colombianos y muchísimos otros países, al igual que en Camboya, te la entregan al llegar pagando 30 dólares. Lo increíble es que el oficial de inmigración que atendía el puesto, cuando se dio cuenta que yo era de América del Sur me empezó a hablar con un español perfecto, con un leve acento caribeño, supongo porque siendo Laos un país comunista, tuvo profesores de español venidos de Cuba. Y bueno, también aprendió la actitud caribeña, porque se puso conversador a preguntarme sobre mi viaje, sobre la vida en el país, sobre como me parecía Laos, etc. Y no le importó mucho que hubiera una fila larga detrás de mi, me imagino que fue por el hecho de que no todos los días ve gente que habla español, y mucho menos de ese país olvidado que es del donde yo vengo. Al rato, me devolvió el pasaporte sellado y listo para el viaje, y me despachó deseándome la mejor de las suertes y una inolvidable estadía en su país. El tipo se ganó el puesto de ser el funcionario de inmigración más buena gente que me he topado en la vida.

Alma se empezó a devorar rápidamente los kilómetros que aún nos separaban de Vientiane, supongo porque estaba contenta de sentir el viento en la cara y de estirar los músculos con ganas. Conociéndola como es ella, estoy seguro que estaba alegre, animada, plena. Y en cuestión de una hora, cuando el sol estaba cayendo, estábamos llegando a las afueras de la capital. Pero algo estaba diferente. La somnolienta y tranquila Vientiane, estaba ésta noche llena de actividad. Tuk-tuks y sawngthaews (camiones de pasajeros) por todas partes cargados de gente y monjes, música y algarabía en las calles, La gente saludaba más que de costumbre, y esperando en un semáforo, un tipo en una moto al lado me explicó que era por el festival anual de That Luang, la festividad religiosa más importante de Vientiane y, junto con el nuevo año, la más celebrada de Laos.

Las calles estaban repletas, no había en realidad por donde pasar sin que no hubiera una masa de personas. Fuegos artificiales inundaban esporádicamente el cielo. La fiesta se sentía, se respiraba.

Y claro, no era sino darse una vuelta por el barrio donde se concentran la mayoría de hoteles baratos de la ciudad para darse cuenta de que había muchisima gente ahí también. Hotelito trás hotelito, todos tenían el cartel que uno no quiere ver cuando la noche está entrada y uno quiere una ducha y una cama: “Hotel Full”, “No Vacancy”, o “Come back tomorrow”. Todos, todos los hoteles y guesthouse de Vientiane al parecer estaban a reventar. Tanto, que las personas que estaban en habitaciones individuales, se les pedía que compartieran con otros viajeros sin lugar donde pasar la noche. Pero eso había sido durante el día, y ahora no había lugar ni donde poner un arroz parado.

Aunque dormir bajo las estrellas en las ciudades grandes no es una idea que me seduzca mucho que digamos, en ésta oportunidad me tocó, así que encontré un monasterio con arbolitos cómodos, colgué mi hamaca, amarré la bici, y me entregué a ese sueño tranquilo y pesado que llega después de un día de cruzar fronteras y comer kilómetros

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cierre

Como me imagino que se dan cuenta, muchas de éstas historias están un poco viejitas y me ha tocado sacarlas del diario que no me desampara ni de noche ni de día. Y ésta, la fabrico como una colcha de retazos con pedacitos de entradas de diario y de emails mandados.

Por éstos días, ando bien de salud, fisica y mental. De hecho creo que sigo subiendo aunque la exigente dieta del día a día... la comida es muy rica. Hoy es mi segunda salida en casi dos meses y aprovecho entonces para escribir.

Que contar. Muchísimas cosas han pasado (cosas interiores), muchos cambios, nada se queda igual. Aprendizaje quisiera decir que he tenido, pero luego va uno y cae en sus trampas de siempre y el aprendizaje se va al cuerno. Pero al menos uno es un poco más consciente ... como sabes, de muchas cosas, de que ésto que somos no es nada. Y eso ya creía uno que lo sabía, pero el agarrar esa certeza y pegartela, tatuartela a tu existencia es muy difícil. Vivirla. En la cabeza está el concepto de que uno no es más que polvo y que todas las preocupaciones y deseos son vanos. Pero igual seguís viviendo la vida como si la muerte estuviera allá, lejos, en otro lado. Y que solo en el día que se aparezca, la vamos a enfrentar. Solo un par de veces te roza de cerca y te hace crugir, sufrir, desfallecer... Mientras tanto, seguimos dándonos nuestra auto importancia, peinando y vistiendo al ego, llenándolo de experiencias, de trofeos, de más partidas del juego. Agarrándonos tanto del placer, como de la adrenalina del sufrimiento...

Mejor no me pongo profundo sino que describo... a ver, que decir de la vida en este monasterio. La verdad no hay mucho que describir exteriormente. Igual que los monasterios Zen en Japón, o Chan en China, o Vahrayana en Tibet, exteriormente los monasterios acá son solo edificios muy muy calmados. Parecen deshabitados. Si vos vas un día cualquiera, parecería deshabitado a no ser por los animales que pasan despacito por ahí. Y tal vez un par de monjes caminando te sonrien. No mucho. Puedo contar cositas de éste estilo del monasterio donde estoy. Queda en un bosque montañoso, lleno de selva, a las afueras de un pueblito en el noreste de Tailandia. Hay un par de templos religiosos, con todo el color y adornos del budismo theraveda tailandés. Hasta ahí es donde uno llegaría como turista. Donde uno tomaría las fotos. Pero si uno sigue caminando por el caminito que se mete en la selva, detrás de unos árboles enormes, empezás a ver casitas y chocitas esparcidas aquí y allá. Y colgando de los árboles, ves algunas túnicas naranja y ocre, que los monjes están aireando o secando. A unos metros más allá, en medio de la selva, hay una laguna llena de flores de loto de mil colores e iguanas gigantes que se asolean perezosas, ni se inquietan por vos mirarlas. Y si seguis por ese camino, hay una bifurcación. Si tomás a la izquierda eventualmente vas a dar con el crematorio budista, donde incineran a los muertos sobre una pira funeraria y los entierran en el cementerio que queda allá mismo.

Pero si seguís caminando y no te importa que los zancudos te estén devorando vivo, vas a llegar a una casa muy simple, sin ventanas al frente, con tan solo una puertecita blanca. Esa casa la identificás por un número 13 pintado con letras rojas afuera. Y por ahí hay un montón de pollitos chiquitos siguiendo a sus madres de acá a allá, buscando algún pedacito de arroz caído. Si abris la puerta, que por lo general está sin seguro, te vas a encontrar con un interior limpio y aireado, que aunque es pequeño da la sensación de ser más grande. Te encontrás con una cama muy bajita, casi en el piso. Y que no tiene más colchón que una estera tejida de hojas secas. Una mesa con una jarra, unos platos, un calentador de agua para tomar. Un mueble para guardar las cosas personales: cuatro o cinco libros viejos y ya cansados de tanto viajar, tres camisetas, dos pantalonetas, un sarong, un krama (como un pañuelo enorme de camboya), y una bicicleta gris con negra con unas maletas casi vacías encima. Si vas temprano, vas a ver tambien algunas frutas y platos increíblemente gustosos que los monjes me llevan como única comida a eso de las seis de la mañana. Escuchas afuera los pájaros bullosos que cubren la selva. Y si miras por las ventanitas, vas a ver las ardillas que saltan de rama en rama persiguiendo, buscando algo. En el suelo, hay una toalla azul y un particular cojín improvisado, hecho de una bolsa de tela amarilla (de esas que uno usa para poner la ropa sucia) con un saco para el frío (clima inexistente por cierto en Tailandia), dos bóxers y tres pares de medias. Esas son para sentarte con más comodidad en el suelo duro, sin que se te duerman las piernas. Ahí es donde pasas la mayor parte del día, ahí comes, te sientas, piensas, tratas de sentir consciencia del presente. Pero bueno, eso es circunstancial.

Una pared interior separa la habitación de un minúsculo cuartito de baño, y sabes que ese cuartito sirve para ésto solo por tener un balde naranja lleno de agua fresca que te toca llenar todos los días, y un sanitario de estilo asiático. Un vaso desechable clavado con un clavo oxidado y viejo a la pared, sirve para poner la cuchilla de afeitar, el cepillo, crema de dientes y jabón. Sobre la pared, hay una botella vacía de agua que tiene encima una vela pegada para iluminar las noches. Nada muy lujoso. Pero lejos de ser sucio, el lugar te dá la sensación de pureza, tranquilidad.

A eso de las cuatro de la mañana, cuando los gekkos (lagartijas asiaticas) siguen cazando moscas aquí y allá, el primer gallo canta. Se levanta en su momento más glorioso del día, sacude sus plumas y hace ese sonido que conocemos pero en las ciudades nunca oímos. A ese, uno, otro, otro más le siguen por todo el bosque, hasta que se vuelve una sinfonía galleril. Esa es la hora de levantarse. No tanto porque uno deba levantarse, sino porque se siente que es natural. Te parás en una silla de plástico, y prendés el cabito de vela casi acabado encima de la pared. Ponés el agua a hervir para hacer café o té, y mientras mirás por la ventana un cielo que empieza a dar signos de que va a clarear. Ese negro que ya no es negro sino azul profundamente oscuro. Un día nuevo está por comenzar. A eso de las seis, como contaba, un monje te toca la puerta y te entrega la comida que a su vez, les fue entregada por la gente del pueblo cuando dan muy temprano la vuelta por las calles de la aldea con sus grandes tazones de pindabat. En un monasterio solo se come una vez en el día, según la tradición budista es antes de mediodía y tiene como objetivo ser plenamente conscientes de la comida y no estar con el deseo profundo de comer y comer, aún estando satisfecho, solo por el placer de tener algo rico en la boca. Luego, sabés que es alrededor de las once de la mañana porque algún otro monje pasa con un ruidoso carrito y recoge los platos ya lavados y las sobras de la comida, de cabaña en cabaña. Si mirás de nuevo por la ventana, vas a ver que el monje es un poco gordito y bastante jóven. Pero sus movimientos, su expresión demuestra una madurez y consciencia enorme sobre sí.

Eventualmente el día pasa, sin tener más indicación del tiempo que las hojas caer mientras el sol pasa sobre ellas. La noche llega, las gallinas vuelven a sus nidos, los gekkos salen de sus escondites, y los mosquitos renuevan sus ataques como una sanguinaria venganza ancestral. Un día termina y otro comienza, como siempre. Como siempre, el sol saldrá mañana sin importar nada.

Si quieres, puedes salir a caminar por la selva. En una de esas ocasiones te puedes topar con algún monje barriendo las hojas secas y caídas de los caminos. En otra, verás gente vestida de negro y una columna de humo gris que sale detrás de los árboles. Significa que es día de cremación. El cuerpo del difunto, nuevamente de acuerdo a tradición budista, está en una caja sobre una especie de pira gigante. Debajo, lleno de leña. Cuando van a prender fuego al cuerpo, la gente se va del sitio porque hay la creencia que si alguien ve un cuerpo arder, el fuego se apaga. Pero cuando se van, puedes ver esa pira funeraria de un cuerpo sin vida quemándose, alimentando ésta vez al fuego que lo va comiendo poco a poco. Cuando se termina, viene el monje encargado a poner los restos en un horno especial, a dejar que el fuego intenso termine su trabajo. Otras veces, si llegás a los templos principales, vas a ver a los monjes sentados meditando, con los ojos entrecerrados, y un viejo monje hablandoles, explicandoles tal vez las enseñanzas de su profesor venerado, el Buda de antiguedad. Y dentro del templo, un gato llega oliendo y caminando sin rumbo, perezosamente, para echarse a dar una siesta a los pies de una dorada estatua de Buda. A unos metros más allá, un perro no le pierde la vista, mientras se rasca las pulgas con desgana. Y otras veces, te podés pasar el día completo caminando sin ver a nadie en la selva. Tal vez un monje caminando despacio, con la mirada en el suelo, perdido en su cankamma o meditación caminando.

Y entonces viene la pregunta clara: ¿que es lo que hace la gente en un monasterio? ¿Donde están los rituales, las ceremonias, los iluminados que flotan en el aire, caminan sobre el agua, o descuidan su cuerpo en ayunos y privaciones extremas? ¿Donde están los cantos sagrados, los monjes adorando las imágenes de Buda? De hecho, estas cosas solo están en la imaginación febril de nosotros como extranjeros. Los monjes están en sus cabañas. Habiendo hecho un voto de renuncia en el mundo, solo viven con sus túnicas, su tazón de comida, y un par de otras cosas del día a día. No hay televisión ni radio ni periódicos con las ultimas noticias. Los días pasan uno detrás de otro sin entretenimiento alguno. La vida del monje es de meditación permanente. De estar en realidad atento a los deseos que surgen continuamente, uno detrás de otro. De estar consciente de que todo en la vida es incontrolable, transitorio, impermanente. Que saltamos de felicidad a sufrimiento si tenemos o no las cosas que nos gustan, que nos dan placer. O si tenemos o no las cosas que no nos gustan. Que todos los días estamos trabajando por construir ese ego, de peinarlo, vestirlo y adornarlo con todos los deseos e ilusiones. Y nuestro ego nunca está satisfecho, siempre quiere más. Más poder, más reconocimiento, más afirmación, más placer, más perfección. Más dinero, más posesiones. Y que odiamos las cosas que creemos que son malas, es decir, las que no nos gustan o no nos brindan bienestar. No nos gusta nuestro cuerpo, siempre está feo, o gordo, o flaco, o flácido. Siempre o estamos muy viejos, o muy jóvenes. Y cuando llega un momento, empezamos a sentir que la muerte se nos acerca de a poquitos, a pies juntillas. Y ahi si empezamos a sufrir más. Odiamos a algunas personas, odiamos nuestros trabajos, nuestras vidas. Evitamos y hasta odiamos las personas y cosas los que no nos hacen bién. Siempre andamos confundidos, insatisfechos buscando y apegandonos a las cosas que nos gustan, y evitando y sufriendo por las cosas que no nos gustan. Y la vida así se va volviendo insatisfactoria, miserable.

Sobre eso meditan los monjes. Sobre eso que llamamos cuerpo, sobre eso que llamamos mente. Sobre las cosas que lo forman, sobre las ideas locas, sobre la consciencia, sobre el dios interior. Y para eso, pasan horas sentados, llegando a estados de concentración que les permiten alcanzar sabiduría verdadera y con ella, investigar ecuanimemente todos los fenómenos de la existencia. Meditan de ésta manera para tener firmeza en su corazón, firmeza tranquila y sosegada, paz, y tal vez así llegar a un estado de completa tranquilidad, en la que los deseos y anhelos simplemente se extinguen dejando solo felicidad, felicidad en la calma. Dicen que algunos la logran, dicen. En realidad, no se si esa felicidad sea algo que pueda lograr en ésta vida. Solo se, que en preciosos momentos, se puede sentir esa extinción de deseos, y que una vez que ves las cosas como son, sin embellecerlas, ves que todo es incontrolable, insatisfactorio e impermanente... y ahi estás tranquilo.

Claro, luego llegan de nuevo esos pensamientos de deseos, de ganas de hacer esto o aquello, o llega la pereza, o la mala voluntad... y te perdés nuevamente en ese mundo que aunque es tan insatisfactorio, que has hecho ya tan tuyo... En fin... vuelve el ciclo.

Bueno, es mejor dejar así porque luego se empieza a poner todo drásticamente más profundo y denso, y eso no es muy digno de un blog de viajes. Claro, todo eso es consecuencia de tanto tiempo encerrado y ganas de expresar lo que el ego quiere! Así que mejor me quedo en la descripción física, para enseñar como es el lugar y dar una idea de lo que está siendo mi vida en el momento. Si lo miras de fuera, tal vez no sea muy excitante como los viajes anteriores, pero desde adentro es sumamente enriquecedor.

Un verdadero crecimiento espiritual.

sábado, 25 de octubre de 2008

Monasterio, primeros días

Tailandia, a comparacion de Laos, Camboya, Vietnam, Tibet y hasta el sur de China, da una impresión de ser un país muy desarrollado y occidentalizado. Eso tiene cosas buenas y malas. Las buenas por ejemplo es que es cómodo, seguro, desarrollado, tiene buena infraestructura y vías, la comida es sana, y hay supermercados y podés encontrar lo que querás a precios decentes, porque los precios son fijos, a diferencia en los otros paises que le toca a uno pelear hasta por una sopa y eso se vuelve un toque desgastante (léase: los hijos de p*ta de Vietnam).

Pero también por otra parte pierde como ese aire de aventura, de estar donde nadie más ha estado, de viajar con ese vertiguito que dá el no saber que sigue el momento siguiente. Justo por ser tan occidentalizado, también está demasiado lleno de turistas. Pero eso no es lo peor, también está lleno de viejos cacheticolorados con su tailandesa al lado, porque definitivamente este pais es el destino numero uno del turismo sexual... y ugh, eso se ve inmundo.

Bueno, como algunos saben, cuando llegué a Tailandia mi intención (al igual que en Tibet) era quedarme un tiempo en un Forest Monastery, que son monasterios budistas de la tradición más simple, viven en cabañas en la selva y tienen una vida tranquila, meditativa, contemplativa. Encontré uno muy famoso cerca a Nong Khai, en el norte de tailandia, en una región montañosa cerca de la frontera con Laos. Y pues para hacer el cuento corto, fui, y les dije que me interesaba residir allí, y pues el Abad (que habla thai y francés unicamente) me invitó a que me quedara con ellos el tiempo que quisiera.

Eso fue hace ya casi un mes. Y desde entonces la he pasado en meditación aislada de todo contacto con el mundo exterior, de hecho esta es la primera vez que salgo de mi kuti (cabaña) y del monasterio, y me conecto a Internet.

Y en realidad he estado muy bién en el retiro, la vida es muy tranquila en el monasterio y es basicamente todo el día para meditar tranquilamente. De vez en cuando los monjes pasan a revisar como estan las cosas, como me siento, etc. Muy tranquilo y muy bonito. La comida es una vez al día, a eso de las 6.00am. Según la tradición monástica, no se puede comer nada después de esa, o bueno, si se puede pero seria irrespetuoso. La comida te la llevan a tu cabaña en el bosque todos los días. Te levantas a eso de las 4.00am, aunque los monjes se levantan a las 3.00am, a meditar, a caminar, a mirarte... muchas cosas ves....

Y el itinerario del dia... bueno, es libre. Basicamente hay libertad de hacer lo que quieras, pero el punto no es rascarselas y dormir todo el día sino trabajar por encontrar algo, por tener insights. Muchisima meditación, sentado o caminando. La idea es estar consciente en todo momento y lugar, ver las sensaciones y pensamientos cuando surgen. Ver por que surgen, por que se van, por que nacen y mueren. Estar siempre atento, presente. Ver que lo que importa es entender la vida de adentro, ver la esencia de lo que uno es, y no tanto las apariencias, los trabajos, las carreras, los sentimientos, sensaciones... una vida simple y de observacion y atencion bien vivida es mejor que una vida compleja y llena de cosas, pero vivida a la carrera. Hay un monje de Canadá con origenes Lao muy buena gente que me ayuda con las traducciones y con algunos libros. Y el abad como contaba habla francés, así que me puedo comunicar mas o menos con mi pobre y oxidado dominio del idioma.

De momento voy bién, aprendiendo, viviendo cada momento, de a poquitos.

martes, 30 de septiembre de 2008

Descubriendo a Tailandia

En la noche, cuando estaba acostumbrándome apenas a manejar en el otro lado (equivocado) de la carretera al que mal se acostumbraron los Tailandeses, empecé a ver más de la pequeña ciudad fronteriza de Nong Khai. Me esperaba un pueblito fronterizo de nada, como los tantos que había cruzado y a los que me había acostumbrado: llenos de gente buscandose un dólar fácil, tráfico ilegal, apuestas y prostitución en caseríos oscuros y decadentes. Pero nada, me impresionó de primerazo porque era una ciudad eficiente, limpia, amable, sin los tiburones de dos patas que buscan estafarte hasta el último Baht que tengas.

Las carreteras modernas, bién señalizadas, a diferencia de las de Laos y Camboya, que fueron mi hogar los meses pasados. Y la ciudad, llena de puestos de comidas, muy bién organizados, que bombardeaban mi nariz con todos sus olores increíbles. Eventualmente llegué a Mut Mee, la guesthouse que sería mi hogar por un par de noches. Éste bonito hostal a orillas del Mekong era bastante nueva era, completo con su centro de yoga, meditación, pintura y música. Mucha gente llega acá y se queda varias semanas para estudiar cualquiera de éstas cosas.

El dorm esa noche afortunadamente estaba vacío, o sea que podía descansar a mi antojo. Pero curiosamente, al rato llegó la misma inglesa que me había estado encontrando en Laos en los lugares más raros, y justamente se iba a quedar estudiando Yoga por un par de semanas. Y así entre charla y charla se fue haciendo más y más tarde...

Al otro día desperté tempranito, para darme un buen desayuno estilo Thai, y como un buen montañero, a maravillarme de lo increíble que podía ser un supermercado, porque no había visitado uno de ese tamaño desde China, muchos meses más atrás. Y no es por nada, pero me gusta visitar los mercados de los diferentes paises que visito, porque te dan una idea de lo que es el estilo de vida y gustos de la gente, y sobretodo, los precios, para que ningún vendedor te de en la cabeza por ignorante.

En el día estuve visitando también varios templos, y el famoso parque de esculturas de Sala Kae Kwo, construído durante toda la vida de un excéntrico escultor que se volvió místico y decidió enseñar a través de esculturas. Bizarro, pero interesante.

Pero justamente, me quería quedar en Nong Khai (la ciudad fronteriza) porque cerca había uno de los monasterios más reconocidos en meditación en toda Tailandia. Éste es uno de los pocos monasterios de la tradición del bosque (forest monastery) en los que los monjes siguen las reglas austeras y ascéticas que Buda dejó hace más de 2,500 años.

Ya veremos como nos vaya allí.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Van, van a Vang Vieng

Vang Vieng. El pueblo tranquilo encerrado en un escenario increíble, convertido en el sitio backpacker por excelencia. Y eso no es un cumplido. Bueno, vamos por partes. La subida a Vang Vieng fue por un camino empinado, a veces destapado, difícil. Hacía ya varios miles de kilómetros que no me tocaban carreteras por montañas y pues ya se nos estaba olvidando, a mi y a mis piernas, de como era el tema con eso. La distancia desde Vietnam era algo así como 150kms y optimista pensé que los hacía en un día. Pero noooo.... Me tocó quedarme en un albergue a mitad de camino, porque había muchos baches, subidas, bajadas y además con una lluvia matadora.

Finamlente llegué a Vang Vieng, hice el check-in en la guesthouse tranquila que me habían recomendado antes, al lado de una pista de aterrizaje olvidada. Y luego de dejar remojando la ropa terminalmente sucia que tenía pendiente, salí a recorrerme el famoso pueblo de Vang Vieng. Basicamente, es una única calle llena de restaurantes, bares y café internet, y no parecés ni en Laos ni hasta en Asia, porque todos los letreros de neón iluminados están escritos en inglés, casi nada en idioma local.

La mayoría de bares tienen varias pantallas de TV presentando permanentemente reencauchados episodios de Friends, Los Simpsons, Family Guy y otros. Y en vez de sillas, las mesas tienen una especie de cama con muuuchos cojines para que la gente que llega simplemente se acueste y se sienta como en casa. Pero se pasan, hay un lugar en la calle en el que te paras y puedes ver simultáneamente 5 episodios diferentes de Friends en 5 diferentes bares. Al principio tantas cosas occidentales te seducen por lo cómodo y fácil, pero al rato se vuelven muy, muy repetitivas y aburridas.

Como decía, Vang Vieng es un pueblito metido en montañas hermosas y alucinantes, al borde de un río limpio y tranquilo. Cerca en la bici se puede recorrer caminos destapados que lo llevan a uno a cavernas grandes y oscuras, y a piscinas naturales de agua fresca y cristalina. El recorrido completo por los alrededores son unos 40kms y se lleva un día completo, para ver la naturaleza con calma.

Y el último día, fue el día para hacer el famoso Tubing en Vang Vieng. Esa es una de las actividades más famosas en el SE Asia, contada una y otra vez por los viajeros en todas partes. Y la idea es tan simple como exitosa: Basicamente es rentar un flotador enorme hecho con el neumático de la llanta de un tractor, y con ésta, te llevan en un tuk tuk río arriba y te lanzas al río. Mientras bajas lentamente, por entre ese alucinante paisaje, van apareciendo bares y restaurantes a las orillas y si quieres, te lanzan una cuerda al río para que te quedes un rato ahí antes de seguir flotando despacito río abajo. En la mayoría de bares te ofrecen whiskey de arroz gratis para que te quedes ahí, y muchísimos tienen toboganes, canopy, trapecios y cuerdas desde plataformas altísimas para lanzarse al agua. Un plan para un día de estar en el agua. Coincidencialmente empezando conocí a una gente de Chile y Uruguay y en dos segundos armamos el combo Suramerica... Latin Power en Laos.

En el remate, cuando estás con un poco de frío y llegas nuevamente a la ciudad, hay unos bares en los que puedes parar que tienen música en vivo y una enorme fogata en la que todo el mundo se calienta y se seca, luego de todo un día de andar jugando como niños en el agua. La rumba se extiende más allá de la medianoche, hora del toque de queda de Laos, y terminás hablando con gente de todos los rincones del planeta...

Al otro día, me levanté como pude para tomar un bus que nos llevara a Alma y a mi a Vientiane, y de ahí salir directo a Tailandia. El bus lo tomé echando dedo en la carretera como a las 3.00pm, y coincidencialmente me encontré con la inglesita que había conocido días atrás en Tha Kaek, que venía ésta vez de Luang Prabang en el mismo bus. Fueron unas cuatro horas de recorrido que antes me había tomado a mi dos días de intenso esfuerzo... Y llegué a Vientiane de noche ya, y me tocó romper mi regla de no viajar nunca de noche por el solo hecho que era mi último día de visa, y salir a oscuras por la carretera que me llevaba a la frontera con Tailandia, a unos 30 kms de distancia abajo en el Mekong. Llegué como a las 9.00pm al puesto fronterizo, como siempre dejandolo todo a última hora.

Él cruce de frontera, sin problema, nada de preguntas excesivas ni requisas de las maletas. Del lado de Tailandia me tocó un oficial lo más de buena gente que se quedó preguntandome bastante rato sobre mi viaje, porque no había nadie a esa hora cruzando la frontera. Al rato me dejó ir finalmente, y me di cuenta a la brava (casi me lleva un carro por delante) que Tailandia tiene la mala costumbre, como los ingleses y japoneses, de manejar al lado equivocado de la vía...

Bienvenido, finalmente, a Tailandia.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Rumbo a Vientiane, capital de Laos

Salí de mañanita de Tha Kaek, todavía dudando si iba al pintoresco paso montañoso de Cau Treo, que tanto me había recomendado Dryan. Pero la verdad, una vez que pasé por ahí no me animé a subir, porque en mi visa me quedaban poquísimos días, apenas para una visita rápida a Vientiane y tal vez a Vang Vieng. En el camino a Vientiane, me quedé en dos caseríos anónimos cuyos nombres olvidé ya, y en la carretera se veían los residuos de la inundación que hasta hace apenas pocos días se había tragado sin avisar campos fértiles, caminos y familias enteras... De hecho la inflación por éstos lugares estaba jodida, y los precios eran el doble de lo que usualmente eran. Lástima, pobre gente, de un día para otro perderlo todo, absolutamente todo, por un capricho de la madre naturaleza.

Los días pasaron rápido y sin eventualidades, hasta llegar a Vientiane, la capital de Laos, que me recibió al fin con un muy buen clima y una foto del Ché en tamaño gigante. Valga la pena aclarar que en Laos por alguna extraña razón aman al Ché Guevara, y lo ponen en camisetas, posters, y calcomanías o stickers que adornan cuanta moto, tuk tuk o camión pase por ahí. Seguro el hombre por allá en su tumba anónima de suramerica se estaría riendo.

Vientiane es una capital muy tranquila, diría que es la que más me ha agradado de todo lo que llevo de Asia. Y no es porque abunden las cosas que hacer, no, al contrario, se pasa de tranquila. Pero justamente ahí está su encanto, en que es pequeña, manejable, la gente es muy amable y no se escucha en la calle absolutamente nada. La gente no abusa de los pitos del carro, lo cual es algo totalmente loable! En realidad parecería una ciudad pequeña provincial de cualquier otro país. Pero sí, la cantidad de embajadas que hay por todas partes te indican claramente que Vientiane es capital.

Todos las guesthouse baratas de la ciudad estaban totalmente llenas, así que compartí habitación con un japonés que a duras penas hablaba inglés y llevaba bastantes meses recorriendo así el mundo. Como? Ni idea, supongo por la misericordia del espiritu santo porque no se me ocurre otra... También me volví a encontrar con un guey de Israel que había conocido en Camboya y que lleva viajando por el mundo casi ocho años, el verdadero y moderno ejemplo del judío errante definitivamente.

En Vientiane las opciones para hacer turismo son bastante reducidas. Pasando por Patuxai, la versión Lao del Arco del Triunfo en Paris, se le llama en broma el aeropuerto vertical, por la sencilla razón que fue construída con el cemento y materiales que donó hace muchos años el gobierno de Estados Unidos con el fín de construir un moderno aeropuerto. Pero al parecer, el gobernante de turno prefirió convertirlo en un monumento a su grandeza... Éstas cosas no solo pasan en el país del sagrado corazón. Luego, estan todos los monasterios con paredes viejas viejísimas, que muestran los siglos de antigüedad que tienen.

Y aproveché éstos días también para revisar la extensión de la visa de Laos, pero pagar el precio de 3 dólares por día me pareció un poco exagerado, y me obligó a salir del país y cortar mi viaje por el norte. A lo sumo, alcanzaría a llegar a la famosa ciudad de Vang Vieng y dejar la capital atrás, la más calmada de todo el Sureste Asiático.