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martes, 10 de abril de 2007

En silencio

No recuerdo quién dijo que la tristeza era como un gran muro que separa dos jardines. Un muro grueso, opresivo y lúgubre que muy a menudo es infranqueable. Para mí, hoy, la tristeza es un sabor. Físicamente, un sabor denso y pesado que te llena la boca y no te la deja abrir. Un sabor espeso, lento, fatigante.

Te amarra al piso, te vuelve más pesado, aunque por dentro te sentís mucho más etéreo: un ligero zumbido en la cabeza, y una sensación de vacío son los responsables de ésto.

Un sabor frío. Tan frío que te va congelando por dentro, convirtiendo tus pensamientos en viejos y oscuros fantasmas, y tus ojos en dos trozos de hielo pulido y brillante.

Hoy, por primera vez, sentí que la tristeza vino y se hizo sabor. Pesada y dulce como la miel.

El hielo se derrite.

«Sobre las alas del tiempo la tristeza escapa
- La Fontaine

domingo, 25 de marzo de 2007

Cuando me permito sentir...

Cuando me permito sentir, es verdad que puedo sentir dolor. Aunque solo así, también me puedo apasionar y sentir felicidad.

Uno de esos días en los que la que parece ser la mejor decisión resulta siendo la más triste y dolorosa. Es duro decir adios, pero también es duro dejar que los sueños se vayan desangrando lentamente en la habitación más olvidada de tu memoria. Y así, tan inesperado como una corriente de aire, como un pensamiento, así fue también éste improvisado «adios».

Es sentir un tirón, un desgarre en el músculo más fuerte y más débil del cuerpo... el corazón.