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: relatos de una mochila :: Cierre

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cierre

Como me imagino que se dan cuenta, muchas de éstas historias están un poco viejitas y me ha tocado sacarlas del diario que no me desampara ni de noche ni de día. Y ésta, la fabrico como una colcha de retazos con pedacitos de entradas de diario y de emails mandados.

Por éstos días, ando bien de salud, fisica y mental. De hecho creo que sigo subiendo aunque la exigente dieta del día a día... la comida es muy rica. Hoy es mi segunda salida en casi dos meses y aprovecho entonces para escribir.

Que contar. Muchísimas cosas han pasado (cosas interiores), muchos cambios, nada se queda igual. Aprendizaje quisiera decir que he tenido, pero luego va uno y cae en sus trampas de siempre y el aprendizaje se va al cuerno. Pero al menos uno es un poco más consciente ... como sabes, de muchas cosas, de que ésto que somos no es nada. Y eso ya creía uno que lo sabía, pero el agarrar esa certeza y pegartela, tatuartela a tu existencia es muy difícil. Vivirla. En la cabeza está el concepto de que uno no es más que polvo y que todas las preocupaciones y deseos son vanos. Pero igual seguís viviendo la vida como si la muerte estuviera allá, lejos, en otro lado. Y que solo en el día que se aparezca, la vamos a enfrentar. Solo un par de veces te roza de cerca y te hace crugir, sufrir, desfallecer... Mientras tanto, seguimos dándonos nuestra auto importancia, peinando y vistiendo al ego, llenándolo de experiencias, de trofeos, de más partidas del juego. Agarrándonos tanto del placer, como de la adrenalina del sufrimiento...

Mejor no me pongo profundo sino que describo... a ver, que decir de la vida en este monasterio. La verdad no hay mucho que describir exteriormente. Igual que los monasterios Zen en Japón, o Chan en China, o Vahrayana en Tibet, exteriormente los monasterios acá son solo edificios muy muy calmados. Parecen deshabitados. Si vos vas un día cualquiera, parecería deshabitado a no ser por los animales que pasan despacito por ahí. Y tal vez un par de monjes caminando te sonrien. No mucho. Puedo contar cositas de éste estilo del monasterio donde estoy. Queda en un bosque montañoso, lleno de selva, a las afueras de un pueblito en el noreste de Tailandia. Hay un par de templos religiosos, con todo el color y adornos del budismo theraveda tailandés. Hasta ahí es donde uno llegaría como turista. Donde uno tomaría las fotos. Pero si uno sigue caminando por el caminito que se mete en la selva, detrás de unos árboles enormes, empezás a ver casitas y chocitas esparcidas aquí y allá. Y colgando de los árboles, ves algunas túnicas naranja y ocre, que los monjes están aireando o secando. A unos metros más allá, en medio de la selva, hay una laguna llena de flores de loto de mil colores e iguanas gigantes que se asolean perezosas, ni se inquietan por vos mirarlas. Y si seguis por ese camino, hay una bifurcación. Si tomás a la izquierda eventualmente vas a dar con el crematorio budista, donde incineran a los muertos sobre una pira funeraria y los entierran en el cementerio que queda allá mismo.

Pero si seguís caminando y no te importa que los zancudos te estén devorando vivo, vas a llegar a una casa muy simple, sin ventanas al frente, con tan solo una puertecita blanca. Esa casa la identificás por un número 13 pintado con letras rojas afuera. Y por ahí hay un montón de pollitos chiquitos siguiendo a sus madres de acá a allá, buscando algún pedacito de arroz caído. Si abris la puerta, que por lo general está sin seguro, te vas a encontrar con un interior limpio y aireado, que aunque es pequeño da la sensación de ser más grande. Te encontrás con una cama muy bajita, casi en el piso. Y que no tiene más colchón que una estera tejida de hojas secas. Una mesa con una jarra, unos platos, un calentador de agua para tomar. Un mueble para guardar las cosas personales: cuatro o cinco libros viejos y ya cansados de tanto viajar, tres camisetas, dos pantalonetas, un sarong, un krama (como un pañuelo enorme de camboya), y una bicicleta gris con negra con unas maletas casi vacías encima. Si vas temprano, vas a ver tambien algunas frutas y platos increíblemente gustosos que los monjes me llevan como única comida a eso de las seis de la mañana. Escuchas afuera los pájaros bullosos que cubren la selva. Y si miras por las ventanitas, vas a ver las ardillas que saltan de rama en rama persiguiendo, buscando algo. En el suelo, hay una toalla azul y un particular cojín improvisado, hecho de una bolsa de tela amarilla (de esas que uno usa para poner la ropa sucia) con un saco para el frío (clima inexistente por cierto en Tailandia), dos bóxers y tres pares de medias. Esas son para sentarte con más comodidad en el suelo duro, sin que se te duerman las piernas. Ahí es donde pasas la mayor parte del día, ahí comes, te sientas, piensas, tratas de sentir consciencia del presente. Pero bueno, eso es circunstancial.

Una pared interior separa la habitación de un minúsculo cuartito de baño, y sabes que ese cuartito sirve para ésto solo por tener un balde naranja lleno de agua fresca que te toca llenar todos los días, y un sanitario de estilo asiático. Un vaso desechable clavado con un clavo oxidado y viejo a la pared, sirve para poner la cuchilla de afeitar, el cepillo, crema de dientes y jabón. Sobre la pared, hay una botella vacía de agua que tiene encima una vela pegada para iluminar las noches. Nada muy lujoso. Pero lejos de ser sucio, el lugar te dá la sensación de pureza, tranquilidad.

A eso de las cuatro de la mañana, cuando los gekkos (lagartijas asiaticas) siguen cazando moscas aquí y allá, el primer gallo canta. Se levanta en su momento más glorioso del día, sacude sus plumas y hace ese sonido que conocemos pero en las ciudades nunca oímos. A ese, uno, otro, otro más le siguen por todo el bosque, hasta que se vuelve una sinfonía galleril. Esa es la hora de levantarse. No tanto porque uno deba levantarse, sino porque se siente que es natural. Te parás en una silla de plástico, y prendés el cabito de vela casi acabado encima de la pared. Ponés el agua a hervir para hacer café o té, y mientras mirás por la ventana un cielo que empieza a dar signos de que va a clarear. Ese negro que ya no es negro sino azul profundamente oscuro. Un día nuevo está por comenzar. A eso de las seis, como contaba, un monje te toca la puerta y te entrega la comida que a su vez, les fue entregada por la gente del pueblo cuando dan muy temprano la vuelta por las calles de la aldea con sus grandes tazones de pindabat. En un monasterio solo se come una vez en el día, según la tradición budista es antes de mediodía y tiene como objetivo ser plenamente conscientes de la comida y no estar con el deseo profundo de comer y comer, aún estando satisfecho, solo por el placer de tener algo rico en la boca. Luego, sabés que es alrededor de las once de la mañana porque algún otro monje pasa con un ruidoso carrito y recoge los platos ya lavados y las sobras de la comida, de cabaña en cabaña. Si mirás de nuevo por la ventana, vas a ver que el monje es un poco gordito y bastante jóven. Pero sus movimientos, su expresión demuestra una madurez y consciencia enorme sobre sí.

Eventualmente el día pasa, sin tener más indicación del tiempo que las hojas caer mientras el sol pasa sobre ellas. La noche llega, las gallinas vuelven a sus nidos, los gekkos salen de sus escondites, y los mosquitos renuevan sus ataques como una sanguinaria venganza ancestral. Un día termina y otro comienza, como siempre. Como siempre, el sol saldrá mañana sin importar nada.

Si quieres, puedes salir a caminar por la selva. En una de esas ocasiones te puedes topar con algún monje barriendo las hojas secas y caídas de los caminos. En otra, verás gente vestida de negro y una columna de humo gris que sale detrás de los árboles. Significa que es día de cremación. El cuerpo del difunto, nuevamente de acuerdo a tradición budista, está en una caja sobre una especie de pira gigante. Debajo, lleno de leña. Cuando van a prender fuego al cuerpo, la gente se va del sitio porque hay la creencia que si alguien ve un cuerpo arder, el fuego se apaga. Pero cuando se van, puedes ver esa pira funeraria de un cuerpo sin vida quemándose, alimentando ésta vez al fuego que lo va comiendo poco a poco. Cuando se termina, viene el monje encargado a poner los restos en un horno especial, a dejar que el fuego intenso termine su trabajo. Otras veces, si llegás a los templos principales, vas a ver a los monjes sentados meditando, con los ojos entrecerrados, y un viejo monje hablandoles, explicandoles tal vez las enseñanzas de su profesor venerado, el Buda de antiguedad. Y dentro del templo, un gato llega oliendo y caminando sin rumbo, perezosamente, para echarse a dar una siesta a los pies de una dorada estatua de Buda. A unos metros más allá, un perro no le pierde la vista, mientras se rasca las pulgas con desgana. Y otras veces, te podés pasar el día completo caminando sin ver a nadie en la selva. Tal vez un monje caminando despacio, con la mirada en el suelo, perdido en su cankamma o meditación caminando.

Y entonces viene la pregunta clara: ¿que es lo que hace la gente en un monasterio? ¿Donde están los rituales, las ceremonias, los iluminados que flotan en el aire, caminan sobre el agua, o descuidan su cuerpo en ayunos y privaciones extremas? ¿Donde están los cantos sagrados, los monjes adorando las imágenes de Buda? De hecho, estas cosas solo están en la imaginación febril de nosotros como extranjeros. Los monjes están en sus cabañas. Habiendo hecho un voto de renuncia en el mundo, solo viven con sus túnicas, su tazón de comida, y un par de otras cosas del día a día. No hay televisión ni radio ni periódicos con las ultimas noticias. Los días pasan uno detrás de otro sin entretenimiento alguno. La vida del monje es de meditación permanente. De estar en realidad atento a los deseos que surgen continuamente, uno detrás de otro. De estar consciente de que todo en la vida es incontrolable, transitorio, impermanente. Que saltamos de felicidad a sufrimiento si tenemos o no las cosas que nos gustan, que nos dan placer. O si tenemos o no las cosas que no nos gustan. Que todos los días estamos trabajando por construir ese ego, de peinarlo, vestirlo y adornarlo con todos los deseos e ilusiones. Y nuestro ego nunca está satisfecho, siempre quiere más. Más poder, más reconocimiento, más afirmación, más placer, más perfección. Más dinero, más posesiones. Y que odiamos las cosas que creemos que son malas, es decir, las que no nos gustan o no nos brindan bienestar. No nos gusta nuestro cuerpo, siempre está feo, o gordo, o flaco, o flácido. Siempre o estamos muy viejos, o muy jóvenes. Y cuando llega un momento, empezamos a sentir que la muerte se nos acerca de a poquitos, a pies juntillas. Y ahi si empezamos a sufrir más. Odiamos a algunas personas, odiamos nuestros trabajos, nuestras vidas. Evitamos y hasta odiamos las personas y cosas los que no nos hacen bién. Siempre andamos confundidos, insatisfechos buscando y apegandonos a las cosas que nos gustan, y evitando y sufriendo por las cosas que no nos gustan. Y la vida así se va volviendo insatisfactoria, miserable.

Sobre eso meditan los monjes. Sobre eso que llamamos cuerpo, sobre eso que llamamos mente. Sobre las cosas que lo forman, sobre las ideas locas, sobre la consciencia, sobre el dios interior. Y para eso, pasan horas sentados, llegando a estados de concentración que les permiten alcanzar sabiduría verdadera y con ella, investigar ecuanimemente todos los fenómenos de la existencia. Meditan de ésta manera para tener firmeza en su corazón, firmeza tranquila y sosegada, paz, y tal vez así llegar a un estado de completa tranquilidad, en la que los deseos y anhelos simplemente se extinguen dejando solo felicidad, felicidad en la calma. Dicen que algunos la logran, dicen. En realidad, no se si esa felicidad sea algo que pueda lograr en ésta vida. Solo se, que en preciosos momentos, se puede sentir esa extinción de deseos, y que una vez que ves las cosas como son, sin embellecerlas, ves que todo es incontrolable, insatisfactorio e impermanente... y ahi estás tranquilo.

Claro, luego llegan de nuevo esos pensamientos de deseos, de ganas de hacer esto o aquello, o llega la pereza, o la mala voluntad... y te perdés nuevamente en ese mundo que aunque es tan insatisfactorio, que has hecho ya tan tuyo... En fin... vuelve el ciclo.

Bueno, es mejor dejar así porque luego se empieza a poner todo drásticamente más profundo y denso, y eso no es muy digno de un blog de viajes. Claro, todo eso es consecuencia de tanto tiempo encerrado y ganas de expresar lo que el ego quiere! Así que mejor me quedo en la descripción física, para enseñar como es el lugar y dar una idea de lo que está siendo mi vida en el momento. Si lo miras de fuera, tal vez no sea muy excitante como los viajes anteriores, pero desde adentro es sumamente enriquecedor.

Un verdadero crecimiento espiritual.