viernes, 28 de agosto de 2009

Highway to Heaven, Indian Version

No muy temprano arranqué a comerme los kilómetros que me separaban de la frontera con Himachal Pradesh porque no eran bastantes, así que el día comenzó relajado y tranquilo. Así fuera un poco más larga, decidí tomar la ruta que se llama Shimla Bypass, que en vez de buscar las ciudades se aleja de ellas. Ésto porque esperaba que tuviera menos tráfico y estuviera más calmada.

Y como pocas veces, acerté. La carretera serpentea perezosamente por valles y cultivos de arroz y maíz, pasando cerca de aldeas en los que hombres, mujeres y niños trabajan sobre los campos codo a codo. Es frecuente ver a mujeres cargando sobre sus cabezas grandes fardos de vegetales mientras los hombres se sientan a descansar y tomarse un chai. Los riachuelos invaden frecuentemente la carretera, y es genial, porque aprovecho para mojarme la cabeza y refrescarme un poco.

En una de las paradas técnicas a comprar galletas y alguna bebida, me detuve en una tiendecita a las afueras de un pequeño pueblo, que estaba ubicada exactamente al lado de un consultorio médico. No había de momento nadie, hasta que al rato apareció un señor de unos cincuenta años que con un perfecto inglés se disculpó mientras sacaba una botella de Slice (jugo de mango) y un paquete de galletitas de mantequilla que le había pedido. Y hablando, me contó que el había sido médico en la caótica capital, hasta que se cansó de esa vida y del espejismo en el que estaba viviendo. Extrañaba, me contó, sus montañas, sus árboles, su gente. Por eso decidió un buen día devolverse a su aldea natal, en el norte del país, y montar su consultorio privado en la tierra que le habían dejado sus padres. Pero como el pueblo era tan pequeño la gente no se enfermaba todos los días, así que el médico decidió abrir un pequeño restaurante y tienda al lado que es donde estaba en ese momento. Se tomaba los días con calma, comía lo que le daba la tierra, y ayudaba a sus paisanos enfermos.

Cuando le pregunté sobre si prefería ser médico o tendero, me miró con incredulidad y me dijo que si no disfrutara lo que estaba haciendo, no lo haría. No tenía un auto importado, ni una casa en la ciudad con servidumbre. Pero en éste campo, que lo vió nacer a él y a su padre, tenía su vida, su familia, sus montañas. Y con eso, poco importaba ser doctor, o alfarero, o presidente de la república.

Como sus padres y los padres de sus padres, tenía su libertad.

Nos quedamos hablando un rato de todo y de nada, de la felicidad, de la vida, de la muerte, de las diferentes cosmologías, de aventuras y tiempos pasados. Pero como nota final, me dijo:

"I wish you to be happy, but remember: happiness isn't having what you want, it's wanting what you have."

"Espero que seas feliz, pero recuerda: la felicidad no es tener todo lo que tu quieras: es querer todo lo que tu tienes".

Y con esas palabras resonando en la cabeza partí de ese pueblito en las montañas un poco más liviano.

Con más y más kilómetros encima, me di cuenta que algo no estaba del todo bién. La carretera estaba... diferente. Y claro, caí en cuenta que estaba demasiado, demasiado tranquila. Que estaba disfrutando muchísimo del camino, como pocas veces antes en India. Sin tráfico, sin contaminación, sin ese infernal ruido de los pitos y los motores de los camiones escupiéndote diesel en la cara, el camino adquiere otro aspecto más benigno, mas elemental. Bordeando las montañas, cruzando serpenteantes ríos, pasando por bosques habitados únicamente por monos ruidosos que comen al borde de la carretera, sentí que ahora estaba subiendo, subiendo por el camino al cielo. Subiendo ahora si a los Himalayas.

La razón de tanta calma, la supe después, es sencilla. Por éstos días se celebra la fiesta de independencia de India y por tanto muchos negocios cierran, al igual que el transporte de carga y pasajeros. Las personas recurren entonces a los trenes para su transporte, dejando las carreteras tranquilas y pacíficas, tal como deberían ser.

Un rato después, luego de cruzar el sagrado río Yamuna, entré al estado montañoso de Himachal Pradesh, y a su puerta de entrada, Paonta Sahib, una de las ciudades más famosas y sagradas para el Sikhismo.

Por un rato estuve buscando un lugar donde pasar la noche, sin mucha suerte. Al parecer no había un solo hotel disponible o que no fuera absurdamente costoso. Un Sikh con su turbante azul me explicó que al ser un lugar sagrado de los Sikhs, en el Gurudwara o templo principal (lo mismo que en todos los demás templos de ésta religión) dan posada a los viajeros, al igual que alimentación y tratamiento médico si es necesario. Sin costo alguno. Y así pues fue como entré con Alma a uno de los templos Sikh más importantes, donde uno de sus Gurús pasó la mayor parte de su vida.

Desde la ventana de mi habitación, se ve el atardecer dorado donde Surya, el dios sol, se esconde detrás de las montañas, pintando al río Yamuna de increíbles matices de oro.

domingo, 23 de agosto de 2009

La casa de los dioses

Uttarakhand es el nombre de uno de los estados que abrazan los himalayas y por el que tengo la suerte de transitar. En hindi, significa "la morada de los dioses" justamente porque es la morada de muchos sitios sagrados para el hinduismo: el nacimiento de los ríos sagrados Ganges y Yamuna, las ciudades santas de Haridwar y Rishikesh, y los Himalayas, que son cuna de varios de los dioses más importantes del panteón hindú. Hay que pensar en una especie de Monte Olimpo versión India, mucho más escarpado, verde y exhuberante.

Justo por su ubicación, está cubierto casi en su totalidad de bosques y montañas, lo que lo hace un increíble escape frente las temperaturas de verano bestiales que se viven en las planicies. Aunque la temporada del monsón no ayude con sus lluvias, recorrer sus carreteras es francamente un placer, aún teniendo en cuenta las subidas a las montañas que te destrozan las piernas.

De Rishikesh, bordeando el Ganges y siguiéndolo hasta su lugar de nacimiento pasando por colinas y montañas de verde vegetación y plagadas de cascadas y riachuelos. De paso por Theri, una poblado que no tiene mucho que me atraiga más que una cama por la noche y un plato de lentejas como cena. De allí sigo hacia el oeste hasta llegar a Mussorie, la reina de las estaciones de montaña del estado, en la que los británicos y los indios adinerados pasaban sus vacaciones de verano. Francamente esperaba algo más encantador, pero igual el clima no ayudó mucho. Tenía que apurarme porque más al norte, las carreteras de los altos pasos en los Himalayas solo están abiertas por un par de meses en verano, y el tiempo se me va quedando corto por el tema de no tener afán y tomármelo todo con calma, mucha, mucha calma.

De bajada, paso por la capital del estado Dehra Dun, donde tenía entendido que era el festival nacional de teatro de ese año. Sólo por eso pasé por acá en vez de continuar de largo, pero cuando logro encontrar al fin alguien que sabe de éste festival, me dice con franca tristeza en su rostro que se apena mucho por mí, pero que el festival se acabó días atrás... Claro, el tema de no planear un carajo tiene algunos imprevistos, como éste. Pero bueno, no hay nada que hacer sino continuar hasta las montañas cercanas de Dehra Dun, donde está la estupa (construcción budista) en teoría más grande del mundo, pero creo que es más cuestión de optimismo y orgullo indio que otra cosa. También había una escultura enorme de un Buda sentado, y una comunidad de monjes tibetanos muy ocupados en lo suyo pues en Dehra Dun hay una universidad Budista, de las pocas que quedan en India.

El clima seguía lluvioso y así y todo tocaba continuar la marcha hacia Paonta Sahib, uno de los lugares sagrados para la religión Sikh, que quedaba en el límite entre los estados de Uttarakhand y el de Himachal Pradesh, donde la subida a los Himalayas se pondrá seria y el aire, escaso.

viernes, 21 de agosto de 2009

Rishikesh, el bazar de la espiritualidad

India es muchas, muchas cosas. Entre ellas, es la de ese bazar espiritual que proporciona todo lo que la gente buscando respuestas necesita. Cuna del Yoga, de los Vedas y de los textos sagrados como el Bhagavad Gita, el Ramayana, y tantos otros. Lugar de nacimiento de muchas de las religiones más importantes del mundo, como el Hinduismo, Jainismo, Sikkhismo, Budismo y demás. Aparentemente India, contrastando fuertemente con el caos de sus ciudades, ofrece en bandeja de plata la paz espiritual a todos los viajeros sedientos de ella.

Rishikesh, unos cuantos kilómetros al norte de Haridwar y sentado en una locación idílica al pie de los Himalayas, junto al sagrado Río Ganges, es el ejemplo perfecto de éste mercado espiritual para todos los gustos. Conocido oficialmente como la capital internacional del Yoga y extra-oficialmente como el mercadillo de la espiritualidad sosa, es un poco como los Saddhus que la recorren día a día. Un poco de santa, un poco de tranquila, un poco de sabia, pero también buscavidas, mamagallista y medio hipócrita.

A lado y lado de sus calles salen mil letreros como en un supermercado, de gente que ofrece sus bienes. Hatha, Raja, Karma, Ashtanga, Iyengar y cualquier otro tipo de Yoga posible. Casitas de lata en las que se ofrece terapias completas de medicina Ayurvédica. Tiendas que venden estatuas de Shiva, Ganesha, Vishnu, y un par de docenas más de sujetos del panteón Hindú. Masajes ayurvédicos, herbales, tibetanos, tailandeses. Certificaciones en Reiki a granel. Shiatsu. Meditaciones de todos los tipos. Acupuntura. Clases de tantra bailable. Ashrams para todos los gustos en los que solamente se quedan los turistas por unos días para saborear la iluminación. Te leen la mano, el chocolate, las cartas, el agua, el té. Te venden piedras, talismanes y amuletos para mejorar tu suerte, tu salud, tu amor. Hay gurús que de día enseñan a recitar mantras o a realizar complicadas pujas, y de noche salen a relajarse a comerse una hamburguesa vegetariana. Hay recitales de música clásica india con su sitar y con su tabla, en el mismo local donde momentos antes se hacía una movida e intensiva sesión de meditación dinámica al estilo Osho.

Rishikesh se hizo famosa de la noche a la mañana porque un día cualquiera, un grupo de hippies en su época de oro vino a pasar una temporada acá. Pero no era un grupo cualquiera, venían de Inglaterra y eran más conocidos como The Beatles. Y aunque eventualmente se largaron porque descubrieron que el ashram del Maharishi donde se quedaban no era más que una estafa y una broma, miles y miles de personas han seguido sus pasos hasta este pequeño lugar, buscando inspiración, tranquilidad, iluminación, o simplemente, una ubicación idílica con yerba barata.

Sin importar lo que pase en sus calles, sin importar los saddhus (falsos o verdaderos) o los peregrinos que la inundan por todas partes, sin importar el mercadillo new-age del pueblo, Rishikesh y sus alrededores efectivamente son un lugar privilegiado. En medio de las montañas, si todo el rollo de la espiritualidad se vuelve muy agobiante, solo unos pocos kilómetros lo separan a uno de los bosques y selvas que están ahí para uno solo. Cascadas, riachuelos limpios, árboles viejísimos. Y los Himalayas, esos imponentes gigantes de roca, desde atrás no te quitan ni un segundo la vista de encima.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Haridwar

A orillas del Ganges y al pié de las montañas, Haridwar me recibió con una frescura que hace mucho rato no me acordaba que existía. Acostumbrado a los veranos en Rajasthan y en las planicies del norte de India, los 25 grados de Haridwar me hicieron casi que tiritar del frío. Y bueno, además que estaba cayendo un aguacero de miedo... El monsón aparentemente está pegando con fuerza por éstos lados, lo que es una buena noticia para los granjeros y para el clima, pero una mala noticia para mis alforjas y mi equipaje que contrario a lo que el vendedor Chino me aseguraba, NO SON a prueba de agua. A prueba de kilómetros, maltrato y tiempo si, pero no de agua.

Como la mayoría de ciudades sagradas, Haridwar está repleta de una enorme masa orgánica de cuerpos y personajes de todos los tipos que buscan la salvación. El olor a incienso, a frutas, a curry y a mierda invade el ambiente. Por las calles principales circulan momento a momento miles de peregrinos, saddhus, turistas y rebuscadores cada uno tratando de encontrar lo que sea que fuere que no tienen: paz espiritual, tranquilidad, liberación, dinero, sexo, una buena foto o todo lo anterior.

Lo bueno es que por la ubicación de Haridwar, el clima por ésta época es más benigno con la gente y el río Ganges baja de la montaña un poco más limpio e imperturbado por la contaminación de millones de personas y fábricas que día a día lo desbordan con sus deshechos. La gente aún hoy en día sigue haciendo las abluciones sagradas de las que tanto hablaban en los Vedas, y se ciñen a los rituales de adoración y respeto como sus ancestros, miles de años atrás.

Aparte de sus ghats, sus templos, sus saddhus y sus callecitas estrechas llenas de bazares ocultos, Haridwar esconde pequeños tesoros inesperados que hoy, ahora mismo, te van alegrando la vida un poquito más.

domingo, 16 de agosto de 2009

Highway to Hell, Indian Version

Un leve cambio de planes pero el destino seguía siendo el mismo. Himalayas. Pero en vez de ir a Shimla de primero, había un desvío hacia el estado vecino de Uttrankal, hogar de muchos sitios de peregrinación como el Gangotri y Yamunotri (sitios donde nacen los ríos sagrados del Ganges y Yamuna), las montañas del Himalaya y Haridwar, otra de las siete sagradas ciudades del Hinduismo. Y no se por qué, pero aparentemente sin planearlo resulto dando vueltas en casi todas éstas ciudades de peregrinación. Y digo que sin planearlo, porque si bien el hinduísmo es una religión mitológica llena de dioses, historias, castas y colorido, no es una ideología que me seduzca, que me llame mucho la atención sino desde un punto de vista netamente estético. Cada día que paso en India quedo más seguro que no estoy acá por el bazar espiritual, ni por tomarle fotos a los Saddhus, ni por balancearme entre los millones de dioses y los otros miles de "Nogurús" espirituales que deambulan por ahi. No. Cada día que paso en India estoy más convencido que estoy acá de paso solamente, viviendo lo que tengo que vivir en éste país de alto voltaje, sea lo que sea. Mis maestros no tienen cabello largo ni caras untadas de ceniza. No viven en las riveras del rio Ganges haciendo abluciones místicas y ceremonias del fuego y del agua. Mis maestros son las incontables personas que se aparecen día a día como ángeles camuflados. Son esas personas sencillas, tranquilas y humildes que te comparten una historia, un chai, un pedazo de su vida. Que te enseñan sin proponérselo. Son los amaneceres y las puestas de sol, son las montañas, los desiertos y las tormentas de lluvia o de arena. Son el carnaval de elementos que desfilan frente a tí, día a trás día, con alguna lección.

Y la lección de éstos días, fue de paciencia. Paciencia porque es lo que me hizo falta al tomar la carretera que conduce de Delhi hacia Uttaranchal, donde habían trancones (o tacos o embotellamientos) que duraban HORAS, solamente porque un chistoso conductor Indio le dió por pasarse de listo y meterse en contravía por una autopista. Y aunque hubiera una fila de autos, motos, bicicletas y camiones pesados estancados, muriéndose de calor y de sordera por todos los pitidos frecuentes, no quería devolverse a su camino y dejar que el tránsito fluyera como debería hacer. Paciencia para no gritarle a él y a todos los conductores con esa absurda lógica India y recordarles a su santísima madre. Paciencia, porque en los estrechos caminos hacia Haridwar, absolutamente TODO el mundo te pita con esos pitos ensordecedores que terminan por hacerte perder la cordura y el sentido del oído. Paciencia, porque no respetan el hecho que vos estés compartiendo la vía con ellos y te tiran a la cuneta, sin importar qué.

India, sos un hermoso país, pero tus conductores sencillamente son los peores del mundo. Por fortuna dejé mi AK-47 en casa (já!) o si no hubiera podido estallar un conflicto trasnacional...

Nada, tal vez respiro por la herida, pero... ¿qué se puede esperar de los conductores que le ponen a sus camiones un letrero que dice "HORN PLEASE" (pite por favor)? India puede ser todo menos silenciosa, y sus carreteras son el epítome de ésto.

Pero bueno, como habría dicho, paciencia.

La ruta hacia Haridwar por ésta época de Julio es aún más congestionada porque por éstas fechas es la peregrinación anual hacia los puntos sagrados de las montañas, hasta finalmente llegar al nacimiento del río Ganges. Por las carreteras se ven muchos peregrinos vestidos de naranja que van hacia o desde el glaciar en los Himalayas con un poco de agua en sus hombros. Éstos tipos van la mayoría a pié y descalzos, y esperan que ésta peregrinación que puede durar desde un par de días hasta varios meses les logre expiar sus culpas y alcanzar una reencarnación más favorable, o en el mejor de los casos lograr el Moksha o la liberación definitiva del ciclo de nacimientos y muertes.

Uno de éstos peregrinos, se me unió al anochecer mientras estaba yo armando mi hamaca en un bosquecito a la orilla de la carretera y comenzó a hablarme en inglés básico de su familia, sus creencias, sus planes y su vida. Tenía orgulloso sus baldecitos con agua sagrada del nacimiento del ganges y me contaba que solo le faltaba una semana para llegar a casa. Llevaba casi un mes caminando descalzo. Y como no hay tal cosa como renunciación absoluta, terminamos el y yo tomando cervezas y comiendo curry de maní antes que el sueño nos secuestrara y nos llevara mucho más lejos que ese bosque olvidado en el norte de India.

viernes, 14 de agosto de 2009

Delhi Reloaded

A Olimpia, Jair, Efy, María, Santiago, Mario, Natalia y todos los Colombianos en Delhi que de una u otra manera me dieron la mano, una palabra, su casa (!), o una sonrisa, me escasean palabras para decirles bonito... Gracias parceros!!!

Dicen que no hay segundas partes buenas. pero en ésta ocasión felizmente no fué así. El encore para Delhi ésta vez estuvo lleno de buenas sorpresas y sobretodo, mucho sabor a Colombia. El tema fué que antes de salir para el Rajasthán cuando estaba haciendo los trámites para sacar un nuevo pasaporte en la embajada, charlando y charlando con la gente de allá me invitaron a pasar la fiesta nacional en Delhi en un evento que estaba organizando la embajada de Colombia. Pues como es costumbre, llegué de un pueblito en Rajastán llamado "Dudú" directo para el hotel donde iba a ser la invitación. Cansado, sucio, y polvoriento, estacioné la bicicleta bajo un letrerito que dice "No Parking" y luego de varios chequeos de seguridad en el que me preguntaban varias veces por qué cargaba en mis alforjas herramientas, y navajas, y tarros de aire comprimido (no los culpo) me dejaron entrar al lobby. Lo primero que hice fue buscar un baño para al menos cambiarme de ropa y limpiarme la tierra de la cara.

Y en resúmen, bueno, digamos que hace mucho, mucho tiempo los días no me sabían tanto a lo que sabe mi tierra. Gente, gente buena, música de mis mares y mis montañas, comida que trataba de hacerse pasar por Colombiana (la intención es lo que vale!), rumba light, más gente buena y una banderita que pondré como pueda sobre Alma. Muchas historias compartidas, algunas de las cuales te llegan derechito al corazón.

Lastimosamente, aunque la noche estuviera apenas empezando, la fiesta diplomática muy diplomáticamente se fue terminando. Y en esas un par de Samarios rebuena onda me adoptaron por unos días y me invitaron a quedarme a su casa, en la que vivían ellos y otros AIESECos. Rumba, descanso, sabor a mi tierra y muy buena vibra que es algo que les sobra. Aparte, aproveché para unas reparaciones que necesitaba y visitar un par de templos que me hacían falta en Delhi y que aparte, quedaban cerca.

Una parada en Delhi que no me imaginaba, recargando las baterías de muy buena energía, pero los Himalayas llamaban, así que una vez más Alma y yo nos despedíamos y nos enfrentábamos a lo desconocido. Una vez más.

jueves, 30 de julio de 2009

Jaipur

La famosa ciudad rosa, la capital y puerta de entrada de Rajasthan, la que se eleva al borde del desierto del Thar. Jaipur es muy conocida por sus bazares, sus palacios, sus fortalezas y su elevada cantidad de turistas que la invaden día trás día. Tenía algo de expectativas por conocerla y era ella mi lugar de despedida de Rajasthán. Pero si bién tiene unas joyas de arquitectura como el delicado Moti Mahal o Palacio de los Vientos, o el Palacio del Maharaja, o hasta el enigmático y bizarro Jardín de la Astronomía Mongola, Jaipur tiene más de ciudad grande y carnívora que de población encantadora como tantas otras en Rajasthán.

Protegida por las fortalezas construídas en la cima de unas colinas vecinas, Jaipur se levanta todos los días al salir el sol a vender sus telas y mercancías en los bullosos bazares de la ciudad vieja. Encantadores de serpientes se sientan a la sombra de las murallas de la ciudad, mientras los camellos pasan tirando carros cargados de mercancías para vender. Los minaretes de las mezquitas cobran vida cuando hacen sonar al unísono los cánticos e humnos de los imam musulmanes. Y no mucho tiempo después, las calles se atestan de rickshaws, bicicletas y buses blancos e impecables llenos de turistas que toman fotos por las ventanas cerradas mientras pasan rumbo a la famosa Agra y su Taj Mahal.

Pero siendo francos, Jaipur la verdad tiene mucho de lo que no me gusta de las ciudades y poco de lo que me enamora. En su transición a ciudad pujante y emergente, ha perdido gran parte de su carisma. Muchas de sus gentes han dejado en el olvido su tradición Rajputh y solo se dedican a la actividad de hacer dinero. Los colores dejaron de ser un signo de orgullo de sus calles, para solo ser un decreto oficial expedido unicamente por que atrae turistas. Cara, impersonal, aburrida.

martes, 28 de julio de 2009

Saltando de ciudad en ciudad

Jodhpur, Mandore, Barr, Ajmer, Pushkar y cién pueblos más van quedando atrás en el camino. Muchos recuerdos e instantáneas en la cabeza. Las casas en tonos azulados, los palacios de Jodhpur. Los jardines, las ruinas de templos y las vacas sagradas de Mandore. La increíble hospitalidad de la gente de Barr. La extrema devoción de los peregrinos musulmanes en Ajmer, la ciudad más sagrada del Islam en el Sur de Asia. El polvo, la bulla y los camellos en el religioso pueblo de Pushkar.

Cada día, una ciudad, un maestro, una experiencia conmovedora. De la mano de Alma, voy conociendo gente y lugares que no me imaginaba que existieran, con la incierta indecisión de lo que me espera en ese futuro que tanto me solía preocupar.

Kilómetro trás kilómetro voy viviendo, algunos duros, otros infinitamente felices. Y es en esos que los que uno piensa que aunque pueda que vengan momentos difíciles, el solo hecho de estar viviendo un amanecer más, una sonrisa de un desconocido más, la amabilidad inesperada, hace que todo valga la pena. El viaje no es más que un continuo de momentos que tienen algo para decirte.

El punto está en ponerles atención.

domingo, 26 de julio de 2009

Jodhpur

La famosa ciudad azul de India, Jodhpur es una extensa y colorida población sobre el gran desierto del Thar en Rajasthan. Una ciudad repleta de callejuelas estrechas, bazares ruidosos y pequeñas sorpresas en cada esquina. Vigilando silenciosamente a Jodhpur, se levanta majestuoso sobre la colina más grande de la ciudad el fuerte de Jodhpur, el Mehrangar, el más grande de toda India que además es hogar del delicado y elegantísimo palacio del Maharaja acorazado y vestido para batalla o para el amor. Con medio milenio de antigüedad, es un fuerte que nunca ha sido tomado por la fuerza, y eso es mucho decir en la agitada y guerrera región del Rajasthan donde las guerras y las batallas eran casi que ritual.

Más grande que Jaisalmer, menos llena de gente que acosa al extranjero y con un poco más de ese encantador caos de los bazares indios, Jodhpur es el epicentro de una agitada actividad comercial en la que abundan las especias, las increíbles telas bordadas, las artesanías, palacios, havelis o casas antiguas, cultura y música.

Los bazares de Jodhpur están llenos de clanes de artesanos y vendedores cuyas familias se han dedicado a lo mismo durante generaciones, y lo siguen haciendo con gusto. Gente que con un chai en la mano tranquilamente abre sus puestos día a día mientras habla con el vecino. Gente tranquila, satisfecha con lo que hace. Gente simple, gente que sonríe, que tiene problemas, pero gente que disfruta las pequeñas cosas de la vida.

Hasta el momento he sido un adicto al "Lassi" que es una bebida parecida al Yoghurt hecha de crema de leche, azucar y hielo. Pero en Jodhpur me enamoré del lassi de Makhaniya, que además de la crema y el azucar estándar, tiene especias tradicionales Indias como cardamomo, clavos y un poco de mantequilla. Suena pesado, pero vale la pena cada pecaminosa caloría que contiene.

El barrio dentro de la ciudad amurallada es encantador, y para mi era un verdadero placer subirme a la terraza a hablar con la gente mientras el sol iba desapareciendo detrás de las casas color azul. En las callejuelas de abajo pasaban vacas y bicicletas, y en los techos de las casas vecinas un montón de niños sale con sus cometas artesanales a desafiar el cielo y el viento mientras despiden un día que va pasando de largo. Es un barrio que de alguna manera u otra con sus colores y sus callecitas estrechas me recuerdan un poco a mi querido barrio de La Candelaria en Bogotá que me acogió como otro hijo más cuando estaba viviendo por allá hace tantos años que pareciera una eternidad...

Y nada, es que el tiempo tiene esa manía de pasar y pasar y pasar.

En la noche, escuchando de fondo melodías de los violines Rajputh y el ritmo de las tablas (instrumento de percusión indio) empaqué casi cayendome del cansancio: Mañana es día de viaje también.

viernes, 24 de julio de 2009

Armas nucleares, tormentas de arena, y ciudades azules

Aunque el calor me hubiera tentado a no salir nunca de Jaisalmer y quedarme en mi habitación palaciega muchos días más, los caminos de Rajasthán seguían llamándome, haciendome ellos la pregunta si era lo suficientemente hombre (o loco) para desafiarlos y vencerlos en ésta época. Del remoto Jaisalmer a Delhi eran casi mil kilómetros de carretera desértica, polvorienta, difícil. Pero con Alma recién preparada, y yo bién descansado, estaba confiado en que todo iba a salir muy bién.

Ah, la ingenuidad...

En rumbo hacia Pokaran la carretera es terriblemente abrasadora y dificil, en una sola palabra, infernal. El calor te enloquece, pero lo que te mata en realidad es que efectivamente estás en un desierto, y los pozos con agua que tan comunes eran en el norte de India, desaparecen por completo en Rajastan. En la carretera estás vos, sudando y respirando fuerte y al lado, abrazándote, el desierto. Ese desierto rudo, inhóspito, en el que la vida lucha con todo lo que tiene por pasar un día más. Ese desierto que tantos han tentado y tan pocos han vencido. Las botellas con agua que llevaba se acabaron en unos minutos y el optimismo de encontrar un pozo o alguna estación de servicio se iba desvaneciendo poco a poco. Afortunadamente encontré una casa escondida en la arena y como pude les pedí algo de agua. Las mujeres me miraban como bicho raro (que bueno que ya me estoy acostumbrando) y al final me llevaron al patio trasero donde en unas tinajas de barro había un agua color parduzco de dudosa proveniencia... Pero como la sed mata cualquier prejuicio o asco, a mi me supo a nectar caído del cielo y luego de llenar mis reservas y agradecerle a las hijas del desierto, seguí en la suicida marcha por las vacías carreteras de Rajasthán.

Luego de muchas horas que se me hicieron un verdadero suplicio, llegué a Pokarán que es donde India le dá por hacer las pruebas nucleares para intimidar a su vecino Pakistán. Cercadas y rebosantes de ejército y fuerzas militares, los sectores en los que todavía están los cráteres de las bombas y proyectiles atómicos están claramente delimitados. Allí en Pokarán también hay algunos fuertes y edificios de interés, pero francamente me importaba un carajo porque lo que quería era descansar y salir al día siguiente antes que saliera el sol y el calor me matara. Tal vez sería un día menos difícil, no?

Ah, la ingenuidad...

Tantos días en el monasterio de Tailandia te enseña al menos a madrugar y disfrutar los primeros instantes del día. Pues aún a oscuras empecé el largo trayecto rumbo a Jodhpur que también cruzaba parte del gran desierto del Thar. Y todo iba bién, estaba animado, el clima estaba pasable y la carretera estaba sola para mi. Incluso tenía ganas de cantar, así de optimista estaba.

Hasta que llegó la tormenta de arena.

En cuestión de minutos, el cielo se puso un poco oscuro como si fuera a llover más tarde. Y empezó el viento a soplar fuerte, cada vez más y más fuerte. La arena empieza a golpear durisimo y la carretera se cubre por completo de polvo del desierto, que también se te mete en los ojos, en la boca, en cualquier parte que esté expuesta. No hay nada que hacer, ver es imposible. Solo escuchás ese atronador rugido del viento jugando con la arena, tratándote de violarte entre ambos.

A uno le pasan por la cabeza todas esas imágenes de películs y documentales del Sahara y África en las que luego de las fuertes tormentas de arena, nadie queda vivo. Y bueno, en medio de la preocupación y el desespero llegó el pensamiento tranquilizador de que no hay absolutamente nada que hacer sino buscar cubrirse como pueda y aguardar a que baje un poco para ver algún lugar que sirva mejor de refugio que el árbol seco en el que me agaché con mi krama protegiéndome la cara (amo ese krama, maldita sea!).

Y ahí estaba yo, uno de los ciclistas más estúpido de todos los tiempos, con un trapo en la cabeza y una bicicleta sucia al lado. Yo, armándome unas películas de terror en la mente y la arena clavándose como agujas en cada lugar del cuerpo que estaba descubierto. Alma se había caído por la fuerza del viento, pero estaba más estoica que yo.

Cuando ya me estaba desesperando, tan rápido como apareció, el viento fue disminuyendo y el día se fue aclarando. De nuevo el sol apareció y lo único que demostraba que había sucedido una tormenta de arena era el desastre en la carretera y los kilos de arena que de alguna manera se lograron colar dentro de las alforjas de la bici.

Tembloroso, sucio, empolvado, tomé un poco de agua para aclarar la garganta y mis pensamientos y continué camino hacia Jodhpur, esperando que ninguna eventualidad pasara. Y los dioses, viendo que tal vez había tenido suficiente con el desierto, me dejaron llegar en paz (aunque tardísimo) a la ciudad azul de Jodhpur.

jueves, 23 de julio de 2009

Hacia el mítico Rajasthan

Hay una región en India en la que dicen que sus hombres vinieron directamente del sol, por eso son fuertes, feroces, guerreros, valerosos y honestos. En la que la gente aprendió a convivir con el sol y con el desierto, y los fuertes se mezclan con los palacios. Donde los maharajas con turbantes coloridos y cimitarras llenas de joyas se lanzaban a la batalla sobre elefantes, camellos y corceles, mientras que sus esposas y demás mujeres del harem los esperaban en los palacios victoriosos en las ciudades, porque para ellos derrota era sinónimo de muerte. Una región en la que las ciudades, los turbantes y los saris son de intensos colores: azules, rosas, dorados. Esa región es conocida como el Rajasthan, abrazando al Desierto del Thar en la frontera con Pakistán.

Antes, tenía la idea de empezar a subir a los Himalayas y darme un vueltón por ahí, pero decidí hacer el cambio de planes para visitar Rajasthan antes de subir las montañas. Mejor dicho, como no quedé saturado de tanto calor del verano de India, decidí ir al desierto en la temporada más caliente (nótese la ironía). No mentiras, pero el tema es que solo podía visitarlo en ésta época y el Rajasthan queda seductoramente "cerca" a Delhi como para decirle que no...

Entonces tomé un tren en Delhi, monté a mi Alma muy juiciosa en el compartimento de equipaje, y por primera vez me subí en un tren en India, ésta vez en un vagón de clase Sleeper rumbo a Jaisalmer, la somnolienta ciudad de oro que parece salida de uno de esos cuentos de hadas.

Y casi 24 horas después...

Llegué. Jaisalmer es un pueblo en el corazón del desierto en el que todos los días, sin falta, brilla el sol dándole a las casas y fortalezas ese matiz de oro que hizo que se le llamara la ciudad dorada de India. A menos de cien kilómetros de la disputada frontera con Pakistán, y en medio del Gran Desierto de Thar, es famoso por su imponente fuerte, sus havelis encantadoras (antiguas casas de arquitectura clásica), sus poderosos Bhang Lassis (no preguntar) y por las excursiones o safaris en el desierto, a lomo (o joroba) de camello. El pasear por las dunas del inhóspito desierto era algo que me seducía y aunque Alma se pusiera celosa, lo iba a hacer.

Hay excursiones en el desierto para todos los gustos (y resistencias). Desde los extenuantes recorridos de varias semanas por el desierto hasta los simples de un par de horas, en todos se tenía la oportunidad de perderse en las dunas y respirar un poco de la vida de la gente de los Rajputs (gente de Rajastán). El silencio del desierto, las campanitas de las cabras que buscan entre los espinos algo para comer, los pueblos de casas hechas con barro y paja, templos abandonados, el viento cálido que hace cantar la arena, los místicos amaneceres y puestas de sol... Es una experiencia que hay que vivirla, así sea en un verano abrasador.

En Jaisalmer me quedé dentro de un haveli en la mejor habitación que 3 dólares pueden comprar. No me lo podía creer, parecida sacada de un cuento de las Mil y Una Noches... Con balcón, adornos en el techo, cama de luna de miel, baño casi tan grande como la habitación... Me quedé más días de lo planeado en Jaisalmer, relajándome, acostumbrándome al desierto y a sus encantos.

Pero la hora de partir también llega, y ésta vez era rumbo a Jodhpur, la famosa ciudad azul de Rajasthán.

miércoles, 22 de julio de 2009

Postales de Delhi

Delhi es una de esas ciudades que no se lleva el premio a la belleza. Caótica, sucia, contaminada, enorme, cara, en resumidas cuentas, fea. Es facilito entender la razón por la cual algunas personas se arrepienten de su visita a India con tan solo un par de días en la capital (lo peor es que es una historia bastante frecuente). Estafadores, buscavidas, conductores de rickshaw avispados no ayudan a que tu estado de ánimo mejore. Pero si uno raspa y raspa la superficie, se encuentra en que si se le da una oportunidad a Delhi lo recompensará a uno con templos y monumentos de arquitectura única repletos de historia, bazares donde uno puede encontrar lo que quiera, pequeños puestos de comida deliciosa y gente verdaderamente amable.

En Delhi me quedé forzadamente unos días, aprovechando que es un lugar en el que se encuentra fácil conexión a Internet, pero lo más importante fue que saqué otro nuevo pasaporte, arreglé un poco a Alma, y revisé cuales eran las vueltas para la visa de Pakistán y, ejem, Irán.

viernes, 17 de julio de 2009

Oda a los anónimos reparadores de bicicletas

En Asia, las bicicletas siguen siendo los vehículos de preferencia de la mayoría de personas, incluso aún más que las motocicletas o los carruajes tirados por búfalos (!). Por ello, y como caídos del cielo, hay cientos de amigables personajes que por una fracción de un dólar se encargan de reparar una llanta pinchada, arreglar un rin desbalanceado, reparar los frenos, o hacerle mantenimiento básico a tu bicicleta. Y es todo muy zen, porque todos ellos tienen en común que son tipos relajados, algunos silenciosos, algunos gregarios, pero siempre con esa tranquilidad y frescura que uno ve raras veces en las ciudades. Y aunque muchas veces no tienen las herramientas adecuadas, éstos tipos francamente logran hacer milagros. Gracias a todos ellos.

Pero a veces, uno necesita algo más específico, un repuesto en particular, una parte escasa, una pieza importada de calidad. Para eso, hay que buscar tiendas un poco mejores que tengan más surtido. Y en mi viaje de 8,000 kilómetros, han habido varias ciudades de Asia en las que he buscado mucho y encontrado las que, a mi parecer, son las mejores tiendas de bicicletas. Acá hay una lista que no es exhaustiva en absoluto porque la saco de memoria, pero que busco reconocer a quienes merecen ser reconocidos.


CHINA

Las ciudades capitales de provincia, son el paraiso para los ciclistas. Bicicletas de muy buenas marcas, partes de recambio de alta calidad y accesorios increíbles, todo a precio de remate. Mi primera bicicleta china la compré por unos 15 dólares... eso lo dice todo.

En Chengdu
Acá compré mi bici en una de las tantas tiendas de GIANT esparcidas por toda la ciudad. No vas a tener problema con encontrar una.

En Kunming
Ubicada al sur de china, es una ciudad que recuerda el calor del sureste de Asia. Es un buen lugar para hacerle servicio a la bici antes de cruzar las fronteras con Laos, Vietnam, o empezar una aventura Tibetana. Allí también están las ubicuas tiendas de GIANT, pero para piezas especiales o accesorios, el premio se lo lleva:

Sr. Xiong Jun Wu, de Fat Tyre Fun Mountain Bike Club (cerca a Yunnan University)
No. 51, Unit 5 of Beimen Road, Kunming, China
Mail: bear_bike@hotmail.com

Aunque su inglés era tan básico como mi chino, nos logramos comunicar y fuera de las piezas de excelente precio y calidad que le compré, me llevé una bolsa llena de regalos. Hay que pedir descuento.


VIETNAM

Vietnam, Vietnam. Sus calles están llenas de bicicletas, pero sus ciudades carecen increíblemente de buenas tiendas. La mejor opción es en Hanoi, en la calle de las bicicletas que queda al sur del lago central. Por allí hay muchas tiendas de bicicletas en las cuales se consiguen algunas cosas y se puede probar suerte. Tal vez tengan mejor suerte que yo!


CAMBOYA

Si preguntas por una tienda de bicicletas, lo más seguro es que los locales te señalen la vía que da al venerable anciano del pueblo que tiene dotes del arte zen de la reparación de bicicletas. De cualquier manera, en Phnom Penh se encuentran algunas cosas para bicicleta en el mercado central y en el mercado ruso. Pero ojo, es lo más barato de entre lo barato. Perdí dos seguros para la bici en menos de dos días, así que considerate advertido.


LAOS

En Vientiane conocí una chica que me dice que hay una tienda al norte de Talat Sadet (?) que importa bicicletas de buena calidad desde China. Las que encontré unicamente vendían bicicletas para niños y de esas enormes y monstruosas bicicletas de la segunda guerra mundial. En todo caso, si algo serio le pasa a la bici en Laos, lo mejor es esperar y llevarla a Tailandia donde se le puede dar el cariño que necesita.


TAILANDIA

Ah, Tailandia. En cualquier ciudad mediana o grande encontrarás tiendas que reparan bicicletas de todo tipo, y que venden las famosas Trek, Merida, Giant y hasta Canondale. En Bangkok hay un surtido de tiendas que traen bicicletas muy buenas y le hacen servicio completo a las bicis que lo necesitan. Para mi, el premio se lo lleva:

Sr. Fausto Ezequiel (?), en The Bike Zone
2nd Floor, Amarin Plaza
Bangkok, Thailand

Fausto, es un hermano de Venezuela que da todo a buenos precios, y lo mejor de todo, es honesto y siempre tiene un buen consejo para darte. Aparte, su céntrica ubicación y de fácil acceso en el Skytrain la hacen imbatible.

También están las conocidas Probike, al norte del parque Lumpini y Canondale, por allá en Sukkhumvit. En Chinatown también encontrás una calle de bicicletas con una decena de tiendas de bicis para todos los gustos (y presupuestos).


INDIA

India es el paraiso para aquellos que aman los vehículos vintage, en especial las bicicletas que pesan una tonelada y que tienen estilo de la segunda guerra mundial. Si, por el contrario, buscas una buena bicicleta de touring o todo-terreno, con cambios y de un buen marco, estás en problemas. Hasta los mejores mecánicos de las tiendas de bicis alucinan cuando ven el sistema de la cicla que llevas, y eso nunca, pero nunca es un buen signo.

De cualquier manera, si necesitas urgentemente alguna reparación que se les sale de las manos a los mecánicos de carretera, puedes preguntar por:

Sr. Ramesh Arora, en The Hero Zone (Zamindar Cycle House)
60A & B, Cycle Market, Phase 1, Jhandewalan, New Delhi, India

El hombre es muy, muy honesto, te da las cosas a precio de local, y si hay alguna pieza que no tiene en inventario, te lleva a donde la puedes conseguir. Aparte, su tienda es una de las que más movimiento tiene en el sector y tiene de los poquísimos mecánicos certificados que pueden hacerle servicio a bicicletas con cambios.

Como decía, éste post no puede interesar a muchos, y aparte dista mucho de ser un directorio exhaustivo, pero podría ser bastante útil por si necesitas urgentemente reparar el cassette de piñones estando en la mitad de la nada en Asia, sin saber por donde empezar.


Summary: Bicycles shops all around Asia: China, Vietnam, Laos, Cambodia, Thailand and India.

jueves, 16 de julio de 2009

Llegue

Casi un mes de recorrido. Mil ochocientos kilómetros. Clima de verano extremo, cincuenta grados centígrados a la sombra. Siete grandes estados atravesados. Decenas de galones de líquidos bebidos (y sudados). Kilos de polvo en la ropa, en el cuerpo, en la sangre. Dos inconvenientes grandes en la ruta. Incontables personas increíbles que conocés en la ruta. Monumentos famosos, monumentos menores, monumentos anónimos. Muchísimas más historias de las que podré recordar, pero las que espero, me habrán moldeado en una persona mejor. O al menos, más consciente.

Estoy en Delhi, luego de uno de los meses de pedaleo más difíciles e intensos de toda mi vida. Llegué a Paharganj (el ghetto de turistas con un presupuesto ultralimitado) en el centro de Delhi casi a medianoche. Cansado, con dolor en las piernas y espalda, tostado por el sol, empapado por la primera lluvia del monsón, hambriento, pero llegué.

LLEGUÉ! Atravesando carreteras francamente desastrosas, azotado por el viento de cara y por las diarreas de viajero, pedaleando algunos días más por la pura fuerza de voluntad que por el poder de mis piernas, pero llegué. LLEGUÉ!

Empantanado, sucio, con el pelo hecho un desastre. Pero recorrí cada uno de los casi dos mil kilómetros con el sudor de mi cuerpo. Yo, que me daba pereza levantarme a contestar el teléfono, o prefería ir en auto a la tienda de la esquina (bueno tampoco, pero casi!)

Cruzar en bicicleta la intensisima India de occidente a oriente, en un terrorífico verano era algo que ni se me hubiera ocurrido en mis sueños más locos. Y sin embargo eso fué lo que hice, y carajo, con tan solo eso mis nietos tienen algo de lo que pueden estar satisfechos de su viejo abuelo (nietos?! abuelo?!?!)

Hecho polvo llegué a mi hotel, sintiéndome entre jubiloso y un deprimente despojo humano. Nueva Delhi. Parqueo la bici contra una pared, me siento, y exhalo todo el aire cansado, esperando que se llevase un poco del cansancio de mis huesos.

Y de la nada empieza a sonar el rugido de decenas de tambores que encabezaban una extraña comitiva. Resulta que en un abrir y cerrar de ojos, la calle se llenó de gente que gritaba, celebraba, giraba y bailaba. La razón? Una celebración de matrimonio indio. Y tan rápido como inesperado, estaba yo en el medio de los indios que bailaban con frenesí, en medio de los estallidos de la pólvora, riéndome como niño y bailando con todos, sintiendo la misma sangre, el mismo calor, el mismo ritmo de los tambores que te jalan a la tierra y hacen mover automáticamente tus pies, y sentirte tan maravillosamente vivo.

India, nunca dejás de asombrarme.

India, llegué, llegué, pero tal vez nunca he partido.

miércoles, 15 de julio de 2009

Peregrinacion

Los días se ponen más y más calientes por la llegada tarde del monsón. Si me pusieran a elegir entre días secos e infernales, o mojados por el agua del monsón y caóticos... Creo que elegiría a las lluvias, porque aunque viajar con lluvia es a veces un desastre, no es tan extenuante e inclemente como un sol inclemente que te rostiza poco a poco. Pero nada, las lluvias no llegan y eso hacía que los 80 kilómetros que me separaban del Taj Mahal a Mathura y Vrindavan fueran mortales.

En un día normal, me tomo unos 4 o 5 litros de agua, pero en éste verano tomo el doble y aún siento que no me estoy hidratando lo suficiente. No he visto ningún otro ciclista de largas distancias en el camino, lo cual me parece muy normal porque no hay mucha gente que sea lo suficientemente loca (y estúpida) de tomar carretera en éstas condiciones! Pero bueno, no hay afán e igual ésto para mi no ha sido más que aprendizaje. Hay días duros y días no tan duros. Esa es la vida.

Curiosamente, de camino a Mathura cuando iba casi a punto de tirar la toalla y acostarme a dormir en la hamaca debajo de cualquier árbol, como salido de un espejismo vi en la mitad de la nada los arcos dorados de los tipos de McDo. Y bueno, aunque no me mate, la idea de una Big Mac con unas papas fritas y una coca cola enorme eran bastante seductoras! El tema es que McDonald's India no tiene hamburguesas con carne de res. O sea, no hay Big Mac. Pero si tienen su contraparte india, la Big Maharaja vegetariana! No hay Coca Cola, pero si su versión india, la llamada Thums Up (ojo, no Thumbs). Y en ese oasis de aire acondicionado y olores a grasas polisaturadas me quedé más de la cuenta, tentado a poner mi hamaca en dos columnas, claro está que los polis del sitio no estarían muy de acuerdo... En fín, hora de seguir el camino!

Mathura y Vrindavan son dos polvorientas poblaciones que no serían más que un nombre en un mapa de no ser porque hace varios miles de años, Sri Krsna (o Krishna) nació alli. Krsna es uno de los dioses más famosos del panteón Hinduista, y a éstos lugares vienen peregrinos de todas partes de India. De hecho, junto con Varanasi, es uno de los lugares más sagrados del Hinduismo y por estar en vacaciones de verano, está atiborrada de gente.

En Mathura hay un conjunto de templos muy grande y vistoso en honor a Krsna. Está inclusive una placa de piedra que indica el lugar donde nació aquel guerrero, político y músico famoso que terminó siendo deificado por los Hinduistas. Pero lo que verdaderamente sube el voltaje de el lugar, no son las esculturas o los retratos de Krishna, sino toda la energía y devoción de los miles de devotos peregrinos que hacen sus pujas (o adoraciones) en cada metro cuadrado del lugar. Hay gente que inclusive lame el suelo del lugar donde nació Krsna, lo cual dice mucho de su adoración porque es un suelo que miles y miles de personas pisan diariamente...

A unos 10 kms al norte queda Vrindaban, famosa porque allí era donde Krishna solía robarles mantequilla y esconderles la ropa a las lecheras cuando se bañaban en el río. Está lleno de templos en honor a él, y de carros cargados de peregrinos. También es el lugar de orígen de los Hare Krishna, quién tienen su sede alli en un templo enorme que visitan personas de todo el mundo. Tenía ganas de quedarme una noche más allí, pero el caos sagrado y las multitudes me llevaron a pasar por alto el bazar espiritual de Krishna y quedarme en un sitio más tranquilo.

Y es así como termino como siempre sin saberlo visitando los sitios más sagrado de las principales y más antiguas religiones del mundo! El viaje en bici termina siento más que turismo, una peregrinación extendida pasando por los sitios más sagrados del Hinduismo, Jainismo, Krishna, Islam y Budismo...