lunes, 13 de julio de 2009
Llegando a Agra
Pero es solo cuando escuchas al mismo tiempo a los Imam de todas las mezquitas cantando sus himnos sagrados a Alá, y a los autorickshaws pasar como locos en la calle bajo de tí llenando el aire de pitos y de música pop hindi a todo volúmen, cuando los vendedores de especias en sus carritos pasan insultando a las vacas que se pasean como pedro por su casa en las calles, o en los techos de la ciudad los niños corren y juegan, y elevan cometas esquivando cabras, y a lo lejos se escuchan las campanas enloquecidas de la puja nocturna, es ahí cuando India se sale de la postal para cobrar vida, y se te entra por los poros y te intoxica y te hace agradecer que estás vivo, que estás acá, que estás viviendo éste instante.
domingo, 12 de julio de 2009
Khajuraho y el Kama Sutra
No es ningún secreto que en la actualidad, el Indio promedio sea bastante recatado y conservador con respecto al sexo. Para la mayoría de los solteros, es otro fruto del lejano árbol prohibido, algo de lo que solo aprenden de las películas de Hollywood (en las películas Indias las parejas ni siquiera se besan) y de sus amigos casados.Pero es difícil creer que siempre eso ha sido así, en especial en Khajuraho.
Khajuraho es otra polvorienta y caliente ciudad en el corazón del estado de Madhya Pradesh. Conectada con el resto del país por medio de deplorables carreteras, llegar hasta allí es toda una aventura (o tortura, depende de quién lo mire) particularmente en bici, en la que uno no es más que una vil garrapata que los animales de cuatro ruedas más grandes y feroces quieren sacarse de la vía. Literalmente.
De Varanasi a Khajuraho, pasando por Allahabad y sus fuertes y sitios sagrados, por la polvorienta Mahoba e incontables poblaciones de casas de barro. Fueron días de viaje duro duro, en particular porque la carretera en la mayor parte de su trayecto tenía una sola vía tanto para los que van como los que vienen. Y es ahí la ley primaria de la supervivencia del más fuerte (o del más grande). Los camiones más grandes y más ruidosos son los que van como reyes, y todos los demás tienen que ceder el paso. Muchas veces es un juego de agallas donde dos camiones pesados van a toda velocidad de frente, y en el último instante uno de los dos decide que todavía ama su vida y le cede el paso al otro que deja trás de si una nube de polvo y el sonido de los pitos a lo lejos.
Obvio, el pobre ciclista no tenía remedio que irse fuera del camino, por la carretera destapada, sorteando baches y tragando polvo. En una de esas tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un agujero negro que no había visto, y la llanta trasera quedó parcialmente destruída...
Claro, mientras todo ésto pasa, uno sigue esperando que Khajuraho de verdad valiera la pena todo éste desvío.
Y si, si valió la pena.
Khajuraho alberga un enorme complejo de templos dedicados a Shiva, Kali, Vishnu, Surya, Ganesha y otros tantos personajes del panteón hinduísta. Pero a diferencia de otras ciudades históricas, éstos antiquísimos templos sobreviven en muy buen estado y están llenos de esculturas e imágenes eróticas sacadas del Kama Sutra y de otros tantos Sutras de sexo tan explícito que harían enrojecer de pena (y envidia) al combo de Siffredi, Jameson y Vidal. Desde todos los ángulos, seductoras apsaras bailarinas te miran mientras que parejas, tríos y grupos de amantes de muchos siglos de antigüedad le siguen dando a su asunto con una maestría y acrobacia envidiables.
Hasta la fecha, es un misterio la razón de la construcción de éstos extravagantes templos. Algunos dicen que era una especie de universidad para los jóvenes de la época, otros dicen que era para los practicantes del tantra, y otros dicen que su construcción es hecha por los mismos dioses. Pero aunque no haya explicación clara, la verdad es que con sus decenas de miles de amantes esculpidos en roca, Khajuraho es un lugar increíble y tal vez único en el mundo.
sábado, 11 de julio de 2009
Varanasi
Todo esto tiene en común a la arteria principal de la espiritualidad y cosmogonía Hinduísta, el Ganga, el mítico Río Ganges que tantos sueños ha inspirado en todo el mundo. En Varanasi, la ciudad más sagrada del hinduísmo, la devoción de los miles de creyentes se siente pesada en el ambiente. Varanasi, una de las ciudades más antiguas del mundo. Varanasi, la mítica, la mundana. Donde algún Saddhu te cuenta el secreto de la felicidad, y el otro te trata de vender su reloj, "cheap, my friend". Donde siempre en algún lugar hay un muerto quemándose a la orilla del río, y también hay un tipo tratando de estafarte y hacerte desprender de algunos (cientos!?) de dólares. Donde hay gente que solo habla con verdad, y otra que no la conoce.
Varanasi, Benarés. No es un lugar para entender, sino para sentir. Y solo se siente, estando acá.

viernes, 10 de julio de 2009
En busca de la iluminación
Justo en Bodh Gaya fué donde dicen que Siddharta alcanzó el conocimiento y la iluminación absoluta y es por ello que es uno de los sitios más importantes para el Budismo. Es tal vez el lugar mas importante de peregrinacion para los budistas en todo el mundo y acá se levantan templos budistas de todas las esquinas del globo, con sus diferentes estilos: templos de Nepal, Tibet, Thailandia, Bhutan, Myanmar, Bangladesh, Japon, China, Korea, Taiwan... en fin.
De hecho en Bodh Gaya, el Dalai Lama pasa varios meses en el año en la época de "invierno" Indio. Es un lugar de inmensso respeto, se respira un ambiente de paz y tranquilidad en sus parques y templos. En cualquier rincón hay monjes de todas las tradiciones debajo de árboles o en pabellones a la sombra que buscan, como Siddharta, esa iluminación tan esquiva, ese gusto de libertad que es el elusivo Nirvana.
Pero aparte de aquellos devotos que meditan en silencio aquí y allá, también están los hinduístas que han incorporado a Siddharta, al Buda, como un dios más en su panteón. Y llegan también por decenas en ondas de ruidosa peregrinación, besando (y lamiendo!) el sendero donde Siddharta meditaba, o el lugar donde meditó por varios días debajo del árbol de Bodhi.
Es un lugar tranquilo y apacible, y lo es aún más en temporada baja. Esas noches me quedé hospedado en el monasterio butanés, dejándome llenar del ambiente, y tratando de recordar lo vacío que es el apegarse a las cosas, siempre tan impermanentes, tan incontrolables, tan insatisfactorias. Viendo a través de las ventanas de mi mismo que la vida no es sino una ilusión, que pasa rapidito...
Hace muchos años, cuando aún estaba en el colegio, me maravillaba por la historia de ese príncipe que dejó su castillo, su familia, su riqueza y su harem por perseguir la búsqueda espiritual donde fuera que sea que estuviera. Leía en los libros de historia esos relatos, y me maravillaba particularmente con la historia de su iluminación debajo del árbol.
Y estando justo debajo de ese mismo árbol, más de 2,500 años más tarde, hizo que algo hiciera click y me estremeciera. Ese mismo algo que me dice que en el mundo no hay tal cosa como las casualidades.
Gracias profe, gracias Siddharta.
jueves, 9 de julio de 2009
Enamorándome
Mejor dicho, India tiene ese no se qué que me enamora. Los extremos, la intensidad, la magia, lo cálido, lo misterioso, lo amable, lo apasionado, la vida, la muerte, lo que te hace perder la cordura, la esperanza. La gente, por dios, qué gente.
India me acogió con los brazos abiertos, me alimenta con la leche de su pecho y me da de beber y me refresca con el agua de los innumerables pozos de sus caminos. Me enseña, ella y su billón de hijos (mis hermanos) que día a día te encuentras al azar en la carretera. India.
Más que amor, creo en esa pasión, ese deseo loco a primera vista. Y eso es lo que estoy sintiendo con India. Me dan ganas de amarla, y otras me dan ganas de escupirla o gritarle a todo pulmón. Pero esa es la pasión y eso es lo que siento por India. Me hace sentir vivo...
En éstos momentos ya dejé el estado de West Bengal (Bengala Occidental) y estoy en la mitad de Jharkand, un estado relativamente nuevo (formado apenas hace 8 años) que además es uno de los menos visitados de India. Y ésto se debe en parte a su fama de inseguridad y disturbios públicos, pues tiene una guerrilla de influencia Maoista llamada "los Naxalitas". Varios Indios me explicaban que si bién en su época sus actividades se volcaban hacia la igualdad social y la consciencia de la distribución de la riqueza hasta aquellos más necesitados, hoy en día no es más que un grupo al márgen de la ley que terroriza pobres y ricos unica y exclusivamente por dinero. E igual así, hay algunos extranjeros con visión romántica que los defienden en plazas públicas. Claro está, porque ellos en Europa o de donde sea que vienen no han sentido el dolor de la muerte de un familiar o conocido, no han sentido terror en la noche cuando los guerrilleros se acercan a sus poblaciones. Cualquier parecido con la historia de la guerrilla Colombiana es meramente coincidencial...
En todo caso, en mi viaje de "peregrinación" tenía ganas de subir a Parasnath que es el lugar más sagrado de la religión del Jainismo. Cerca a Parasnath hay montones de montañas llenas de templos y santuarios Jainíes. Y hasta acá quería llegar yo, pero en un dhaba (restaurante de carretera) me explicaron que no era muy buena idea, porque por ésta época no había mucho turismo y hace poco los Naxalitas se habían reactivado en la carretera, quemando varios autobuses y pidiendo dinero (la vacuna!) a la gente que transitaba por las solitarias carreteras que unen las montañas con Parasnath. Nuevamente, no se por qué se me hace TAN familiar ésta historia!
Y pues un poco aburrido y no más viendo los santuarios Jainíes a la distancia, seguí pedaleando hacia el noroeste, esperando llegar al estado de Bihar y desandar los pasos de Siddharta en también uno de los cuatro sitios más sagrados del Budismo en el mundo, Bodh Gaya, o donde históricamente dicen que Siddharta alcanzó su iluminación.
El viaje/peregrinación no se detiene!!!
miércoles, 8 de julio de 2009
Calcuta, ¿la ciudad de la alegria?
Reloco, pero bueno, como decia ya estoy mucho mas acostumbrado! Ya luché con la inercia y el calor, armé a mi adorada Alma que estaba un poco aburrida de andar metida en una caja de cartón y me puse en mis primeras tentativas excursiones bicicletisticas por la ciudad... es tenaz, el tráfico es de los peores que he visto (se da guerra con el de Vietnam). Pero ya hasta he aprendido a disfrutar esa ausencia de leyes y reglas, me dan ganas de comprarme un pito de esos de trasatlántico para abrirme paso en las calles!!
Calcuta es una ciudad enorme (la segunda más grande de India) que pareciera que se hubiera quedado en los 70's. Los autos, los buses, las oficinas, las tiendas... Así me imagino que era hace unas décadas las calles de las grandes ciudades de Latinoamérica.
Por todas partes se ve el legado del colonialismo inglés, desde las grandes y majestuosas lineas del Victoria Memorial (una combinación entre la Casa Blanca gringa y el Taj Mahal) hasta las casas y edificios estatales que se ven en el centro. Incluso en las cortes de justicia, todos los abogados y jueces tienen ese vestidito tipo toga tan tipicamente inglés y que se ve tan extraño en el calor subtropical de Bengal!
Museos, edificios, rickshaws tirados por gente, templos, iglesias, calles abarrotadas de gente y tráfico, tiendas, olores, eso es lo que definiría por el momento a la ciudad de Kali, Calcuta.
Y hablando de Kali, estuve en Kalighat que es uno de los templos más importantes a la terrible diosa Kali (diosa de la destrucción), y es todo un viaje. Cientos, miles de creyentes hacen fila para poder mirar un instante a la negra imágen de Kali, y luego asistir a los sacrificios de animales en vivo y en directo donde degollan al infortunado animal y luego los creyentes toman la sangre de la piedra de sacrificios y se la untan en la frente. La verdad, no entiendo mucho ésto pero bueno, es la tradición.
La comida es otra de las gratas sorpresas de India. Por menos de un dólar te puedes comer un Thali, que es como el corrientazo Indio que tiene arroz, roti (como un pan o tortilla), yoghurt o leche agria, y por supuesto, curry, mucho curry!!! También Calcuta es famoso por sus dulces y por su excelente comida de mar, esos pescados en currys picantes son la lo-cu-ra!!! Estoy empezando con respeto por todo el tema que no quiero destrozarme el estómago, pero se que tarde o temprano va a terminar sucediendo.
Pero al márgen de todos los edificios bonitos, y los monumentos y los parques, está las condiciones de increíble pobreza en las que viven muchos de los hijos de Kolkata. Niños que viven en barrios hechos completamente con basura y que pelean con los escuálidos perros por un pedazo de comida que han encontrado en un cubo de inmundicias. Gente en los puros huesitos que te piden una moneda, niños deformes, o ciegos, que te toman de la camisa y te piden de comer.
Es dura, que tan dura es la vida a veces para éstos hermanos que por cualquier razón no nacieron en una cuna tan llena de oportunidades como la mía, o la tuya del otro lado que estás leyendo ésto en tu computador.
Todo ésto es Calcuta. Puede ser el cielo, y puede ser el infierno, pero es.
domingo, 5 de julio de 2009
Tailandia: Laa korn krap!!!
Luego de unas noches de poco sueño y mucho pensamiento rondando en la cabeza, una idea se fijó y me dijo que el espectáculo debe continuar, que ahora le tocaba el turno a India y que Alma quería guerra.
Así que luego de los trámites de rigor para la visa en la embajada, de preparar a Alma para el viaje, y de comprar el tiquete aéreo más barato que pude (porque no pude cruzar por tierra pasando por Burma y Bangladesh), estaba listo.
Solo hasta que el avión de Air India se empezaba a elevar luego de comerse toda la pista del aeropuerto de Bangkok, esa compuertita de las lágrimas que siempre se mantiene sellada se abrió y mirando desde el cielo a la Tierra de las Sonrisas, al Reino de Siam, te digo,
Gracias, muchas gracias Tailandia. Me diste de comer la mejor comida del mundo . Me acogiste con los brazos abiertos, me enseñaste, me dejaste dormir en tus bosques y tus mares. Me dejaste salir a jugar con tus hijos, me hiciste aprender que no tenemos nada más que el instante presente. Me seduciste, me embrujaste, me trataste como un miembro de tu familia.
Gracias Tailandia. Espero volverte a ver.
Laa korn krap.
viernes, 3 de julio de 2009
Feliz año nuevo Thai!
Los negocios se detienen (bueno, salvo aquellos relacionados con comida y bebida) y todo el mundo sale a la calle a, bueno, mojarse! El concepto de camisetas mojadas llega acá a su máxima expresión, y todo el mundo sin distinción de credo o clase social sale a divertirse como niños en el agua. Y como la celebración de año nuevo por lo general cae durante la temporada más calurosa del verano en Tailandia, la gente agradece el agua que abunda en todas partes.
Dicen los Thai que el mejor lugar para celebrar el Songkran es la pintoresca Chiang Mai, por la amabilidad de sus habitantes, lo colorido de sus desfiles y celebraciones y porque hay un foso lleno de agua alrededor de la ciudad antigua que regala munición gratis a todo el mundo. Y por aquellas cosas del destino, justo por esa época andaba tuve la fortuna de estar en Chiang Mai, porque en Bangkok e incontables otros lugares de Tailandia las celebraciones de año nuevo las aguaron los tipos de las camisas rojas, que con sus peleas y manifestaciones violentas en contra del gobierno, hicieron que la celebración se cancelara para la tristeza de muchos.
Pero bueno, en Chiang Mai la fiesta no se detiene y en las noches la celebración sigue en los bares y discos que abundan en todo lado. En esa semana la gente pareciera que no duerme porque hay constante actividad en las calles, en esa semana la gente se olvida del calor, de sus penas, y con agua limpian sus casas, sus calles, sus almas con la esperanza de un año nuevo mejor que el anterior.
jueves, 2 de julio de 2009
De nuevo en el camino
Acá los lugares y los tiempos se mezclan indiscriminadamente, porque me toca sacarlos de la poco fiable y fiel que es mi memoria.
De Bangkok el camino me llevó unos 100 kms al norte, a Ayuthaya que fue una de las capitales imperiales más importantes del reino de Siam en Tailandia. Ayuthaya es una ciudad tranquila con algunas ruinas regadas aquí y allá, en la que lo mejor que hay para hacer es sentarse en los parques a ver el sol caer detrás de los muros y fuertes que tienen centenares de veranos en sus caras.
Más al norte está Lopburi, otra ciudad imperial antigua llena de ruinas, pero con la particularidad de haber sido invadida completamente por los monos (no los de cabello rubio, sino los monos monos que comen bananas!), los que se han mezclado desde hace años en la vida y el día a día de los ciudadanos. Es común ver peleas entre hombres y monos porque éstos últimos se vuelven descarados y ladrones y se tratan de quedar con tus cosas, sea la bolsa con el mercado o las llaves de tu carro. Los monitos estos saltan de aquí a allá, suben a casas, asustan a las señoras, se roban tus compras, se meten en los autos, saltan sobre las bicicletas, y la vida continúa. Una ciudad bastante bizarra, pero no por ello deja de ser interesantísima!
En ruta a la famosa Sukkhotai, queda Phitsanulok, una tranquila ciudad hogar de decenas de Wats (o templos tailandeses) incluído uno que tiene la imágen más famosa y venerada en Tailandia, luego del reconocido Buda de Esmeralda del palacio real de Bangkok. Por suerte, estábamos en los días previos al Songkran o año nuevo Tai, y habían una cantidad de actividades interesantes en los templos, como por ejemplo la ceremonia de lavatorio de todas las imágenes de Buda, en la que tanto monjes como laicos esparcen un poco de agua sobre cada una de las estatuas de los templos. Una ceremonia netamente práctica que fue adquiriendo cada vez más y más matices religiosos y paganos. Inclusive, en algunos templos hay monjes que sirven de brujos que por una "donación" se atreven a leer tu futuro... Nada más en contra de las enseñanzas del Budismo, pero bueno... vive y deja vivir.
De ahí, el siguiente destino grande era el parque histórico de Sukkhotai, también patrimonio histórico de la humanidad como Ayuthaya, pero mucho más grande y bién conservado. El recorrer en bicicleta las ruinas de la antigua capital imperial, llenándose de historia, visualizando los imponentes edificios, templos y construcciones de la ciudad es algo mágico, sobretodo con la tenue luz del amanecer o del atardecer como cómplice. Obvio que después de Angkor Wat y Machu Picchu el estándar para las ruinas arqueológicas sube bastante, pero Sukkhotai es un lugar tranquilo y pacífico, en el que vale la pena perderse un buen tiempo.
E igual, al estar cerca al Songkran, o año nuevo Thai, el sitio estaba lleno de devotos que hacían los ritos tradicionales y para mi, era una preparación para un salto de lo místico a lo profano pues el siguiente destino más al norte, era Chiang Mai, famoso por sus infames batallas de agua y rumbas mojadas de año nuevo.
lunes, 29 de junio de 2009
Recapitulando
Empezaría contando que mis días de monje se terminaron. Fueron muchos meses aislado del mundo, refugiado en el silencio y la tranquilidad del bosque, escondido en un pueblo olvidado del norte de Tailandia. Fueron días y días hechos cada uno de ellos de instantes surgiendo y cesando, de experiencias, de auto observación, de crecer más como hombre, como persona.
El vivir de manera austera y monástica, siguiendo exactamente la misma forma de vida que aquel gran profesor llamado Siddharta llevaba en India y Nepal hace más de 2,500 años hace cambiar la perspectiva frente a la vida, la muerte, la felicidad y en general, a todo con lo que me relaciono. Vivir el presente, subistir unicamente gracias a la generosidad de la gente, dedicarse a la observación y a la práctica de la meditación, en fín, son cosas que dejan una marca en uno. Una marca fuerte e imborrable. Muchísimas lecciones aprendidas, mucha gente increíble, incontables amaneceres y puestas de sol (e incontables también las picaduras de los insectos salvajes!).
Pero como todo en la vida, ese ciclo también llegó a su fin, y llegó a su fin gracias a algo que llegó totalmente de sorpresa.
Un día, como es costumbre, me levanté mucho antes del amanecer para las actividades de mañana en el monasterio, y hacer la visita al pueblo para obtener comida. Una de las personas que día a dia donaba arroz a los monjes, vió que mi pierna estaba notablemente más grande que lo normal (yo ni me había dado cuenta) y me lo hizo saber. Y efectivamente, estaba bastante más grande que lo usual. Ya días antes había sentido un dolor que me había tirado en cama por unos días, pero el médico del lugar me había dicho que lo que tenía era algo muy superficial, meramente muscular y que no le pusiera atención. Que me tomara un par de aspirinas para el dolor y ya está. Así que en esa época no le puse atención. Pero ahora era diferente, aunque no sentía dolor, podía ver que el pié estaba extrañamente grande y eso no estaba tan bién.
Como le había prometido a mi familia que en caso de que los síntomas se repitieran iba a un hospital mejor y más serio, viajé a Bangkok lo antes posible y en la primera clínica decente que encontré (que coincidiencialmente era cristiana), una doctora malencarada (por aquel cuento de que yo era monje budista y estaba en un hospital de un credo diferente) me mandó a hacer los exámenes de rigor, y los resultados era lo que temía. DVT, Deep Vein Thrombosis, o Trombosis Venosa Profunda. Y no solo eso, sino que la que tenía era severa, tenía tres coágulos en diferentes partes de la vena y uno de ellos tenía serias posibilidades de soltarse y viajar a los pulmones o hasta el cerebro, pudiendo causar un aneurisma, seguido seguramente de la muerte.
Y lo que siguió, pasó muy rápido. En cuestión de instantes estaba montado en una silla de ruedas, con todos los movimientos restringidos. Una ambulancia llegó por mí y me trasladó a otro hospital con un pabellón exclusivamente reservado para los monjes. Y en ese lugar estuve varios días, rodeado de monjes moribundos y médicos atentos, llenándome el cuerpo de anticoagulantes para licuar la sangre deshacer los coágulos que estaban por mi cuerpo... Y así no me sintiera fatal, los doctores me decían que estuve rozando las puertas de la muerte, porque así es como funciona la trombosis, la enfermedad silenciosa y mortal que se lleva a miles y miles de personas todos los días...
Lo que no me cuadraba es que la trombosis por lo general le dá a personas mayores de edad, no a gente como yo!!! Pues nada, la explicación oficial después de muchos exámenes, e ires y venires, fue que habiendo pasado de una actividad física extrema (recorriendo el mundo en bicicleta), a un estado de sedentarismo extremo (largas horas de meditación día trás dia), mi cuerpo poco a poco fue generando pequeñísimas capas de sangre coagulada en la venas, especialmente en los lugares donde la circulación quedaba cortada por la posición de la meditación y la presión de las piernas contra el suelo duro. Y como ésto era durante bastantes horas diarias, día trás día, la capa de coagulación se fue haciendo más y más grande hasta que terminó por bloquear casi que por completo la circulación en la pierna... y el resto es historia.
En el hospital, bueno, la gente se muere al lado de uno y uno no está acostumbrado a ésto. En el occidente, la muerte es algo que está escondido, que uno no quiere mirar, que se mira mal. Y cuando la tienes cerca, la sientes al lado en el vecino que se muere en la noche, en las ceremonias de cremación al aire libre del monasterio, pues la visión sobre muerte, sobre muerte y vida cambia dramáticamente. La muerte deja de ser un concepto abstracto y oscuro, y se convierte en algo que puedes sentir, palpar, te enseña sobre la impermanencia de todo, hasta de tu vida, y hace que viva con más intensidad, con menos apego, con menos pesadez.
Allí conocí también gente increíble. Desde el monje ex-médico que me adoptó como hijo temporal y veló por mi seguridad, hasta las enfermeras y camilleros que sin tener mucho dinero, hacían colectas para ayudar a pagar los gastos médicos (así me negara y les pidiera que no!!), gente que trabaja de voluntaria en los auspicios dándole a la muerte un tratamiento más digno, y sin olvidar a mis dos colombianas que iluminaron varios de mis días con historias y un poco del sabor de mi tierra que a veces se me hace tan lejana.
Pero ésta corta historia no tiene final triste. Luego al darme de alta en el hospital, me di cuenta que aún amaba la vida furiosamente y quería chuparme hasta la última gota de ella así diera igual. Y al mejor estilo Samsara, en un monasterio al lado de un río volví a la vida mundana, a la ropa que me sentaba tan extraña, al caos, al dulce y sublime caos que es la existencia en éste mundo loco.
lunes, 9 de marzo de 2009
Ithaka
Cuando emprendas tu viaje a Ithaka
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
no temas a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al colérico Poseidón,
nunca encontrarás seres así en tu camino en tu camino,
si tu pensar es elevado,
si intensa es la emoción
que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no lo llevas dentro de tu alma,
si no los despierta tu alma ante tí.
Pide que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos antes nunca vistos.
Detente en los mercados de Fenicia
y consigue cosas hermosas,
nacar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes voluptuosos,
cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas.
Y que visites muchas ciudades egipcias
para que puedas aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ithaka en tu pensamiento.
Tu llegada allí es tu destino.
Pero no apresures nunca tu viaje.
mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar a que Ithaka te enriquezca.
Ithaka te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ithaka no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya, al fín, qué significan las Ithakas.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Son ciclos, como todo en la vida. A veces siento que hay una cosa que otra por contar, otras veces siento que eso para contar es tan personal que me lo reservo absolutamente para mi mismo, y otras veces definitivamente no hay nada relevante por decir. Y otras veces, cómo ésta, no se en que categoría poner lo que pasa.
La vida sigue naturalmente en el bosque. No hay calendarios, hora, ni obligaciones. Solo amaneceres y puestas de sol. No existe el dinero, no existe la prisa, no existe la presión. Cuando llueve, llueve y está bién. Cuando hace sol, también está bién. Los animales siguen su vida como lo han hecho miles de años, sin mucho cambio. Siguen con su rueda de la vida. Todos los días nace vida, todos los días muere vida.
Y uno, con su carga emocional, con los pensamientos que no paran, con las pasiones testarudas, se siente a veces como un invitado extranjero, como alguien que no encaja. Pero eso al bosque le tiene francamente sin cuidado. Es tan viejo y sabio que entiende que las ilusiones y las tribulaciones humanas son efímeras, vacías. La vida tiene esa manía de continuar día trás otro sin realmente interesarse en lo absoluto por nuestra enorme auto-importancia, nuestros planes, tristezas o soledades.
Estuve enfermo tirado en la cama unas semanas, sin poderme realmente mover. Lindo regalo de cumpleaños. En su momento me preocupé mucho, pero ya camino normalmente (casi) y todo va bién. Es que nada, nada, por más preciado que sea como la salud, o la misma vida, se escapa a esa ley del cambio, de la eterna transitoriedad.
Es un golpe a tu ego, al «yo» que tanto uno ha cuidado, el hecho de sentirse inútil, enfermo, casi un estorbo humano. Estar olvidado en la mitad de la nada, mientras todo pasa allá afuera. Pero es bién, porque en últimas ver tan de cerca la impotencia y el dolor le resta enormemente importancia a la inútil vanidad del ego.
En unas semanas viajo a otra ciudad por un tiempo para asistir a un curso de meditación vipassana, enfocado para farang (extranjeros). Es completamente en inglés así que el idioma no será barrera para preguntarle al profe, cómo sucede acá.
Y feliz año chino atrasado!
jueves, 1 de enero de 2009
Hoy
El día se fué desenroscando sin afanes. Las hojas de los árboles, pintadas de mil colores, caen en un otoño tardío, suave, tropical. Los gallos seguían dando la bienvenida que solo ellos saben dar, y el calor empieza a evaporar el mantito de rocío que cubre el bosque, creando una maravillosa procesión de formas y figuras tan efímeras como bellas.
Los cuatro cachorros, sin falta, se despertaron con mis pasos y rascándose todavía un pedazo de sueño o una pulga terca, se me abalanzan encima y tiran de mí y de mi ropa en toda las direcciones, como cuatro pequeños huracanes sin ley, sin consecuencias. Tienen hambre, como yo, pero todavía no es aún tiempo de comer.
Los pájaros empiezan también su rutina de todas las mañanas, vuelan de aquí hacia allá haciendo ruido y algarabía. A lo lejos, se escuchan ceremonialmente una, dos, diez campanadas que no significan nada, saludan, como todos, un nuevo día que viene. Un nuevo e increíble día.
En la noche, milagrosamente, había llovido, había recibido yo ese regalo de la lluvia que hace tantas lunas no sentía. Por todas partes se sentía ese olor a tierra húmeda, recién nacida, a vida, ese olor que te ancla misteriosamente más a la tierra, te amarra al acá, te recuerda de donde vienes, adonde irás.
Alguien está barriendo las hojas secas a lo lejos, y en el lago, una mujer está cortando flores y cantando entre labios una canción que nunca voy a conocer.
Hoy, es navidad. Es navidad y por vez primera no hay abrazos, canciones, ni miradas alegres y de felicitación. Es ya la tercera navidad que paso lejos de ese puñado de tierra que cariñosa y tercamente llamo 'casa'. Y aunque no encuentro nada debajo del árbol de navidad, es más, ni siquiera hay uno, hoy, recibí el regalo más hermoso y único que puedo recibir.
Estoy, estoy vivo, estoy consciente de que estoy vivo. Tengo un instante, éste instante, y es increíble estar acá y ahora, y no en las cuentas del banco, en el viaje de vacaciones, en los pagos del auto. Estoy vivo, estoy maravillosamente vivo, siento mi calor, mi corazón, mi respiración y mis pies en la tierra húmeda. Y al menos, en éste instante, ése es el mejor, el más maravilloso regalo que puedo recibir.
sábado, 6 de diciembre de 2008
Back
Todo seguía como antes, salvo que el gekko que había decidido adoptarme como mascota, prefirió abandonarme por buscarse una mejor vida. Claro, ya nadie lo alimentaba con terroncitos de azucar y mosquitos cazados. Las cosas en mi cabañita estaban tal como las había dejado. Un par de telarañas de más, pero nada que una buena limpieza no pudiera arreglar.
El día me recibió con uno de esos atardeceres para postales. Los mismos pájaros bullosos en el bosque, las mismas gallinas buscando todo el día comida, los mismos gatos perezosos que se asolean, los mismos perros que se te tiran encima para saludarte cuando pasás. Unos cuantos monjes de más, y otros cuantos de menos. Como diría RH, la rotación de personal en el monasterio es alta, pero siempre están los que son.
La gente estaba contenta de verme, porque algunos supusieron que cuando me había ido era para siempre. Pero el destino tiene una manera particular de atar los cabos sueltos.
Una de las personas que mañana a mañana se levantan antes que el sol salga para hacer ofrendas de comida a los monjes, resultó siendo pensionada de la oficina de inmigración de la ciudad. Entonces, se ofreció lo más de amablemente a colaborar con todo el tema de la visa de larga estadía que era la idea original. El tipo entonces movió sus palancas, y con una carta pesadísimamente oficial, la maquinaria empezó a girar, y espero que eventualmente produzca la famosa visa esta. Y si no, bueno, el mundo sigue y el camino nunca acaba.
Es curioso salirse del camino que la vida parecía que había trazado para uno. Ese camino por el que el estilo de vida o sociedad te lleva de la manito. Que estudiás primaria, luego secundaria, y hacés unas buenas pruebas del estado. Ésto, para seguir estudiando en una buena universidad, y eventualmente graduarse para conseguirse un buen trabajo en el que se pueda uno quedar toda la vida, y eventualmente mantener a la familia que es lo que se espera de uno.
El mundo es tan, pero tan inmensamente más grande que lo que mi cerradez de mente me dejaba ver. Tan lleno de posibilidades y gente buena. Una de las cosas cuando uno viaja sin destino es que el mundo se te abre como un jardín, lleno de frutas desconocidas para vos coger. Y el jardín es inmenso, infinitamente inmenso.
Dicen que el maestro aparece cuando el alumno está listo. Que lo que haya que pasar, pasará. Y bueno, por hoy sigo acá, aprendiendo, viviendo, tratándome de aferrar al momento presente, a espantar a los fantasmas del pasado, a ahuyentar a los aprendices de ilusionista de las fantasías del futuro.
sábado, 29 de noviembre de 2008
Vientiane y el proyecto CouchSurfing
Y que es CouchSurfing, y que tiene que ver con mi estadía en Vientiane? Pues bién, CouchSurfing es una comunidad global, una muy buena idea creada por viajeros y para viajeros de todo el mundo. El concepto de CouchSurfing es muy simple, es crear una comunidad de personas en todos los países y ciudades del mundo que tengan un sofá (couch) o cama libre y puedan servir de anfitriones para aquellos viajeros que están visitando su ciudad.
CouchSurfing no solamente es una manera de conseguir una cama sin pagar en las ciudades que uno visita, sino más bién una comunidad en la que se facilita el intercambio cultural de personas de diferentes orígenes y nacionalidades, que de otra manera no pudiera haber sido posible. Es poder vivir un lugar visto bajo los ojos de un local, el anfitrión, y no solamente desde la perspectiva turista o libro de viajes. Es compartir experiencias, borrar fronteras.
La idea suena muy bonita, pero, ¿si uno es anfitrión, como asegurar que los invitados no son asesinos en serie o psicópatas? Y la pregunta va también por el otro lado: ¿como saber si el anfitrión al que voy a ir no me asesinará mientras esté dormido?
El sistema de CouchSurfing tiene diferentes niveles de verificación. Experiencias positivas incrementan éste nivel, así que los usuarios con niveles más altos, tienen el respaldo de la comunidad. Es un sistema que se basa fuertemente en la retroalimentación y comentarios de los usuarios, así que al buscar anfitriones, éste es un factor importante a tener en cuenta. Un nivel adicional (y opcional) de protección es validar el propio estatus utilizando una tarjeta de crédito. Al utilizar una tarjeta de crédito que esté bajo el nombre de uno, se asegura que el usuario existe en el mundo real, que tiene cuentas de banco, y que no tiene datos ficticios. Así que un usuario que haya sido validado con tarjeta de crédito, y que tenga buenos comentarios y nivel de verificación, tiene muy altas probabilidades de ser un buen anfitrión o invitado.
Y toda esta carreta, con el fín de contarles ésta interesante manera de viajar y conocer gente, porque cuando inicié el viaje, no tenía ni idea que existía. La primera vez que oí de ella fué con unos compañeros de viaje en Nara, Japón donde me quedé en la casa de una chica Japonesa y terminamos haciendo una Okonomiyaki Party. Pero un par de años después, utilicé el sistema desde cero y en Vientiane perdí propiamente mi virginidad CouchSurfing. Y tengo que confesar que fué una muy buena primera vez!
En Tailandia había enviado una petición de CS como por no dejar a un inglés que vivía en Vientiane. Y a los días el hombre me respondió y se puso a la orden como anfitrión, algo increíble porque mi perfil no estaba ni validado ni autenticado de ninguna forma. El caso es que luego de dos días de dormir donde pude en Vientiane, vi su respuesta e inmediatamente lo llamé. Me dió las indicaciones de ir a su casa, y en menos de una hora estaba sentado almorzando en su casa, hablando con el y su novia como si fuéramos mejores amigos.
Para no alargar la historia, digamos que terminé quedándome casi una semana en su hogar, conociendo a la ciudad desde otros ojos, haciendo de todo un poco: comiendo cosas preparadas en casa, ir a jugar bolos estilo Laos, una fiesta latina llena de salsa y merengue y sabor a trópico, ver jugar al Liverpool en un pub inglés, estar en los ensayos de una banda de rock clásico... en fin, de todo. Pero lo mejor fue que todos en la casa me acogieron muy, muy amablemente, como si fuera un compañero de casa más. Solo hay gratitud para el viejo Jeff y los demás que viven en su casa.
E igual, saqué mi segunda visa de dos meses para Tailandia (que tiene un costo de 30 dólares), que fué el propósito principal de éste retorno a Laos. Así que con todo preparado, nuevamente a la ruta, a cruzar del otro lado del Mekong para volver a la tierra de las sonrisas, a la mística Siam, a la increíble Tailandia.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Festival de That Luang
Numerosas personas acuden a Vientiane de todas partes de Laos, incluyendo monjes que incluso llegan desde otros países a unirse a la celebración. En la mañana, cientos, miles de monjes se congregan alrededor de That Luang y una cantidad más grande de devotos acude, vestidos con las prendas tradicionales del país, a hacer ofrendas a los monjes. Se hacen filas por todas partes, en las que la gente ofrece comida, vestidos, medicamentos, y hasta dinero a los monjes. Todos aguantan el sol caliente, y las eternas filas y muchedumbres porque creen fielmente en que ofrecer y dar en éste día tan auspicioso les generaría un karma positivo, ya sea en ésta o en otras vidas siguientes. El 95% de la población de Laos es fiel creyente en el Budismo, y una de las enseñanzas principales de ésta religión, es el desprendimiento de los bienes terrenales, la compasión, y la ley del karma, la versión oriental de la archireconocida ley física de la causa y efecto, de la acción y reacción.
En el festival, también se ven los contradictorios rituales de liberación de aves y peces, en los que los fieles compran aves y peces que están en cautiverio, solamente para liberarlos después como un acto de compasión hacia los animales. Y compasión también hacia los comerciantes que aprovechan esa oportunidad y se hacen su Agosto, porque una jaula llena de aves cuesta alrededor de 10 dólares, un precio bastante alto para una economía en crecimiento como es la de Laos.
Luego que la mañana pasa, y los monjes arrastran con dificultad los sacos enormes llenos de comida y otras ofrendas, los alrededores de That Luang son limpiados y arreglados para un evento deportivo, una particular variación de hockey sobre hierba, en la que dos equipos juegan dotados únicamente de unas varas largas de bambú. Un equipo representa la administración pública, y el otro representa la gente. Y obvio, se espera que siempre gane el pueblo, pero hoy en día la competencia es más por el espectáculo y cualquiera de los dos puede ganar si hace un jogo bonito.
Y como toda buena feria, una cantidad de puestos de comidas, de juegos de feria y de baratijas rodea también a That Luang, para la alegría de muchas personas a las que ésta festividad es el único evento que rompe la monotonía de sus trabajos de siete días por semana (si, muchos Laosianos trabajan continuamente TODA la semana). Grupos de amigos hablan ruidosamente, niños siguen a sus padres con las manos llenas de dulces y globos, las parejas de enamorados se esconden de las luces y de los curiosos en los rincones más alejados del parque. Son festividades, y la gente lleva una sonrisa contagiosa en los labios.
Cuando cae la noche, los puestos de comidas rápidas comienzan a trabajar de verdad, y detrás de los woks en los que saltean carnes y vegetales de todos los colores, los cocineros también andan risueños, atentos a preparar lo que los clientes quieran. El ambiente huele a dulce, a incienso, a gente y a pólvora. Los altoparlantes comienzan a disparar música pop y competir los unos con los otros. Y lo más curioso, es que una de esas canciones en Lao que se escuchaba, tenía todo el son y el sabor de salsa, de la misma que se escucha al otro lado del planeta, en mis tierras caribeñas.
Pero el festival religioso no termina acá. Cientos de monjes y laicos empiezan a poner y a encender miles de velas alrededor de la stupa de That Luang, dándole una luz y un aire místico, espectacular. Fieles con velas hacen filas para también ellos hacer su ofrenda y encender otra luz más, cerca del monumento.
Con la luz de las miles de velas encendidas, el resplandor de la superficie de oro de la stupa, y la luz plateada de la luna, se puede perder uno en esa imágen, ese momento. Quedarse boquiabierto y sin palabras, en esa postal de Laos que tan pocas veces es vista.
...y olvidarse también que tampoco para ésta noche tiene uno donde quedarse porque los hoteles siguieron llenos. Pero nuevamente tuve suerte, y en un restaurante del centro el dueño tuvo piedad de mí y me invitó a pasar la noche dentro, durmiendo sobre unas sillas que eran algo más cómodas que mi hamaca, que por ésta noche pasaría la noche también, dentro de mis alforjas.
Que bién se siente estar vivo, vivo y bajo un techo, en Laos, en la adormecida ciudad de Vientiane.
lunes, 24 de noviembre de 2008
De nuevo saltando el Mekong
Es que llega un momento en tu vida en el que aprendés a la fuerza a tomártela más lentamente. A dejar las prisas y los afanes, a que el mejor plan es no tener plan alguno. A aprender del presente y del momento en el que estás, no a escaparte en el futuro, en el pasado. A vivir lo que sea que te está pasando en el momento. Y eso está bien.
Pero desafortunadamente, las reglas de inmigración y las complicaciones burocráticas, hijos bobos de aquellos personajes que se inventaron fronteras y bordes y límites como conejos sacados del sombrero, a menudo lo obligan a uno a llenarse de papeles y trámites que son tan innecesarios como absurdos. En éste caso, estaba obligado a salir del país hacia Laos, unos 30 km al otro lado del Mekong y aplicar para otra visa y volver. Mi as bajo la manga era en una carta firmada del monasterio donde estaba quedándome, en el que me daban patrocinio para seguir estudiando meditación en Tailandia, para que así sacara la visa de estudiante, que me permitía quedarme más tiempo en Tailandia.
Y bueno, nuevamente el ritual de la empacada y las despedidas. Un poco de mantenimiento a Alma que estaba sumida en ese perezoso letargo que le dejó la inactividad en éstos últimos dos meses, y ya estábamos listos para el camino, en un día radiante, limpio, tranquilo. Y así empezamos a rodar ya bastante entrada la tarde, hacia Vientiane, Laos.
Los trámites en inmigración fueron un paseo por el parque. La visa para los Colombianos y muchísimos otros países, al igual que en Camboya, te la entregan al llegar pagando 30 dólares. Lo increíble es que el oficial de inmigración que atendía el puesto, cuando se dio cuenta que yo era de América del Sur me empezó a hablar con un español perfecto, con un leve acento caribeño, supongo porque siendo Laos un país comunista, tuvo profesores de español venidos de Cuba. Y bueno, también aprendió la actitud caribeña, porque se puso conversador a preguntarme sobre mi viaje, sobre la vida en el país, sobre como me parecía Laos, etc. Y no le importó mucho que hubiera una fila larga detrás de mi, me imagino que fue por el hecho de que no todos los días ve gente que habla español, y mucho menos de ese país olvidado que es del donde yo vengo. Al rato, me devolvió el pasaporte sellado y listo para el viaje, y me despachó deseándome la mejor de las suertes y una inolvidable estadía en su país. El tipo se ganó el puesto de ser el funcionario de inmigración más buena gente que me he topado en la vida.
Alma se empezó a devorar rápidamente los kilómetros que aún nos separaban de Vientiane, supongo porque estaba contenta de sentir el viento en la cara y de estirar los músculos con ganas. Conociéndola como es ella, estoy seguro que estaba alegre, animada, plena. Y en cuestión de una hora, cuando el sol estaba cayendo, estábamos llegando a las afueras de la capital. Pero algo estaba diferente. La somnolienta y tranquila Vientiane, estaba ésta noche llena de actividad. Tuk-tuks y sawngthaews (camiones de pasajeros) por todas partes cargados de gente y monjes, música y algarabía en las calles, La gente saludaba más que de costumbre, y esperando en un semáforo, un tipo en una moto al lado me explicó que era por el festival anual de That Luang, la festividad religiosa más importante de Vientiane y, junto con el nuevo año, la más celebrada de Laos.
Las calles estaban repletas, no había en realidad por donde pasar sin que no hubiera una masa de personas. Fuegos artificiales inundaban esporádicamente el cielo. La fiesta se sentía, se respiraba.
Y claro, no era sino darse una vuelta por el barrio donde se concentran la mayoría de hoteles baratos de la ciudad para darse cuenta de que había muchisima gente ahí también. Hotelito trás hotelito, todos tenían el cartel que uno no quiere ver cuando la noche está entrada y uno quiere una ducha y una cama: “Hotel Full”, “No Vacancy”, o “Come back tomorrow”. Todos, todos los hoteles y guesthouse de Vientiane al parecer estaban a reventar. Tanto, que las personas que estaban en habitaciones individuales, se les pedía que compartieran con otros viajeros sin lugar donde pasar la noche. Pero eso había sido durante el día, y ahora no había lugar ni donde poner un arroz parado.
Aunque dormir bajo las estrellas en las ciudades grandes no es una idea que me seduzca mucho que digamos, en ésta oportunidad me tocó, así que encontré un monasterio con arbolitos cómodos, colgué mi hamaca, amarré la bici, y me entregué a ese sueño tranquilo y pesado que llega después de un día de cruzar fronteras y comer kilómetros
jueves, 20 de noviembre de 2008
Cierre
Por éstos días, ando bien de salud, fisica y mental. De hecho creo que sigo subiendo aunque la exigente dieta del día a día... la comida es muy rica. Hoy es mi segunda salida en casi dos meses y aprovecho entonces para escribir.
Que contar. Muchísimas cosas han pasado (cosas interiores), muchos cambios, nada se queda igual. Aprendizaje quisiera decir que he tenido, pero luego va uno y cae en sus trampas de siempre y el aprendizaje se va al cuerno. Pero al menos uno es un poco más consciente ... como sabes, de muchas cosas, de que ésto que somos no es nada. Y eso ya creía uno que lo sabía, pero el agarrar esa certeza y pegartela, tatuartela a tu existencia es muy difícil. Vivirla. En la cabeza está el concepto de que uno no es más que polvo y que todas las preocupaciones y deseos son vanos. Pero igual seguís viviendo la vida como si la muerte estuviera allá, lejos, en otro lado. Y que solo en el día que se aparezca, la vamos a enfrentar. Solo un par de veces te roza de cerca y te hace crugir, sufrir, desfallecer... Mientras tanto, seguimos dándonos nuestra auto importancia, peinando y vistiendo al ego, llenándolo de experiencias, de trofeos, de más partidas del juego. Agarrándonos tanto del placer, como de la adrenalina del sufrimiento...
Mejor no me pongo profundo sino que describo... a ver, que decir de la vida en este monasterio. La verdad no hay mucho que describir exteriormente. Igual que los monasterios Zen en Japón, o Chan en China, o Vahrayana en Tibet, exteriormente los monasterios acá son solo edificios muy muy calmados. Parecen deshabitados. Si vos vas un día cualquiera, parecería deshabitado a no ser por los animales que pasan despacito por ahí. Y tal vez un par de monjes caminando te sonrien. No mucho. Puedo contar cositas de éste estilo del monasterio donde estoy. Queda en un bosque montañoso, lleno de selva, a las afueras de un pueblito en el noreste de Tailandia. Hay un par de templos religiosos, con todo el color y adornos del budismo theraveda tailandés. Hasta ahí es donde uno llegaría como turista. Donde uno tomaría las fotos. Pero si uno sigue caminando por el caminito que se mete en la selva, detrás de unos árboles enormes, empezás a ver casitas y chocitas esparcidas aquí y allá. Y colgando de los árboles, ves algunas túnicas naranja y ocre, que los monjes están aireando o secando. A unos metros más allá, en medio de la selva, hay una laguna llena de flores de loto de mil colores e iguanas gigantes que se asolean perezosas, ni se inquietan por vos mirarlas. Y si seguis por ese camino, hay una bifurcación. Si tomás a la izquierda eventualmente vas a dar con el crematorio budista, donde incineran a los muertos sobre una pira funeraria y los entierran en el cementerio que queda allá mismo.
Pero si seguís caminando y no te importa que los zancudos te estén devorando vivo, vas a llegar a una casa muy simple, sin ventanas al frente, con tan solo una puertecita blanca. Esa casa la identificás por un número 13 pintado con letras rojas afuera. Y por ahí hay un montón de pollitos chiquitos siguiendo a sus madres de acá a allá, buscando algún pedacito de arroz caído. Si abris la puerta, que por lo general está sin seguro, te vas a encontrar con un interior limpio y aireado, que aunque es pequeño da la sensación de ser más grande. Te encontrás con una cama muy bajita, casi en el piso. Y que no tiene más colchón que una estera tejida de hojas secas. Una mesa con una jarra, unos platos, un calentador de agua para tomar. Un mueble para guardar las cosas personales: cuatro o cinco libros viejos y ya cansados de tanto viajar, tres camisetas, dos pantalonetas, un sarong, un krama (como un pañuelo enorme de camboya), y una bicicleta gris con negra con unas maletas casi vacías encima. Si vas temprano, vas a ver tambien algunas frutas y platos increíblemente gustosos que los monjes me llevan como única comida a eso de las seis de la mañana. Escuchas afuera los pájaros bullosos que cubren la selva. Y si miras por las ventanitas, vas a ver las ardillas que saltan de rama en rama persiguiendo, buscando algo. En el suelo, hay una toalla azul y un particular cojín improvisado, hecho de una bolsa de tela amarilla (de esas que uno usa para poner la ropa sucia) con un saco para el frío (clima inexistente por cierto en Tailandia), dos bóxers y tres pares de medias. Esas son para sentarte con más comodidad en el suelo duro, sin que se te duerman las piernas. Ahí es donde pasas la mayor parte del día, ahí comes, te sientas, piensas, tratas de sentir consciencia del presente. Pero bueno, eso es circunstancial.
Una pared interior separa la habitación de un minúsculo cuartito de baño, y sabes que ese cuartito sirve para ésto solo por tener un balde naranja lleno de agua fresca que te toca llenar todos los días, y un sanitario de estilo asiático. Un vaso desechable clavado con un clavo oxidado y viejo a la pared, sirve para poner la cuchilla de afeitar, el cepillo, crema de dientes y jabón. Sobre la pared, hay una botella vacía de agua que tiene encima una vela pegada para iluminar las noches. Nada muy lujoso. Pero lejos de ser sucio, el lugar te dá la sensación de pureza, tranquilidad.
A eso de las cuatro de la mañana, cuando los gekkos (lagartijas asiaticas) siguen cazando moscas aquí y allá, el primer gallo canta. Se levanta en su momento más glorioso del día, sacude sus plumas y hace ese sonido que conocemos pero en las ciudades nunca oímos. A ese, uno, otro, otro más le siguen por todo el bosque, hasta que se vuelve una sinfonía galleril. Esa es la hora de levantarse. No tanto porque uno deba levantarse, sino porque se siente que es natural. Te parás en una silla de plástico, y prendés el cabito de vela casi acabado encima de la pared. Ponés el agua a hervir para hacer café o té, y mientras mirás por la ventana un cielo que empieza a dar signos de que va a clarear. Ese negro que ya no es negro sino azul profundamente oscuro. Un día nuevo está por comenzar. A eso de las seis, como contaba, un monje te toca la puerta y te entrega la comida que a su vez, les fue entregada por la gente del pueblo cuando dan muy temprano la vuelta por las calles de la aldea con sus grandes tazones de pindabat. En un monasterio solo se come una vez en el día, según la tradición budista es antes de mediodía y tiene como objetivo ser plenamente conscientes de la comida y no estar con el deseo profundo de comer y comer, aún estando satisfecho, solo por el placer de tener algo rico en la boca. Luego, sabés que es alrededor de las once de la mañana porque algún otro monje pasa con un ruidoso carrito y recoge los platos ya lavados y las sobras de la comida, de cabaña en cabaña. Si mirás de nuevo por la ventana, vas a ver que el monje es un poco gordito y bastante jóven. Pero sus movimientos, su expresión demuestra una madurez y consciencia enorme sobre sí.
Eventualmente el día pasa, sin tener más indicación del tiempo que las hojas caer mientras el sol pasa sobre ellas. La noche llega, las gallinas vuelven a sus nidos, los gekkos salen de sus escondites, y los mosquitos renuevan sus ataques como una sanguinaria venganza ancestral. Un día termina y otro comienza, como siempre. Como siempre, el sol saldrá mañana sin importar nada.
Si quieres, puedes salir a caminar por la selva. En una de esas ocasiones te puedes topar con algún monje barriendo las hojas secas y caídas de los caminos. En otra, verás gente vestida de negro y una columna de humo gris que sale detrás de los árboles. Significa que es día de cremación. El cuerpo del difunto, nuevamente de acuerdo a tradición budista, está en una caja sobre una especie de pira gigante. Debajo, lleno de leña. Cuando van a prender fuego al cuerpo, la gente se va del sitio porque hay la creencia que si alguien ve un cuerpo arder, el fuego se apaga. Pero cuando se van, puedes ver esa pira funeraria de un cuerpo sin vida quemándose, alimentando ésta vez al fuego que lo va comiendo poco a poco. Cuando se termina, viene el monje encargado a poner los restos en un horno especial, a dejar que el fuego intenso termine su trabajo. Otras veces, si llegás a los templos principales, vas a ver a los monjes sentados meditando, con los ojos entrecerrados, y un viejo monje hablandoles, explicandoles tal vez las enseñanzas de su profesor venerado, el Buda de antiguedad. Y dentro del templo, un gato llega oliendo y caminando sin rumbo, perezosamente, para echarse a dar una siesta a los pies de una dorada estatua de Buda. A unos metros más allá, un perro no le pierde la vista, mientras se rasca las pulgas con desgana. Y otras veces, te podés pasar el día completo caminando sin ver a nadie en la selva. Tal vez un monje caminando despacio, con la mirada en el suelo, perdido en su cankamma o meditación caminando.
Y entonces viene la pregunta clara: ¿que es lo que hace la gente en un monasterio? ¿Donde están los rituales, las ceremonias, los iluminados que flotan en el aire, caminan sobre el agua, o descuidan su cuerpo en ayunos y privaciones extremas? ¿Donde están los cantos sagrados, los monjes adorando las imágenes de Buda? De hecho, estas cosas solo están en la imaginación febril de nosotros como extranjeros. Los monjes están en sus cabañas. Habiendo hecho un voto de renuncia en el mundo, solo viven con sus túnicas, su tazón de comida, y un par de otras cosas del día a día. No hay televisión ni radio ni periódicos con las ultimas noticias. Los días pasan uno detrás de otro sin entretenimiento alguno. La vida del monje es de meditación permanente. De estar en realidad atento a los deseos que surgen continuamente, uno detrás de otro. De estar consciente de que todo en la vida es incontrolable, transitorio, impermanente. Que saltamos de felicidad a sufrimiento si tenemos o no las cosas que nos gustan, que nos dan placer. O si tenemos o no las cosas que no nos gustan. Que todos los días estamos trabajando por construir ese ego, de peinarlo, vestirlo y adornarlo con todos los deseos e ilusiones. Y nuestro ego nunca está satisfecho, siempre quiere más. Más poder, más reconocimiento, más afirmación, más placer, más perfección. Más dinero, más posesiones. Y que odiamos las cosas que creemos que son malas, es decir, las que no nos gustan o no nos brindan bienestar. No nos gusta nuestro cuerpo, siempre está feo, o gordo, o flaco, o flácido. Siempre o estamos muy viejos, o muy jóvenes. Y cuando llega un momento, empezamos a sentir que la muerte se nos acerca de a poquitos, a pies juntillas. Y ahi si empezamos a sufrir más. Odiamos a algunas personas, odiamos nuestros trabajos, nuestras vidas. Evitamos y hasta odiamos las personas y cosas los que no nos hacen bién. Siempre andamos confundidos, insatisfechos buscando y apegandonos a las cosas que nos gustan, y evitando y sufriendo por las cosas que no nos gustan. Y la vida así se va volviendo insatisfactoria, miserable.
Sobre eso meditan los monjes. Sobre eso que llamamos cuerpo, sobre eso que llamamos mente. Sobre las cosas que lo forman, sobre las ideas locas, sobre la consciencia, sobre el dios interior. Y para eso, pasan horas sentados, llegando a estados de concentración que les permiten alcanzar sabiduría verdadera y con ella, investigar ecuanimemente todos los fenómenos de la existencia. Meditan de ésta manera para tener firmeza en su corazón, firmeza tranquila y sosegada, paz, y tal vez así llegar a un estado de completa tranquilidad, en la que los deseos y anhelos simplemente se extinguen dejando solo felicidad, felicidad en la calma. Dicen que algunos la logran, dicen. En realidad, no se si esa felicidad sea algo que pueda lograr en ésta vida. Solo se, que en preciosos momentos, se puede sentir esa extinción de deseos, y que una vez que ves las cosas como son, sin embellecerlas, ves que todo es incontrolable, insatisfactorio e impermanente... y ahi estás tranquilo.
Claro, luego llegan de nuevo esos pensamientos de deseos, de ganas de hacer esto o aquello, o llega la pereza, o la mala voluntad... y te perdés nuevamente en ese mundo que aunque es tan insatisfactorio, que has hecho ya tan tuyo... En fin... vuelve el ciclo.
Bueno, es mejor dejar así porque luego se empieza a poner todo drásticamente más profundo y denso, y eso no es muy digno de un blog de viajes. Claro, todo eso es consecuencia de tanto tiempo encerrado y ganas de expresar lo que el ego quiere! Así que mejor me quedo en la descripción física, para enseñar como es el lugar y dar una idea de lo que está siendo mi vida en el momento. Si lo miras de fuera, tal vez no sea muy excitante como los viajes anteriores, pero desde adentro es sumamente enriquecedor.
Un verdadero crecimiento espiritual.
domingo, 28 de septiembre de 2008
Van, van a Vang Vieng
Finamlente llegué a Vang Vieng, hice el check-in en la guesthouse tranquila que me habían recomendado antes, al lado de una pista de aterrizaje olvidada. Y luego de dejar remojando la ropa terminalmente sucia que tenía pendiente, salí a recorrerme el famoso pueblo de Vang Vieng. Basicamente, es una única calle llena de restaurantes, bares y café internet, y no parecés ni en Laos ni hasta en Asia, porque todos los letreros de neón iluminados están escritos en inglés, casi nada en idioma local.
La mayoría de bares tienen varias pantallas de TV presentando permanentemente reencauchados episodios de Friends, Los Simpsons, Family Guy y otros. Y en vez de sillas, las mesas tienen una especie de cama con muuuchos cojines para que la gente que llega simplemente se acueste y se sienta como en casa. Pero se pasan, hay un lugar en la calle en el que te paras y puedes ver simultáneamente 5 episodios diferentes de Friends en 5 diferentes bares. Al principio tantas cosas occidentales te seducen por lo cómodo y fácil, pero al rato se vuelven muy, muy repetitivas y aburridas.
Como decía, Vang Vieng es un pueblito metido en montañas hermosas y alucinantes, al borde de un río limpio y tranquilo. Cerca en la bici se puede recorrer caminos destapados que lo llevan a uno a cavernas grandes y oscuras, y a piscinas naturales de agua fresca y cristalina. El recorrido completo por los alrededores son unos 40kms y se lleva un día completo, para ver la naturaleza con calma.
Y el último día, fue el día para hacer el famoso Tubing en Vang Vieng. Esa es una de las actividades más famosas en el SE Asia, contada una y otra vez por los viajeros en todas partes. Y la idea es tan simple como exitosa: Basicamente es rentar un flotador enorme hecho con el neumático de la llanta de un tractor, y con ésta, te llevan en un tuk tuk río arriba y te lanzas al río. Mientras bajas lentamente, por entre ese alucinante paisaje, van apareciendo bares y restaurantes a las orillas y si quieres, te lanzan una cuerda al río para que te quedes un rato ahí antes de seguir flotando despacito río abajo. En la mayoría de bares te ofrecen whiskey de arroz gratis para que te quedes ahí, y muchísimos tienen toboganes, canopy, trapecios y cuerdas desde plataformas altísimas para lanzarse al agua. Un plan para un día de estar en el agua. Coincidencialmente empezando conocí a una gente de Chile y Uruguay y en dos segundos armamos el combo Suramerica... Latin Power en Laos.
En el remate, cuando estás con un poco de frío y llegas nuevamente a la ciudad, hay unos bares en los que puedes parar que tienen música en vivo y una enorme fogata en la que todo el mundo se calienta y se seca, luego de todo un día de andar jugando como niños en el agua. La rumba se extiende más allá de la medianoche, hora del toque de queda de Laos, y terminás hablando con gente de todos los rincones del planeta...
Al otro día, me levanté como pude para tomar un bus que nos llevara a Alma y a mi a Vientiane, y de ahí salir directo a Tailandia. El bus lo tomé echando dedo en la carretera como a las 3.00pm, y coincidencialmente me encontré con la inglesita que había conocido días atrás en Tha Kaek, que venía ésta vez de Luang Prabang en el mismo bus. Fueron unas cuatro horas de recorrido que antes me había tomado a mi dos días de intenso esfuerzo... Y llegué a Vientiane de noche ya, y me tocó romper mi regla de no viajar nunca de noche por el solo hecho que era mi último día de visa, y salir a oscuras por la carretera que me llevaba a la frontera con Tailandia, a unos 30 kms de distancia abajo en el Mekong. Llegué como a las 9.00pm al puesto fronterizo, como siempre dejandolo todo a última hora.
Él cruce de frontera, sin problema, nada de preguntas excesivas ni requisas de las maletas. Del lado de Tailandia me tocó un oficial lo más de buena gente que se quedó preguntandome bastante rato sobre mi viaje, porque no había nadie a esa hora cruzando la frontera. Al rato me dejó ir finalmente, y me di cuenta a la brava (casi me lleva un carro por delante) que Tailandia tiene la mala costumbre, como los ingleses y japoneses, de manejar al lado equivocado de la vía...
Bienvenido, finalmente, a Tailandia.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Rumbo a Vientiane, capital de Laos
Los días pasaron rápido y sin eventualidades, hasta llegar a Vientiane, la capital de Laos, que me recibió al fin con un muy buen clima y una foto del Ché en tamaño gigante. Valga la pena aclarar que en Laos por alguna extraña razón aman al Ché Guevara, y lo ponen en camisetas, posters, y calcomanías o stickers que adornan cuanta moto, tuk tuk o camión pase por ahí. Seguro el hombre por allá en su tumba anónima de suramerica se estaría riendo.
Vientiane es una capital muy tranquila, diría que es la que más me ha agradado de todo lo que llevo de Asia. Y no es porque abunden las cosas que hacer, no, al contrario, se pasa de tranquila. Pero justamente ahí está su encanto, en que es pequeña, manejable, la gente es muy amable y no se escucha en la calle absolutamente nada. La gente no abusa de los pitos del carro, lo cual es algo totalmente loable! En realidad parecería una ciudad pequeña provincial de cualquier otro país. Pero sí, la cantidad de embajadas que hay por todas partes te indican claramente que Vientiane es capital.
Todos las guesthouse baratas de la ciudad estaban totalmente llenas, así que compartí habitación con un japonés que a duras penas hablaba inglés y llevaba bastantes meses recorriendo así el mundo. Como? Ni idea, supongo por la misericordia del espiritu santo porque no se me ocurre otra... También me volví a encontrar con un guey de Israel que había conocido en Camboya y que lleva viajando por el mundo casi ocho años, el verdadero y moderno ejemplo del judío errante definitivamente.
En Vientiane las opciones para hacer turismo son bastante reducidas. Pasando por Patuxai, la versión Lao del Arco del Triunfo en Paris, se le llama en broma el aeropuerto vertical, por la sencilla razón que fue construída con el cemento y materiales que donó hace muchos años el gobierno de Estados Unidos con el fín de construir un moderno aeropuerto. Pero al parecer, el gobernante de turno prefirió convertirlo en un monumento a su grandeza... Éstas cosas no solo pasan en el país del sagrado corazón. Luego, estan todos los monasterios con paredes viejas viejísimas, que muestran los siglos de antigüedad que tienen.
Y aproveché éstos días también para revisar la extensión de la visa de Laos, pero pagar el precio de 3 dólares por día me pareció un poco exagerado, y me obligó a salir del país y cortar mi viaje por el norte. A lo sumo, alcanzaría a llegar a la famosa ciudad de Vang Vieng y dejar la capital atrás, la más calmada de todo el Sureste Asiático.